Cuando esto escribo, acaban de morir dos autores. Günter Grass y Eduardo Galeano.
No es dado Gulliver a dejarse enmadejar por los acontecimientos presentes, pues ello sería buena excusa para incluir un tiempo más en esta bitácora. Otra capa y de las anchas, demasiado ya para nuestras trabajadas mentes.
Pero cuando se van dos personas que, desde una distancia para ellos ignorada, dejaron en su día su semilla en mi terruño, es el momento para pensar que, aunque todo lo contemos en futuro infinito, el tiempo llega un momento en que va el cabrón y se termina.
"Cada persona brilla con una luz propia entre todas las
demás. No hay dos fuegos iguales. Hay fuegos grandes y fuegos
chicos y fuegos de todos los colores. Hay gente de fuego sereno,
que ni se entera del viento, y gente de fuego loco, que llena el aire
de chispas.
Algunos fuegos, fuegos bobos, no alumbran ni queman;
pero otros arden la vida con tantas ganas que no se puede mirarlos
sin parpadear, y quien se acerca, se enciende".
Sí. Venían ya avisándonos desde hace un par de entradas de que íbamos a acabar en el taller. Hubiéramos podido hacerlo antes, como así nos ocurre algunas de las noches, ya que además de por la frutería y a la salida del híper, también se podía llegar a él por su entrada principal (y gran letrero no le faltaba). Acristalada como un océano y que se encontraba según acabábamos de bajar la cuesta que nos había llevado a la gran superficie.
Por lo tanto, prisa parece que mucha no teníamos. Dado el caso, hubiéramos podido incluso atrochar mucho antes. Por uno de los pasadizos que comunicaban las calles estrechas y húmedas se llegaba a unos cines de los que ya no sé si te he hablado. Llegabas a la taquilla. Le comprabas a la taquillera las entradas. Y si, en vez de dirigirte hacia la sala, tomabas un pasillo que salía a la izquierda, ¿adivina dónde te plantabas?
No quiero yo liar la cosa más pero no puedo aguantarme contarte que desde la sala, en la que siempre ocurrían miles de peripecias que poco tenían que vez con lo que sucedía en la pantalla o el escenario (incluso tardes de toros han disfrutado mis sueños allí), desde la sala, te decía, se llegaba al pub aquel que había al final de la piscina.
Redios. Releo y veo que no te he contado ni del cine y su taquillera ni de las piscinas que hay al sur de la zona A, con su bar de moda lleno de artistas creando. Pues es una pena pero (no sé el motivo) tengo ganas de llegar ya al taller.
Mal que bien, termino apañándomelas para escaparme del híper, aunque en un estado que en nada mejora el hecho de que me riñan los que me están esperando a la salida. Es raro, también, ya que yo con ellos nunca entré. Son como familiares a los que algo debiera, al menos deferencia o puntualidad. Es evidente que no tienen conmigo ningún tipo de parentesco pero las sensaciones son como de que sí. Otro lío.
Me ando espabilado para inventarme una trola, diferente cada día pero que cada día cuela, con el fin de quedarme a solas, o como mucho acompañado con la persona que venía conmigo desde hace un buen cacho del sueño, para llegar, por fin, al taller.
En la fila de pagar me hago lío porque en ocasiones en vez de las cajeras está la pescatera, que, como todas las que conozco, es lenguaraz y tetona. Agarra lo primero que tiene a mano y me amenaza con una, pongamos, bertorella, al modo de la sota de espadas. Y yo ya lo sé, que lo hace en broma, pero no paro de insistir en que me cobre. Allí yo, con mi tarjetita de crédito.
Y en buena lógica, casi en lógica aplastante, se me mosquean las cajeras cuando les digo que me pongan un cuarto de lechal delantero y que añadan un par de riñones, abiertos por la mitad. O unas penquitas de cardo y dos nabos. Si el nabo será de los pocos alimentos que no trago.
Es allí, claro, donde más rato echo.
Desde los ultramarinos también se llega al taller, pero no eso toca contarlo ahora.
Ya que toca meternos en el híper que no es ningún híper conocido sino que es clavado a la oficina mía del sueño, que por otra parte tampoco es mi oficina. Donde debería estar mi mesa de trabajo, al fondo a la derecha, es donde más rato me paso. Tienen allí el pan y material escolar. Y un poco más acá un par de estanterías con las cosas de a un euro. Muy peregrinas. Brillantes y como del siglo pasado. Bailarinas con su caja de música debajo. Ceniceros de recuerdo de Ampuriabrava. Teteras de juguete bruñidas de unos reflejos irisados. Las tazas a juego no las he encontrado.
Cuando me canso de estar allí me acerco a la zona de refrigerados. Aunque siempre me toca volver porque se me olvidó por el camino el carrito, en el pasillo de los productos para la mujer.
Completando el recorrido pero al contrario de las agujas del reloj llega uno a la zona de alimentos frescos y luego están las cajas de pagar, que es donde más lío me hago.
No sé si te has fijado que durante este largo periodo onírico del Gulliver, he intentado colocarte canciones en blanco y negro, por ser ésta cualidad que adorna a los sueños. Lo que pasa es que todos los días no me acordaba de este propósito, por lo que les ha habido en los que te llegaban los vídeos de todos los colores.
Bien desde la balconada, bien desde el bosque o el scalextric, llegamos a una gran superficie. Todos los días es la misma pero no es ninguna de las que visito. A la entrada, a la izquierda, hay una frutería enorme que no sabemos si forma parte del hipermercado o es independiente y solo está adosada. Más que una frutería, algunos días es una tienda de ultramarinos. Pero otros es solo frutería, con un mostrador elevado y largo, en forma de ele, repleto de género. Lo regenta una familia muy de fruteros. El padre, con el pelo cano, peinado hacia atrás, con mostacho y bata azul marino, despacha con la efectividad que da la experiencia, aunque sus movimientos sean cansinos. La hija, con bata y gorro blancos, es salerosa y de generoso escote. Algunos días hay un dependiente bastante corto de espíritu. La madre, rechoncha, con delantal, es la que se encarga de la parte trasera de la tienda, dominando el brazo corto de la ele. No sé porqué me da a mí por pensar que allí la mercancía es de mayor calidad. Luego, los líos con la frutera van a juego con el resto del sueño.