jueves, 31 de octubre de 2013

Gulliver el Imaginado




  Oye, ya llevo unos días así y no está nada mal, lo de vivir como un ser imaginario. Me siento muy redimido del pesado yugo de la responsabilidad cotidiana, ese bichito llamado Conciencia.

   Mi mundo se ha vuelto más gaseoso y liviano. Menos católico, apostólico y romano (esto por la parte de llas cicatrices de a infancia). Mi cuerpo, otrora macizo, compacto, se divierte y mariposea ligero, prácticamente ingrávido. Las fronteras que antaño constreñían las ansias de mis alas (estas, claro, en sentido figurado) se han borrado de mi vista cual utopía cumplida.

    Te puedes permitir lujos como andar sobre arenas movedizas con la misma soltura con la que Dios hecho Hombre anduvo sobre las aguas del Támesis. En contrapartida, se espera de ti que te pases el día bailando con los brazos en alto. Los brazos no pesan pero, claro, por otro lado está la estética. Y esta, la verdad, no se ha reconsumido ni perdido prestancia por mucho que seas el Imaginado. 

   Las órdenes son de fogueo, los golpes de trapo.

   La sonrisa, esta sí, de verdad.

   Hola, Luis, ¿se me ve? ¿Estás tú convencido de mi existencia?

 
   Se acabaron las prisas. Y la polución. Y las medicinas para no sé qué. Y los chirridos y otras clases de ruidos molestos. Se puede elegir el tamaño de las cerezas y el tipo de letra. 

   Se acabaron los cables y otras molestias. Los descascarillados y las flemas. Los rotos y los descosidos. 

   La verdad es que es todo un plan.

  Por no perder del todo la chaveta, por la noche me hago real un rato. Y me acerco al espejo del baño a comprobarlo. Me acerco mucho para encontrarme imperfecciones. ¡Tantas! Los ojos reflejados no me mienten. Eres un jodido villano, me dicen. Yo les digo que sí, que un lobo. Y poco de fiar. Pero se me nota en la risa contenida que lo digo de mentiras, que lo digo en bromas.

   En casa todos duermen y yo allí mirándome.

   Quizá sea el mejor momento para ponerte una canción.


   



  





martes, 29 de octubre de 2013

Ser o no ser



   Eso de ser o no ser me tiene a mí desconcertado.Y eso que presumo de residir en un descreimiento mayor que el de don Rigoberto y La Pasionaria juntos. Hasta tenemos una broma privada, una buena amiga y yo. Decimos que solo creemos en el "Más Acá". 

   Lo malo es cuando te entran las dudas incluso de la existencia del más acá. Vamos a ver si ocurre no nos hallamos aquí ni el Marinero ni yo. Pero entonces... ¿dónde estamos?, ¿cómo es esto? Espero que estos intrincadas fantasías sean producto de mis mareos y no su causa. Me consuela saber con seguridad que tú sí que existes y que mi amiga también. Y, después de todo, tampoco está tan mal, ahora que lo pienso, ser una persona imaginaria.

   ¿Cómo se comportarán las personas imaginarias? Eso me preocupa, por si no lo estoy haciendo bien. 




¿Quién soy yo?, ¿quién es Gulliver?

   Una vez finiquitado, espero que de una vez por todas,  el tema de la automoción en mi vida, quiero pegar un saltito de esos con los que tanto disfruta mi alma. De ayer al hoy, ya que el mañana... pues no existe. Cuchi, a la que dejé empantanada ya ni sé por dónde, seguro que me lo perdona, haciendo gala una vez más de esa personalidad suya tan ecológica, tan entrañable. No sufras, mujer, que volveremos a acordarnos de ti en breve. 



   Ando leyendo la última novela de Vargas Llosa. En una de las varias tramas que en ella se van desarrollando aparece una familia bien avenida. Se trata de don Rigoberto y los suyos. A este personaje ya le conocía de otra de las ficciones del mismo escritor. Pero esta vez el conflicto está centrado en su hijo Fonchito, que ve o imagina o se inventa o vete tú a saber qué (terciada la lectura aún no está el punto aclarado) a un señor pulcro, educado, bien arreglado, que bien puede tratarse del mismísimo Luzbel. Andan todos muy revueltos ante la mera posibilidad. Incluso una especialista de la mente asegura que las visiones del "churre" son, más que ciertas, ciertísimas.  El padre, que es descreído absoluto por convencimiento, no sabe como reaccionar. Y para calmarse, e intentando meter algo de humor en el drama familiar, llega a admitir la posibilidad de que el diablo exista, hasta eso está dispuesto a hacer, pero no piensa tragar porque el mismo se llame Edilberto Torres y sea peruano.

   Pues según leía estos jaleos (he de decirte que con bastante placer), me he sentido extraño. 

   No sé si ha sido un alumbramiento, una paramnesia o, esto es lo más probable, una paja mental típicamente mía. Sí, ya, pero por un momento he dudado de mi existencia. A ver si en el fondo no soy otra cosa que inasible materia de la que están hechos los sueños del Marino.



lunes, 28 de octubre de 2013

Celo profesional

   Yo no sé comprar coches. No sé comprar casi nada en esta vida pero con los coches se me aniebla  el entendimiento y acentúa la tartaja. No sé lo que hay que mirar, ni qué cara poner, ni sé cuáles son los estándares mínimos exigibles, ni tengo preferencias por marca alguna. Ya ni te cuento con lo del regatear. Agrava la cuestión el andar siempre a dos velas, con lo que se reduce el abanico de posibilidades, no siendo ello, en este caso, una ventaja. 

   Es por eso que tan bien me vino el conocer el taller militar del sargento amigo de Pepe, donde todo eran facilidades al máximo y te podías fiar. Se encargaba de todo, Chiapucci: puesta a punto, retirada al cementerio de elefantes (cuando llegaba la ocasión, el triste día), él mismo te hacía póliza de seguros y le confiabas todo el papeleo. Hasta me pasaba la ITV cuando llegaba el momento. Con lo que yo, encantado, me desentendía de todos esos trámites tan farragosos y pésimos para mi salud mental. Pero todo en esta vida tiene trampa, vuelta de hoja o llámalo como quieras.

  En este caso, adquirió el aspecto de funcionario del Ayuntamiento de Segovia, persona celosa de sus deberes. Un profesional, el hijo de puta. Viviendo ya en Burgos me llegó una notificación  del citado organismo, ¡a mi puesto de trabajo! Lo peor de todo, quizá, es que no me llegó a mí sino a la jefa de asuntos generales. Ya sabes, los temas económicos y de personal de una tacada. Suelen ser unas joyas. La que entonces ocupaba el puesto en la Delegación (llamémosla cripticamente M.M., por evitar futuros problemas judiciales) era digna de tal tópico. Iba a ponerme a dedicarla una larga serie de epítetos pero no se lo merece. Digamos, contrayéndolos todos, que era mala. De esas que se alegran con la desgracia ajena. Se vino hasta mi despacho agitando un papel. Nunca fue tan ella. "Nos ha llegado este essscrito". Siempre la pronunciaba así, la tal palabra. Tenía unos conocimientos tan pésimos de los asuntos en los que trabajaba que no diferenciaba una resolución de un pliego de cargos, por ponerte dos sencillos ejemplos. Todos eran "essscritos". Lo pronunciaba así, como que le diesen asco. El papel, que agitaba ante mis ojos cogido con dos deditos, conminaba al departamente competente a retenerme el sueldo hasta saldar yo con el municipio segoviano una deuda que con él tenía, en concepto de impuesto de tracción mecánica de vehículos. Le dije a la tipeja que lo dejase estar, que en un par de días lo solucionaba. 

   Y me puse a llorar.

   Ya que, según la notificación, adeudaba yo a las arcas municipales de esa ciudad el citado impuesto, por el periodo de 5 años. Lo anterior a esa fecha habría prescrito. Pero durante esos largos cinco años, el pedazo de cabrón se había dedicado a publicar mi nombre en el boletín de la provincia, comunicándome cada actuación que había seguido y otorgándome el plazo legal para presentar cuantas alegaciones creyese yo convenientes. 

   Seguro que nos pilló en el peor momento para lo del bolsillo familiar. No ha habido en nuestra trayectoria doméstica momentos propicios para recibir tales noticias pero hasta en la ruina hay grados. 

   Todo esto tendría cierto grado de gravedad pero no sé si por sí solo merecería ser aquí contado. La peculiaridad se encontraba en que el citado impuesto se multiplicaba por tres, ya que, al no haber dado ni yo ni nadie de baja todos estos cochecitos cochambrosos de los que te vengo hablando, figuraba yo allí, en los archivos de esa ciudad a la que tanto cariño cogí, como orgulloso propietario de tres vehículos por los que cotizar a la Hacienda Pública, por más que llevaran años y más años fenecidos. Un pastón.

   (Otro día te cuento cómo acabó el problema, pero quiero agradecer enormemente desde estas páginas a Charo, que es ciega para ellas, lo bien que se le dan esas cosas de renegociar con los organismos. Un beso, cariño).

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   Como lo prometido es deuda, hoy te pongo algo de la Bjork, cuando era jovencita. ¡Pero qué bien que pronuncias "Bjork"!






viernes, 25 de octubre de 2013

El resto de la "flota"

   No lo recuerdo con nitidez pero sospecho que, ya aquel fin de semana, cuando llegué a Segovia con las justas con el R12 clínicamente fallecido, regresaría el domingo a Valladolid con otro de los coches del compraventa Chiapucci. A mucho más tardar a la semana siguiente. 

   Con la nueva adquisición mejoré mi estatus notablemente ya que se trataba de un automóvil de fabricación inglesa, nada menos, un Rover, por puntualizar, también entradito en años pero en un estado de conservación bastante aceptable. Ignoro de qué tipo en concreto se trataba. No logro recordarlo ni aún mirando modelos antiguos en internet. Bien pudiera tratarse de un 420, aunque no pondría yo la mano en el fuego. De lo que sí me acuerdo es de su color cremita, muy sufrido para mis escasos miramientos, y de que en el interior de las puertas tenía unos detalles ornamentales de madera. Qué prestancia. Me duró el resto de mi estancia en Valladolid e incluso un par de años más, viviendo ya en Burgos. También lo dejé bastante machacado. Tuve la suerte de coincidir su dada de baja con el momento en que nos fuimos a vivir a Cardeña, pues no hubiera aguantado demasiados trayectos. Siempre he pensado que compro los coches no de segunda sino de penúltima mano, no sé si me explico.





    Después vino el ZX que tan bueno me salió y el Mitsubishi que ha hecho cambiar mi forma de conducción. Me parece que parezco un camionero, tan arriba del asfalto. Pero a esos dos ya les has conocido y no hace falta que te cuente.

   Terminaré, pues, este apartado automovilístico con una pequeña anécdota que habla mucho de cómo soy, a veces, de animal. Pero creo que lo dejaré para la siguiente entrada, que no sé qué hago con mi vida pero no me da tiempo para nada.

   Hoy va un vídeo que, según me aseguran, fue el primero de toda la historia de la industria musical. Vete a saber. 






    









jueves, 24 de octubre de 2013

Un año

   Si no recuerdo mal, hoy se cumple justo un año de que empezamos con esta vaina. 

   Por ello, pero también porque te vas hoy pronto de la oficina y porque voy justo de contenidos, lo celebraremos con sencillez. No habrá canción (por hacer este día diferente). Solo unas cuantas imágenes para nuestros ojos.



















miércoles, 23 de octubre de 2013

Los autos también van al cielo

   Creo conveniente, por no dejar deshilachados en nuestro recorrido, y se formen luego nudos gordianos, que he de hacerte una descripción somera del resto de, por así llamarla, mi flota.

    El R12 no duró mucho más. Un día en el que pretendía volver con él de visita a Segovia, ya al atardecer, el jodido no arrancó. Abrí el capó y pude observar que cubriendo toda la batería y sus inmediaciones había una espuma sulfurosa y espesa, que no vaticinaba nada bueno.  Ya por el hábito, avisé a los de la ayuda en carretera. Siempre tengo suerte con los desconocidos. Y esta vez no iba a ser menos pues me llegó el de la grúa que era un cacho de pan. Abrió de nuevo el capó (que yo ladinamente había cerrado) y se llevó el gran disgusto. Aquello tenía mal arreglo, a no ser que nos acercásemos a una gasolinera a por una batería nueva. Y aún así... Le hice saber que, por la parte económica, no andaba demasiado boyante y que, encima y además, había quedado en una hora y en otra ciudad con la mujer de mis sueños. Aquello de la princesa debía de ser mentira pero sirvió para acrecentar su disgusto y avivar su ingenio. Con unos trapos quitó como pudo la espuma y con unas pinzas logró arrancar el motor. Me aseguró que no era lo más conveniente hacer un trayecto largo con el automóvil en ese estado pero al verme tan convencido de casi que me abrazó y me deseó mucha suerte. 

   Un trayecto sin más angustioso , con la noche oscura merodeando todo el camino y el coche pegando unos estrincones tremendos. Como que fuese a reventar o simplemente a apagarse, pero, supongo que por su propia inercia, fuimos haciendo kilómetro a kilómetro, en una agonía mecánica y dinámica como para narrarlo. Te juro, Luis, que aguantó hasta estar en la bajada que me llevaba al Regimiento de Artillería. Allí se paró ya para siempre. Le dejé caer hasta la puerta del cuartel, avisé a los reclutas que hacían guardia en la puerta de que aquel auto fenecido era para el sargento Michel y me fui a buscar a los amigos. No sin un gesto, eso sí, de agradecimiento y despedida para mi renolcito.