Vaya loquito que se nos ha puesto el gulliver estos últimos tiempos. Lo mismo se pira por afluentes de afluentes de afluentes que hace chas y se convierte en toda una colección de muñecas chinas. ¿O eran rusas, las muñecas, y lo que son chinas son las bolas? Así anda gulliver.
Recapitulemos pues, pero no antes de haber recapacitado. ¿Vas a ser capaz, juntaletras, de revertir todo este gurruño de idas y venidas (hacia ningún lado, además) en algo legible y que encima apetezca leer? No, escritorucho, no te apresures en contestar. Piensa, piénsalo. Al menos hasta mañana.
Érase una vez de un niño que vivía en un pueblo del alfoz. Como era un pueblo del alfoz y con el desarrollismo de los 90 y primeros dos mil, el pueblo había decuplicado su población, gente joven, en su mayoría, que iniciaba allí una nueva vida. Así es como llegó el niño a ese pueblo. Había aumentado tanto la población que se hizo necesario el arbitrio de una autoridad, válgase la redundancia. Sacaron desde el ayuntamiento una plaza a concurso, para policía local, y esa (precisamente) era la profesión del padre del chaval. Consideró la familia el componente pecuniario pero, sobre todo, la oportunidad de regresar a escasos kilómetros del lugar del que tuvieron que partir cuando (el niño aún no había nacido) le dieron al recién graduado su primer destino. Un traslado más que hicieron con la alegría de saber que bien podía tratarse del definitivo. El niño fue creciendo en ese pueblo, sano y fuerte. Tenía un grupo amplio de amigos y la bicicleta por vehículo habitual. Cuando la mayoría soñaba con ser futbolista o cantante él ya sabía que sería piloto de avión. Ni la madre ni el padre sabían de dónde le había venido al muchacho la vocación ya que en la familia no había antecedentes. Casi no se veía el techo de su habitación, de como lo tenía plagado de maquetas de aeroplanos que simulaban volar. Incluso tenía ya echado el ojo a un aeromodelo en la tienda que había en la calle Nuño Rasura, dedicaba en exclusiva a todo lo que con el modelismo estuviese relacionado. El avioncito le sería regalado en cuanto acabasen las clases y sacase, como solía, unas excelentes notas. Mas hete aquí que llegó al mundo un nuevo invento que le volvió loquito. Sí, casi cada día en los noticiarios salía una primicia de una nueva y curiosa utilidad que le habían encontrado a ese tipo de aparatitos que eran como insectos gigantes voladores, todo patas y alas en hélice. Sí, los drones. Armado con la caja de herramientas de su padre, materiales que vete a saber de donde sacaba y una maña envidiable, el muchacho tardó ocho meses en construir un engendro que, según sus previsiones, minuciosamente calculadas, era capaz de volar. Como su padre le había prevenido de la cantidad de permisos y burocracias necesarias para que dichos bichitos pudiesen despegar en el marco de la legalidad, decidió el chico levantarse un día apenas amanecido, en la ingenua creencia de que a aquellas horas aún no funcionaba el mundo. Y sin moverse del porche de su casa, con un joystick conectado a su portátil, se pegó un viaje de casi una hora por todo el pueblo, cómo no, a vista de pájaro. Ya que, había acoplado al animal volador una minúscula cámara que había recuperado de un ordenador antiguo. Orgulloso de su proeza, editó el vídeo y decidió que ese sería el regalo que le haría a su padre en su ya cercano cumpleaños. Y le encantó a su padre el obsequio. Pero se quedó bastante perplejo al observar con una claridad inusitada que en más del cincuenta por ciento de los jardines que iban desfilando por la pantalla, celdas de un tablero informe, había plantadas, bien en tiestos, bien en pequeños huertos, hermosas plantas de marihuana.
Dejé un buen trabajo en la ciudad, curraba para el jefe cada día y noche, y nunca perdí ni un minuto de sueño preocupándome por lo que podía haber sido.
Sigue girando, gran hélice, sigue humeando Proud Mary, rodando, rodando y rodando por el río.
Lavé montones de platos en Memphis, bombeé un montón de dolor en Nueva Orleáns, pero no vi el lado bueno de la ciudad hasta que me di una vuelta en un barco de vapor.
Sigue girando, gran hélice, sigue humeando Proud Mary, Rodando, rodando y rodando por el río.
Rodando, rodando y rodando por el río. Si bajas junto al río, Seguro que encontrarás a gente que vive por ahí.
No te preocupes si no tienes dinero, porque a la gente del río le encanta dar.
Sigue girando, gran hélice, sigue humeando Proud Mary, rodando, rodando y rodando por el río.
Rodando, rodando y rodando por el río.
Rodando, rodando y rodando por el río.
Rodando, rodando y rodando por el río.
viernes, 19 de septiembre de 2014
Me planté en el tanatorio la tarde siguiente, que era cuando decía el mensaje del amigo común que empezaba el duelo. Nunca había oído que se demorase tanto un asunto. Intenté ir a una hora intermedia, prudencial, por no ser muy molesto, pero, como siempre, llegué el primero, al parecer. Justo un poco después de los oferentes. Rosa, la mujer, hablaba por el móvil (a la puerta de la sala 4, según indagué) pero, como es hembra y sabe hacer más de una cosa al tiempo, me dio un beso cariñoso y me arrastró al interior, donde tardé unos segundos en localizar a mi amigo. Eso me pasa por los nervios, ya que estaba donde debía estar. Sentado en una silla, a pocos metros de su madre difunta. Vestía de oscuro y llevaba unas gafas oscuras, que no se quitó en ningún momento, en los días siguientes. Sí. Hubo abrazo fuerte y largo y el no saber qué decir. Mi amigo estaba realmente jodido.
No te puedes hacer una idea de cómo me afectan estas cosas a mí. Sí, sí. Ya estoy talludito y curtido en ciertas batallas pero no veas cómo se me incrustan en la cabeza esas metrallas que vienen con según qué noticias. Me las voy quitando una a una, sin daño, sin esfuerzo. Aunque vete a saber qué fluidos depositan, en minúsculas dosis, las jodidas, que te tienen la noche en danza. (Se necesitarían varios tomos para aclarar estas cosas. Se necesitaría más de una vida y solo tenemos esta. Imagina, así pues, Luis, y rellena estas pérfidas elipsis).
miércoles, 17 de septiembre de 2014
Me pasé mucho rato así, pensando en mi amigo, que más que amigo era padre. Mi segundo padre. Seguro que ya te lo haya contado aquí. Un segundo padre por el mero hecho de tener un año más e ir pasándole las cosas a él un poco antes. Esas cosas que pasan a esos años, donde un día es ya una eternidad. A él le pasaban un poquito antes y nos las transmitía sin darse alardes, nada más por que no nos pillasen de sopetón. Era y es una buena persona, de las que no caben doce ni de coña en una docena. Con tanto misterio de no llamarle y tan pocas noticias que de él llegaban, fue complicado saber cómo proceder.
Habían pasado doce días y ya habíamos agotado las breves vacaciones. Esta vez estaba yo en el porche de casa, leyendo algún suplemento atrasado, cuando llegó el mensaje. El emisor era otro amigo común y la primera pantalla anunciaba la muerte de la madre de... Le di con el dedito al cristal para que las palabras siguieran fluyendo y casi no me lo podía creer cuando vi que el afectado era el mismo gran amigo de días antes. En el mensaje se decía que Rosa (su mujer) nos conminaba a no llamarle, por ser así el deseo de nuestro amigo. Le agradecí al amigo común el aviso, comentándole sobre la pésima racha. Y me quedé pensando mucho rato.