[Resumen de la anterior entrada: Arturo aparece por casa en un grado de agitación notable. El Marino sestea en su habitación. Al final una cabeza sudorosa y bamboleante se asoma por la puerta.] Se notaba que Arturo se encontraba en un estado máximo de embriaguez. Eso también. Pero, desde el profundo conocimiento de su persona, se notaba que había un elemento más, de propiedades aún desconocidas aunque claramente desasosegantes. -¿Qué haces? Ante lo obvio, desistí de contestar. El mostrenco no paraba de subir y bajar la cabeza como si tuviese metido en su cabeza un concierto de los Pistols. Llegado un momento, cuando hasta a mí se me estaba haciendo incómodo el silencio, sonrió. También sabía sonreír el mostrenco, a su modo. Una sonrisa interior, profunda, solo delatada para el observador por el estiramiento de labios y un ligero bizquear de ambos ojos. Era una sonrisa que, a poco que le conocieses, daba pánico.
Así que claro, cuando menos me lo esperaba, llegó a casa Arturo con una aceleración que doblaba en tamaño a la que ya de por sí le caracterizaba. Ríanse ustedes de los tigres enjaulados. No paraba quieto y a punto estuvo un par de ocasiones de subirse por las paredes. Coco, más que preocupada, parecía enojada o mejor asqueada así que hundió la cabeza en sus notas y más notas sobre JRJ para hacer creer que no le veía. Yo estaría en mi habitación, leyendo, encima de la cama. Seguro que estuve tentado a acercarme a la puerta entreabierta, la quinta vez que pasó como una exhalación por el pasillo. Al final fue él quién se asomó.
Si, cargado de prudencia, le inquiría sobre esa mil veces prometida cita cuando no había tan siquiera un moro de los pequeños en toda la costa, tampoco sacaba yo mucho en claro ya que recargaba su discurso con tales circunloquios y perífrasis, elipsis y metáforas, florituras y sobrentendidos, que lo concreto del concepto debía de estar por allí atrás, pero que muy atrás, en lo invisible.
Opté, en aras de mi salud, por no darle más importancia al asunto y entregarme a la paciencia y a mis cosas.
Pasaba luego, los días siguientes, que me venía a mí esa frase. Así que se la recordaba a él y le instigaba por ver que quedábamos ya con "las chicas". Me salía a mí mucho peor el entrecomillado seguramente debido a que carecía de la más mínima información respecto a esa entidad para mí abstracta o ignota. Se lo preguntaba en cualquier momento, por las mañanas, por las tardes... Si estaba delante Coco se atragantaba cual si tuviese atascada en la garganta una escobilla de letrina. Cambiaba de color y le temblaban las extremidades. Para eso sí que tenía talento, el tío, ya que a la vez me dirigía mil muecas implorando mi silencio. Qué cosas.
Con Arturo no había noche en la que, cuando mejor nos lo parecía estar pasando, se te acercaba a la oreja, todo sudado. Subaba mucho Arturo. Era otra de sus virtudes. El pobre diablo. Coco le llevaba hecho un pincel (incluso le echaba la colonia) pero ni aún así. La cosa es que, llegado ese momento de la noche en el que más estabas disfrutando, te agarraba el cuello con el brazo y pegaba su boca a tu oreja. Y te soltaba siempre el secreto mejor guardado. "Ya verás cuando quedemos con 'las chicas"". Decía "las chicas" así, el tío, entrecomillado. Pero como estábamos pasándonoslo tan requetebién no le hacía yo mucho caso.
Llegó un momento, y no tardó gran cosa, en el que Gulliver seguía estando solo de soledad, aunque conocía ya a bastante gente. Las noches con Arturo ayudaban a intimar con las personas más dispares a las que saludar luego (pasados unos días) sin saber muy bien de qué. También estaban los amigos de la universidad de Coco y sus compañeras. Un grupo de ellos, todos varones y de elevada estatura, eran apodados los Zebulones. Y gente de Burgos que ahora vivía allí. Y también estaban las camareras de muchos-muchos bares. Y también estaba Natalia. Pero Natalia es transversal, así que no cuenta. Y también estaba la gente de la oficina, con la que solía encontrarse poco, a no ser que explícitamente quedasen.
Como ves, sujetos de lo más variopinto, al menos en sus procedencias o en la relación que el Marino tenía con ellos. Quizá la única anatomía que compartían, su único vínculo en este mundo cuerpo era conocerle a él, todos de un modo diferente y todos de un modo digamos que venial. Así que no era problema para el muchacho echarse a la calle y buscar alguien con quien conversar, tomarse un café, salir de farra. Y tampoco hallaba dificultad en, si ese era su deseo, buscar lugar y momento para quedarse solo con su soledad.
Pero como bien dice Sir Stephen Hawking nada es eterno. Vamos, que las cosas empezaron a cambiar de repente. Ay, qué nervios.
Está Gulliver acomodándose quizá excesivamente a su nueva condición. Se cree (además) lo que no es, por mor de piropos que ha llegado a sus oídos que de él dicen, que le dedican las personas más dispares. No hubiera sido mala elección por esta vez, la de matar al mensajero. Viste de oscuro, como ya sabemos. Las últimas aventuras y la mala vida han afinado su estampa. Remata el desaliño con una cabellera larga, que abultan amplios y azabaches rizos. Un sobretodo (también negro) largo hasta los pies, botas de media caña y el perpetuo cigarrillo entre los dedos nos sirven para completar la descripción. Si a ello le sumamos la niebla (sí, siempre la niebla) y ese andar ligero que tiene el muchacho, como de ignorar el camino, bien podremos decir que nos será fácil hacernos aunque sea una idea.