Ando leyendo la última novela de Vargas Llosa. En una de las varias tramas que en ella se van desarrollando aparece una familia bien avenida. Se trata de don Rigoberto y los suyos. A este personaje ya le conocía de otra de las ficciones del mismo escritor. Pero esta vez el conflicto está centrado en su hijo Fonchito, que ve o imagina o se inventa o vete tú a saber qué (terciada la lectura aún no está el punto aclarado) a un señor pulcro, educado, bien arreglado, que bien puede tratarse del mismísimo Luzbel. Andan todos muy revueltos ante la mera posibilidad. Incluso una especialista de la mente asegura que las visiones del "churre" son, más que ciertas, ciertísimas. El padre, que es descreído absoluto por convencimiento, no sabe como reaccionar. Y para calmarse, e intentando meter algo de humor en el drama familiar, llega a admitir la posibilidad de que el diablo exista, hasta eso está dispuesto a hacer, pero no piensa tragar porque el mismo se llame Edilberto Torres y sea peruano.
Pues según leía estos jaleos (he de decirte que con bastante placer), me he sentido extraño.
No sé si ha sido un alumbramiento, una paramnesia o, esto es lo más probable, una paja mental típicamente mía. Sí, ya, pero por un momento he dudado de mi existencia. A ver si en el fondo no soy otra cosa que inasible materia de la que están hechos los sueños del Marino.
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