En tantas cosas pensó, mientras releía en los papeles de sus carpetas... Hasta le dio cierta morriña. Puede deberse al estado de ánimo que ella le produjo, que hasta se entristeció al notar profundo los esfuerzos del muchacho por no fallar últimamente. Por escribir cada día apenas un par de líneas ilegibles. Inconexas. Enseñando indecoroso la maraña de su ser. Abrió una botella de vino. La primera copa en mucho tiempo. Eligió por ello uno de los mejores ejemplares de su malnutrida bodega. Se arrellanó en el sillón y con los papeles amontonados en la mesa, aunque correctamente ordenados por fecha, fue saltando de aquí para allá.
Tentado está el muchacho de ir contándote historias de todos y cada uno de sus compañeros de psiquiátrico, pero eso sería una recaída que, en estos momentos tal álgidos de la trama, no nos podemos permitir. Me ruega, eso sí que te ponga aquí algunos de los retratos que les hizo.
Está puesto de puta madre, el nombre de "sanatorio". Ya que a eso se dedican con ahínco los que allí trabajan. Alguno hay que se las pasa el día regañándote pero para eso están los diferentes caracteres.
No hice pandilla para las horas de las comidas, así que me sentaba cada día en un lugar diferente. Intentaba, eso sí, que el respaldo de mi silla diese contra una pared, no por temer un ataque traicionero sino por tener más panorámicas las vistas. Me gustaba observar esos rostros dañados en momentos en los que se descuidaban de sus papeles. Cuando su mirada se perdía en la extensión del plato de sopa, se olvidaba. Cuando los músculos faciales se distendían. Cuando dejaban de temblar las manos al trinchar la carne. y repartirla entre los compañeros. Debía de ser de pago, el lugar, porque se comía de puta madre.
lunes, 1 de junio de 2015
Pues sí, Luis. Me tuvieron recluido un temporada que a veces recuerdo como eterna y a veces como bastante pasajera. Por mi bien, dijeron, y yo les creí. Conocí a gente curiosa. Aunque la mayoría se sentía atormentada, malherida. A mí, los fármacos me hicieron efecto enseguida. Pero me dejaron allí aparcado por prudente prevención. Escribí un libro que se titulaba Platónico, en buena lógica hablaba de un amor que no quise que fuese. Mataba las mañanas perdido en un extenso jardín donde empezaba a brotar la sustancia de la que está elaborada la vida. Buscaba bichitos por mera curiosidad. Su estructura, sus movimientos. Intentaba leerles las ideas. Y no, no todo era instinto (de supervivencia). Me parecía que tenían humor. Sus momentos buenos y sus momentos malos.