Como Gulliver sospecha que este es el último día del año en el que se va a acercar a esta bitácora y con el objetivo de hacer de esto ya tradición, solo incluirá a unos cuantos amigos que se quedaron fuera porque, la verdad, pues todos no caben. Eso sí, me ruegan (a su manera) que intentes adivinar las historias que de ellos te podría haber contado.
martes, 23 de diciembre de 2014
Llevo unos días dándole vueltas a una imagen que retrata muy bien mi estancia en Valladolid. Hace unos gulliveres te hablaba de ella.
Ni con tirios ni con troyanos. Yo andaba en un no lugar (me veo hasta flotando) que me permitía, supongo que por ósmosis, cierta relación con esos dos mundos bastante impermeables. Pero, chico, que no me veía en ninguno de los dos lugares. Lo que podría dar como resultado a un inadaptado, que quizá sí.
Gulliver ha decidido por un día no madrugar. No es que ayer trasnochara ni que piense en recuperar sueños perdidos. Solo es que ahí fuera se ha desparramado una helada blanca de frío, la primera del año que merecería tal nombre. Y se estaba a gustito entre las mantas.
No son los enemigos, Luis, los que te convierten en adulto. Qué va. Eres tú mismo el enemigo que has de vencer para hacerte una persona hecha y derecha. Por así decirlo. Saberte solo en aquel mundo. Saber que los problemas o te los resuelves o no hay tu tía. Saber que o te buscas tú remansos de felicidad o nadie va a dejártelos encima del felpudo. Con ello, lo que pasa es que todo adquiere una gran merma de importancia. O tú te vuelves un completo inconsciente.
Salia a pasear a menudo, sin más rumbo que mi apetencia. Siempre me perdía, no hace falta decirlo. Pero al final, cada vez acababa encontrándome. Me dejaba llevar e invariablemente, cuando ya no tenía ni idea de por dónde andaba, aparecía frente a mí algún hito de los que sí, sabía.
miércoles, 17 de diciembre de 2014
Lo mejor de las noches de farra con Arturo era que la mayoría de las veces ni te acordabas. Y elevabas tu gratitud a las alturas porque así fuese. En los días siguientes te acudían vagos flashes a esa zona bastante profunda e íntima de la conciencia y ello hacía que tu gratitud se acrecentara.
Tenían la ventaja, además, esas excursiones vikingas, de que se aprendía mucho de la geografía de la ciudad, aunque nada más fuese en forma de hitos sin prácticamente ninguna hilazón entre ellos. Sí, podía haber zonas que incluyesen varios hitos (Paco Suárez, San Miguel, La Rosaleda) pero incluso esas zonas (de natural y por definición más extensas) también estaban perdidas en el meollo de calles y callejuelas que atiborraba ese pedazo de núcleo urbano. Vamos, que nunca sabía volver yo solo a aquellos antros que tanto me gustaban. Y aquí que enlazo, de una manera que hasta a mí me ha parecido inusitada, con aquello que te contaba de hacerse mayor.
martes, 16 de diciembre de 2014
¿Y qué pintaba yo allí?, te preguntarás. Entonces no era muy consciente y además, cabía la posibilidad de que cuando Arturo bajara a estirar las piernas asomase la cabezota por la puerta de mi nicho y me lanzase yo también a los peligros. Ya que con aquel mostrenco cualquier situación podía convertirse (birlibirloque) en un peligro de indefinido calibre. Toda una aventura.
Bueno, algo sí que notaría porque a los pocos meses decidí buscarme un alojamiento más amplio y tranquilo. Luego, nos veíamos prácticamente lo mismo. Quedábamos a menudo para comer, salíamos los tres a tomar unas copas, me acercaba yo a su casa a echarle a Coco una mano con la informática, que iba a acabar con ella y sus cientos de notas y textos y más datos y redatos, por aquí y por allá. Pude, por lo tanto, seguir comprobando cómo discurría su atropellada relación. Francamente, seguía habiendo bastantes de arena por cada una de cal, en aquel maremágnum del amor.
lunes, 15 de diciembre de 2014
Aquellas veces, cuando Arturo parecía que regresaba del mismísimo infierno, lo habitual era que Coco le lamiese las heridas (porque hasta con heridas llegaba), le mudara los mugrientos ropajes y lo acunase entre sus tetas. Y buenas tetas que tenía Coco, doy fe.
También podía suceder que se armase la gran gresca del año, una más, y que, al poco, el mostrenco saliese de aquella habitación-vivienda en pequeñito que tenían, con una maleta del año pum, cargada íntegramente (incluso rebosante, la maleta) con la parte del voluminoso temario que anduviese entonces por casa. Aquello pesaba como una montaña robusta (no necesariamente rusa), con lo que le veías abandonar la casa de quedo, por el pasillo, por el largo pasillo, arrastrando el maletón y sorbiéndose con ahínco los mocos, en la manga del jersey, del terrible disgusto. Yo, las primeras veces, ponía cara de curado de espantos. Intentaba no interferir ni mucho menos posicionarme y me buscaba ocupaciones para el resto del día. Luego, ya, con la costumbre, me daba la risa, que al principio disimulaba con pudor y ya después mostraba con gran franqueza en forma de carcajadas.