Arturo era otro cantar. No se sabía qué era peor, si tenerle al lado peleándose con alguno de los muchos tomos de su temario, rezongando a niveles insufribles, o que, cuando ya no le daban más las piernas, te dijese que ya no le daban las piernas más y que se bajaba a que le diese un poco el aire. Lo que podía suponer que: a) volviese a subir a los diez minutos, que es lo que había tardado en beberse tres cañas, a intentar concentrarse de nuevo, para dejarlo diez minutos después ya que no le daban las piernas de más, y así un largo etcétera. o b) que apareciese muchas horas o incluso muchos días después en un estado de veras lamentable.
jueves, 11 de diciembre de 2014
Aguanté solo unos meses en aquel piso compartido de la calle Bautismo. Piso de mierda, por otra parte. Las mellizas (la mayor y la menor) no daban para nada que se pudiese llamar convivencia. Luctuosas sombras atravesando la nada. No guardo ningún recuerdo de sus caras. Por no guardarles, ni rencor. De vez en cuando aparecía un sargento por allí, igual de trasparente que ellas. Debía de ser novio de la mayor.
Y luego estaban Coco y Arturo, pasando momentos de lo más trascendentes para sus vidas, pues andaban siempre a punto de matarse. Coco preparaba su tesis sobre Juan Ramón Jiménez. Se había traído material de sobra de su viaje a Puerto Rico pero a todo aquello había que darle forma. Lo que requería una concentración de lechuza en un ambiente relajado. Algo que, francamente, era complicado con alguien como su novio al lado. Ya que Arturo, a su vez, estaba preparándose oposiciones para algo dificilísimo, ya no sé si era inspección de trabajo, judicaturas o vete a saber. Y allí estaban los dos juntos, en su habitación, codo con codo, sentados en una mesa larga en frente del ventanal que daba a la calle. Coco peleándose con el ordenador que nunca le hacía caso y Arturo...
Valladolid, como ciudad universitaria que se precie, es interesante de patear. Cuando me refiero a ella como universitaria quiero decir universitaria universitaria, de las de antes. Ahora, en cualquier lugar te plantan un campus de chicha y nabo y se quedan tan anchos. Pese a la grisura cenicienta de su morfología, su ranciedad ambiente, lo áspero de los caracteres que allí moran y el intrincado diseño (plagado, además, de estrechas arterias y angulosas esquinas sin concordancia) la calle está tomada por estudiantes, a cualquier hora. ¿Y cómo sabía yo que todos aquellos eran estudiantes? Vamos, Luis, no hará falta que explique semejante cosa. Ni por las carpetas al pecho ni por las trencas de colores verde oliva, lo que luego inventaría Panama Jack. Simplemente se nota. En los aires en el andar, en la manera de tratarse entre ellos, en ese modo de moverse solos sabiéndose siempre acompañados, en la forma de ignorar al resto del vivientes. Es como que existiesen dos ciudades superpuestas. Los intercambios entre ambas (de energía, de fluidos, de conversación) tienden al mínimo. Yo, no es por fardar, pero debía de estar ubicado en la delgada línea que las dividía, que, si te pones a pensarlo, es simplemente otra manera de no estar. Demasiado delgada la línea.
A Valladolid, el marino Gulliver fue de paso. No era, por lo tanto, dicho lugar más que como uno de esos guijarros resbaladizos que siempre aparecen en el medio de una torrentera y que ha de servirnos simplemente para pasar al otro lado. O para partirnos la crisma. Llega uno, por lo tanto, con el cuerpo desalertado, con esa floreja y el tumbao de los guapos. Eso sí. Vestía el Marino, por entonces, habitualmente de oscuro, rematando los atavíos con un sobretodo de paño negro, largo como un verano, que un amigo de la infancia le había traído de regalo, de un mercado de ultramar, de segunda mano. Cómo sería la prenda que sus cercanos se la pedían prestada si tenían un acontecimiento importante que celebrar o debían cortejar a sus amadas. Y así, por entonces, por lo tanto, el muchacho caminaban elegante las calles, las faldas del gabán al viento, olisqueando él los aires nuevos.
Lo dejamos ayer en mis indagaciones sobre los desencadenantes que nos hacen (si ha lugar) pasar de la tormentosa juventud a la mucho más severa, adusta, cansina edad madura. No soy el más indicado para hablar de ello dado que (ya te decía) siempre me he jactado de no querer alcanzar nunca dicho lugar ni condición (el aspecto sería en este caso secundario), por lo que solo puedo hablar de oídas y sin demasiado conocimiento de causa. Pero esa incapacidad no me impide pensar en ello. Incluso opinar gratuitamente y sin ponerle freno a mi lengua. Yo, de mayor...
Nada. Pamplinas. Tengo más que asumido que nunca seré más mayor que ahora. Sí que seré más viejo pero nunca más lúcido, experimentado, sagaz. Me rendí si alguna vez peleé por ello. Qué cojones de pamplinas.
Leí una vez que uno entra en la vida adulta cuando es consciente de que tiene enemigos. En aquel momento esa teoría me conmocionó bastante y me tuvo buenos días dándole vueltas al magín. Ya que, pese a contar con los suficientes años cumplidos para que se me considerase una persona madura, por más que me liaba con el asunto, no encontraba en aquellas circunstancias mías de entonces a nadie que me odiase. Seguro que los había y con razones suficientes pero, chico, yo no caía en quiénes podían ser. Quizá fue allí cuando, a la fuerza, me resigné a ser un tonto adolescente para el resto de mi vida. Hoy, aquí, escribiendo, claro, he vuelto a pensar en ello. Pero muy por encima. En el asunto en general, no me ha apetecido andarme con muchas pesquisas. Y como no he dejado de ser un tonto en medio de la pubertad pero además me he vuelto ecléctico, he pensado que a lo mejor sí pero a lo mejor no. Es más. También he pensado que además del citado factor, dado lo complicado que sin duda es el mundo, influirán en ese paso del Rubicón muchas otras consideraciones y efectos que en el trascurso de la vida nos van acaeciendo.