lunes, 12 de noviembre de 2012

Tú eres la reina (I)

   No, Luis, no temas. No es esta una declaración. Ni de amor ni de intenciones. Solo es el título de una canción ¿pop? Yo creo que sí y también creo que tú estarás de acuerdo en ello. No vamos a andar a estas alturas con estrecheces ni poniéndole puertas al campo. Al extenso y fecundo campo de la música pop(ular). Y ya que estamos viajeros, démonos un rulo por el continente hermano, que se decía antes. Crucemos el charco, que  en este barco sale muy bien de precio.
   Oh. Ya a vista de pájaro está claro que tenemos mucho donde elegir. Así que habrá que afinar y encontrar "maraviiiillas" (al modo del no sé si fresa o chocolate Perugorría, allí, bastante cerca).

   Según voy escribiendo me voy dando cuenta de que empieza a parecerse este Gulliver, más que a un manual de iniciación, que es de lo que se trataba, a una autobiografía en pequeñas dosis. Pildoritas con recuerdos como excipiente. Es lo que tienen las palabras, que hacen de nosotros perros falderos aullando súplicas y al final nos llevan por donde les place. Y así tengo la impresión de que se está convirtiendo esto en las batallitas del abuelo (o al menos tío-abuelo) Jose con acento en la "o". Pero mientras te dejes...

   Supongo que sabrás que musicalmente, mi generación era anglófila y requetefoba para todo lo demás. Los absurdos prejuicios. Los cantautores que tanto escuchaban mis hermanos mayores era todo un tostón. La política nos la sudaba, además. Otras músicas como el bolero, la ranchera, la cumbia, la copla, no digamos la clásica, pertenecían al mundo de los mayores y no había ningún punto de contacto entre ese mundo y el nuestro. Antagonismo líquido y abrasador, en estado puro, por si no lo había dejado del todo claro en la frase anterior. Y ahora me pregunto cuánto tardará la Pollo en ver las cosas así. Ay.
   Pero, siempre lo hemos mantenido aquí, viajar es una especie de fórceps pero a la inversa. Te abre los ojos, te suelta el corazón, te oxigena el cerebro. Yo nunca he sido muy viajero y ya se me nota, ya. Pero he tenido la suerte de contar con unos amigos que sí que lo han sido, con lo que los beneficios me llegaron a mí por personas interpuestas, que también así se vale.

   Serían los últimos 80, quizá ya los primeros 90. Hacía unos años que vivía en Segovia. Primer trabajo fijo y, en aquel feliz e ingenuo entonces, para toda la vida. Pisos compartidos. Lo que traía consigo gustos compartidos, ropa compartida, músicas compartidas. New Age en el mundo en inglés, que era el nuestro. Joe Jackson, Elvis Costello, los Proclaimers, algunos de ellos saldrán no tardando por aquí, supongo. Los amigos de Burgos u otros que estudiaban en Madrid, en Valladolid, se dejaban caer cada poco para fiestas que harían encanecer al más pachorra de los vecinos de abajo, supongo. El cuerpo todavía aguantaba las empalmadas, los excesos de largos fines de semana.
   Los amigos, más aventureros o simplemente más ahorradores, se escapaban las vacaciones al otro lado del charco. Empezaron con la Cuba vigilada y trajeron ron, puros y las músicas actuales que allí se hacían. Ah. Fuimos listos y nos dejamos de que toda nuestra vida estuviese amenizada por pampirolaras in inglis. Y empezamos a oír y sobre todo a bailar cha cha cha, boleromambo pero lo que más salsa y son. Música para menearse rapidito pero bien apretado a la negra de turno. Sí, ya habrás adivinado que no eran aquellas únicamente unas vacaciones culturales.

   Y así que empecé a oír lo que poníamos en casa cuando regresaban, todavía ellos con el sexo arrebatado y yo, oído avizor. Sonaba en los directos de la radio revolucionaria Ibrahim Ferrer, Pérez Prado, Omara Portuondo, Compay Segundo y el resto de lo que más tarde el lince de Ry Cooder inventaría como BuenaVistaClubSocial. Y un larguísimo etc., claro, lleno de localismos y con la sangre africana bien evidente. También trajeron a Pablo y a Silvio, sobre todo a Silvio. Y estos no eran para la fiesta-fiesta-fiesta casi perpetua de aquellos días y sobre todo de aquellas noches. Eran para cuando llegaba el descanso y pensabas en la fiesta-fiesta y en lo bien que te lo habías pasado y que encima igual se había trompeado tu mirada con unos ojos que no es que no estuviesen mal sino que estaban demasiado bien.

 
   Y volvías a no dormir y sería otra vez por la colacola, aderezada ya con mejores calidades en las que nos dejábamos íntegros los sueldos (cómo no Havana Club con un montón de años y de hielos pero también valía el Johnnie Walker etiqueta negra o algún bourbon pegón pero que entrase como la seda). Yo tenía en casa un conejo blanco que me solía acompañar en las farras. Pero esa es otra historia.

(Continuará...)
Por si te supo a poco

De Silvio Rodríguez: Ojala, Quién fuera, Te amaré
Otros artistas: De Compay, Chan Chan y Guatanamera. De la Celia, Sanzón. Y también los Van Van.

viernes, 9 de noviembre de 2012

Otros secretos que me contó Yolanda. (I'm beautiful!)

   Hoy seré breve. Incluso muy breve.
   Ya que tenía almacenados unos cuantos Gulliveres, en previsión de días de sequía, de tiempos de silencio. Pero, mira, oye, que se me van acabando y padezco horror vacui. Que no se me va ni con la pastillita.
   Así que aprovecho el buen cuerpo que me dejó la entrada de ayer y recupero (previa visita con el dedo a la colección de cedés) otros tesoros y otros secretos de los muchos que me contó al oído Yolanda.
   Me he asustado un poco cuando he comprobado que eran tantos y tantos. Vaya este post en señal de mi agradecimiento eterno. 

Gulliver besa por donde Yolanda pisa
   He elegido tres y, qué curioso, calambur, los tres pertenecen al subgénero  llamado "americana". Aún hoy es una de mís música preferidas (dentro de lo preferidas que me estoy dando cuenta de que me son muchas de mis músicas).
   Tú, que me has salido rockero, te vas a pensar que son un muermo. 

Clem Snide
(Juro, por estas que son cruces, que nos acompañarán otros días por nuestros viajes)


The Czars
 

The Jayhawks
(Otros que tal bailan)
 

   Buen fin de semana, mi jefe.


miércoles, 7 de noviembre de 2012

Guárdame un secreto


   Viajamos con facilidad en el barco de Gulliver. Es una suerte.
   Y así, si ayer estábamos en los sixties, volamos hoy hasta músicas del primer lustro de este milenio. O lo que es lo mismo, pegamos el brinco desde la ermita de Silos hasta el centro cívico Río Vena. Casi haciendo el mismo trayecto motero que Pepe el Guarda, sí, mi padre, que aún vivía en esos 2000 y poco, aunque ya más como vejete encogido y un poco pirado (era que le daba ya bastante igual el qué dirán) que pasaba los semáforos en rojo y llevaba bombones a sus amigos enfermos cuando estaban ingresados. Siempre haciendo la visita del médico. Debe de tener su aquel genético lo del no molestar.  
   Lucía empezaba entonces su etapa educativa en el colegio Jueces de Castilla. Y cuando la recogíamos, a media tarde, si el tiempo no animaba a ir a los columpios, solíamos acercarnos a ese centro cívico a por algún cuento y a rematar la escasa tarea que entonces les ponían.

El Río Vena de fiesta (que por algo le llaman "cívico").
   Allí conocí a Yolanda. 
   Es la encargada de la zona del centro dedicada a biblioteca, cine y música. A mí me sonaba ya de verla por este pañuelo que es Burgos. Como decimos siempre, "de por la Llana". Quizá un par de años mayor que servidora, pelo corto como un chaval, ojos negros color diluvio, líquidos, metal en constante ebullición. Jerseys de punto hechos a mano. Trato con los niños (con la Pollo se hizo ya el primer día) y raspa con los macarrillas que intentan subirse a la chepa. Y además, especialista en música electrónica. Una joya, vamos. Y si encima de todo, cuando le dices alguna estupidez para conquistarla te mira como preguntándote por semejante estupidez, pues qué más quieres, Nicomedes.
   Me descubrió auténticos tesoros no necesariamente electrónicos. Yo también le enseñé de lo lindo. Le grababa cedés con lo más bonito de lo más raro, por enfurecerla. Y a veces, lo conseguí. 
   Una temporada desapareció porque estaba "malita". Nadie concretaba pero yo sabía de qué iba su mal. Tenemos este tipo de enfermos un sentido extra para reconocernos entre nosotros, aunque no te lo creas y pienses que ya está el jodido de Jose con sus teorías. Y luego volvió pero ya no llegaba al centro un duro para música. O los tiempos, que se aceleraron. Y había que llegar pronto a casa a hacer los deberes, que así se llama también a la tarea, y muy apropiadamente, además.
   La cosa es que dejamos de ir. Deje de ir al centro cívico y lo que me está apeteciendo es acercarme ahoritita mismo. Tú que eres sabio, ¿abren ahora por la tarde?
   La verdad  es que no te tendría que haber contado todo esto ya que, un buen día, Yolanda se puso seria, pero seria de veras, y me dijo: "Guárdame un secreto".
  
   


martes, 6 de noviembre de 2012

Señor... señor


   En este veteado que vamos haciéndole al Gulliver (cal-arena-cal-cal) no podía tardar en aparecer don Roberto Zimmerman, más conocido con Bob Dylan.

   Bob Dylan, sí. El mago del sombrero de copa, el chico que enseñó a los cuatro de Liverpool a juguetear con las drogas, la arrugada anciana cherokee con su cigarro puro en la boca, apagado y mordido,  el ser tocado por la gracia divina para hacer de un puñado de palabras baratas lo que se dice una canción.

   Pero como Gulliver me dice al oído que está vetado en este lugar ponerse así de serios, te tendré que contar un par de anécdotas de lo que ha sido  el buen diablo de Roberto en mi vida.

   Santo Domingo de Silos. El pueblo. Mi padre fue allí Pepe el Guarda muchos años. Me le imagino imponente, en su caballo negro. O subido en la moto Sanglas de 350 cc, como no la había igual en toda la provincia. Apostándose un café con el Veterinario Pedro (así con mayúsculas eran los veterinarios de los pueblos, entonces, ya lo sabes)  a ver quién llegaba antes a Burgos, al bar La Terraza, concretamente, si él con su moto o el otro con un recién estrenado 1500 azul casi negro. La única condición (la única temeraria condición) fue que mi hermano Rodolfo, que estaba previsto que viajara de paquete en la moto, lo hiciese en el coche.

   Me le imagino a mi padre por las curvas de Carazo, la Mirandilla huyendo allá arriba a su izquierda, él sobrado, sin forzar las tumbadas. Me le imagino de Cuevas a Cubillo, metido en el carenado, jugando con el viento que traía olores a brezo. Me le imagino esperando en el bar, terminándose un café antes de que llegasen con el coche. Pagando el café y pidiéndose otro, que a ese le iban a invitar.


  Mucha gente de ese pueblo de Jefes le quería de verdad. Así es que no hubo problemas en que, cuando ya llevaba unos años en las oficinas de Burgos y yo ya había nacido, le cediesen una casa en el edificio del ayuntamiento, las antiguas escuelas, para que pasase con su familia allí los veranos. Era el segundo y último piso del inmueble que puedes ver si desde la plaza miras hacia el sur. Mi habitación era justo la de la esquina que da a la puerta principal del Monasterio. Era sobrecogedor oír desde allí, los domingos a las 12, en primera línea de fuego, la llamada a misa.  Campanazo va y campanazo viene.


   Pero he dicho cedido y ahí mi padre se negó en redondo, que conocía el temperamento castellano y lo extendida que está la envidia entre las gentes de los pueblos. Al final, el alcalde de entonces (jódete con las coincidencias, Pedro, el Veterinario de aquella carrera) le tranquilizó con un alquiler que no llegaría a simbólico pero que no se alejaría de ello demasiado.

   Y así, tuvimos unos veranos benedictinos (o más precisamente, gregorianos). Llegábamos a principios de julio y una de las primeras cosas que hacíamos era visitar el convento. Por aquellos días dom Pedro era el abad y con él me hacía  yo buenas excursiones por lo alto de los picos, buscando fósiles y hablando de la vida. No me acuerdo de qué le contaría yo pero sí de que cuando él se me quejaba (y lo hacía a menudo) de la rebeldía de la última hornada de novicios yo ya le prescribía mucha paciencia. Ahora lo flipo nada más pensarlo, pero no debía ser tan grande mi timidez como a mí me parece ahora. Igual hasta tenía un poco del descaro que tiene la Pollo Lucía cuando viene a buscarme, pues contaría con diez o doce añitos, por aquel entonces.

   Del resto de los frailes, del que más me acuerdo es del Padre Román que, verano a verano, seguía teniendo cada vez mil años. El pelo aún espeso y blanco como una virtud. Era el especialista en algo importante para la congregación. No te sé concretar pero bien pudiera ser la interpretación de las directrices de la casa madre o incluso de los asuntos conciliares. Pero lo que a mí me tenía loco era su celda. Todas tenían como una antesala en la que cada monje se dedicaba a su función concreta. Estaban el Biólogo y el Filósofo. Y el Especialista en Arte. Y así cada uno. Tenían ya por entonces muy claro, los jodidos, lo del I+D+I. Al Padre Román se ve que no le era necesario espacio terrenal para su ministerio y la utilizaba de taller de carpintero, toda llena de serrín que se le subía hasta por la cogulla. Tenía los ojos siempre muy húmedos pero cuando llegábamos y mi padre y él se abrazaban, como que le brillaban más.

   A todas estas, mi madre hacía la clausura y nos esperaba sentada en el primer banco de la iglesia.

   Pero no todo era Dios y sus circunstancias en nuestros veranos. En el pueblo me hice pandilla, cuyo núcleo duro lo formaban, junto conmigo, un catalán que te juro que se llamaba Armando Guerra y un mulato enorme, fruto del amor de una guineana con un lugareño del pueblo que era no sé qué de Hacienda en aquel país. Suena a telenovelón pero cuando los padres huían con el recién nacido de los perros del régimen (no debía estar muy bien vista la confraternización entre nativos y foráneos, se ve) tuvieron un terrible accidente en el que falleció la madre de Adolfo Álamo Beta, que así se llamaba mi amigo.

   Además de grande era socarrón, lúcido y de risa enorme. Cuando le preguntábamos si no estaba acomplejado (sobreentendiéndose que hablábamos de su en aquellos tiempos poco habitual color por estos pagos) él siempre nos decía que el mayor problema de su singularidad era encontrar pantalones vaqueros de su talla.

   Y por aquí que hilo con el principio de este Gulliver, pues solo existían tres cosas por las que matar en la vida de Adolfo: la cocacola, el baloncesto y.... Sí, y Bob Dylan.

   A la caída de la tarde, nos subíamos los tres con un casete a pilas hasta cerca de la ermita. Desde allí la vista del pueblo era tremenda. 

  
   En el primer plano, el arco de entrada a la villa. Nada más traspasarlo, el lavadero donde recuerdo haber visto a mi madre de rodillas trabajando. Luego ocupaba gran parte de la panorámica el monasterio con el resto de las casas alrededor. Y a las afueras, hacia donde se pone el sol, el cementerio y las ruinas del monasterio de san Francisco, monje pobre pero siempre vigilante de los ennoblecidos benedictinos.

   El sonido del casete no era muy allá pero importaba poco con aquella postal enfrente.

   La otra anécdota tiene que ver con mi primer amor. Ahí es nada. Se llamaba y se sigue llamando Angélica y nos queríamos mucho, mucho, pero sin decírnoslo. Era los tiempos de los chamizos (que son los que siguieron a los tiempos de los guateques, un poco anteriores) y el alcohol de pésima calidad no alcanzaba a envalentonarme cuando de Angélica se trataba. Así que cuando llegaba la tanda de los bailes agarrados, para no estar allí sin hablarnos y sin hacer nada, nos besábamos besos que duraban lo que dura una canción. Casi besos con agujetas pero que bien ricos sabían. Después la acompañaba a casa, agarrados de la mano y en silencio. Y ya en la cama no me podía dormir. Y yo pensaba que era de amor pero más tarde me enteré de que se trataba de los efectos secundarios de tanta cocacola en los cubatas de ginebra Fliton.

   Pero no era esta nuestra única falsa creencia en aquellos años púberes. Una de nuestra canciones preferidas, que además duraba más de cinco minutos de morreo incontenible, era esta que aquí te traigo. Y sí, era de Bob Dylan. Se titulaba Señor y cuando Angie me la cantaba muy al oído, ambos pensábamos que hablada de mí hecho un caballero, del respetuoso y atento señor Hoyuelos. Pero qué va. Sólo más tarde aprendí que el buen diablo de Dylan se refería al señor dueño de la plantación, con un puñado de esclavos a los que tiranizar. Lo que son las cosas.
 


   Como ves, no es una de las canciones más conocidas del Mago. Podía haber elegido otras muchas. Like a rolling stone, Knocking on heaven's door o la preciosa Sara (de la que no he encontrado una versión cantada por el propio artista). O tantas otras. Seguro que aparece por este nuestro viaje alguna vez más el buen diablo (o el pérfido ángel, tanto da).

   Pero para terminar desengrasando, lo haré con otra canción suya pero muy versionada, dado que veo que no te van mal las letras en castellano. La ejecuta Kiko Veneno y no es otra que Memphis Blues Again. Que aproveche.

lunes, 5 de noviembre de 2012

Mi vida con Antonio Vega


   Las numerosas veces a lo largo y ancho de mi vida en las que un periodista no muy avezado ni ocurrente me ha preguntado por la canción que me llevaría a una isla desierta, siempre he contestado que Una décima de segundo, del malogrado Antonio Vega. Como el periodista inexperto no me preguntaba por los motivos me tenía yo que adelantar y explicarle que se trata de una canción inacabable. No llevo por cuenta la de veces que la he escuchado pero sospecho que superarán los dos millones y siempre, siempre me entero de algo nuevo, me viene de perlas para una situación que aún no se me había dado, me dan ganas de ponerme a pensar.
   Esta que te he incluído es una versión en directo y con el apañado acompañamiento de Teo Cardalda, que militó en los Golpes Bajos e hizo pareja con Cómplices. Pero no ha sido ese el motivo de su elección. Más bien he buscado un vídeo de la época, cuando Antonio era más de la mitad de Nacha Pop y todavía no se le había dibujado en la cara su deep, deep adicción.


   Eran los ochenta también para mí y estos chicos no iban vestidos de artistas (como les ocurría a Alaska, Gabinette Caligari, incluso a Radio Futura), parecía que pedían perdón cada vez que entraban en algún lugar, eran tan normales como nosotros... y lo más importante cantaban las canciones que te hubiera gustado inventar.
   Y encima, tenían temazo, Chica del ayer, que era, sin lugar a dudas, nuestra chica.

   Después, seguimos creciendo. Ellos se separaron pero nos dio igual. Antonio siguió pariendo bellísimas canciones de tanto en tanto, cuando el monstruo se lo permitía ("Pierdo el norte, me vuelvo torpe... cansado..."), siempre en el ribazo de Marga.
   Y seguimos creciendo y Antonio murió pero eso también nos dio un poco igual. Porque a este respecto ya teníamos nosotros cadáver propio. Se llamaba Suso y era... era duro. Con estampa de gitano de los tebeos de Astérix y el corazón que no le cabía en el pecho. El pan era pan y el vino, vino, eso sí. Y como vivía en la calle San Lorenzo, lo que más le enfurecía era que le pidiesen papelillos de fumar cuando iba con su madre. No quiso despedirse de nosotros cuando el cáncer se lo comía ya por dentro. No le gustaban las mariconadas.
   Ahora me acabo de dar cuenta de que, después de tantos años juntos, sólo estuve una vez en su casa. Fuimos a buscarle para salir y le esperamos en el salón mientras terminaba de vestirse. Tanto Tetu como yo quedámos extrañadísimos. No había ningún objeto, nada, que hablase de él. Ni fotos, ni recuerdos, ni plantas... Nada. Cuando le preguntamos no le pareció que hubiese en ello nada extraño.

   Le gustaba la música fuerte, al Suso, rock garajero, el heavy clásico, lo más sucio del blues. Pero había una canción que era la única que se permitía cantar (por supuesto que nunca, nunca bailó). La canción no le pegaba nada, o sí, pero así era el Suso. Lucha de gigantes.


   Si te supo a poco:
   Nacha Pop. Relojes en la oscuridad.
   Antonio Vega. El sitio de mi recreo.
   A.V. Estaciones.

sábado, 3 de noviembre de 2012

Mi sobrino se llama Rubén Aarón

   Naveguemos hoy por aguas plácidas.

   La música más pop es frecuentemente utilizada como banda sonora de anuncios publicitarios. Existen autores (ahora me acuerdo de Manolo García) que se niegan en rotundo a lo que para ellos es un abaratamiento de su arte. Yo no lo veo así. Siempre que la canción sea bonita y el anuncio tenga su aquel. Como creo que es el caso del tema que te propongo hoy.
   Es de Herman Dune. Y es optimista, colorido, chisposo. Del vídeo se puede decir lo mismo. Ya, buenismo total. Creo que sirve para publicitar una marca de cerveza. Sí, Luis, aunque a mí la palabrita no me gusta nada, San Diccionario de la RAE la incluye. Y así no repito "anunciar". También parece promocionar una zona, tipo postal Adeco Cap de Creus.

   Además de ponerme cuerpo blando y así enamorarme fácil de la chica de la peli (por enamorarme casi hasta me enamoro del chico también), esta canción me viene de perlas para lo del (oficio-oficio) escribir aunque sean unas pocas líneas (cuatro, que se decía antes). Y es que este era uno de los temas que mi sobrino y su desde entonces esposa amada incluyeron en un disco que nos regalaron para la celebración.

Rubén Aarón Hoyuelos
   Fue una boda muy especial. Por poner un par de ejemplos, es a la única a la que he asistido en bermudas y en vez de la foto de los novios a mí me salió la foto del novio, al que aquí te presento presto a dar el sí.
   Ya te digo, buena fiesta. Comimos platos ricos en la chopera de una casa rural llena de patos mudos (sí, patos mudos, existen como especie, y además, aquí el veterinario eres tú). Cerca y también propiedad de los viejos hippies dueños del establecimiento existen unas aguas termales de las que pudieron disfrutar los invitados que acabaron menos borrachos que yo.
   También jugamos al futbolín (algo que tendría que ser obligatorio en todos los acontecimientos de este cariz). Bailamos fuerte. Y aquí, merece mención especial la madre de la novia, quizás se llamaba Mercedes, señora y andaluza, por ese orden y con el ritmo por lo cuatro costados.
   Esta que incluyo es la portada del plan de acción que nos entregaron nada más llegar a la plaza Mayor del Burgos de tus dolores, en cuyo ayuntamiento se ofició la parte más seria del asunto. Mira si sería seria esa parte que hasta mi querida hermana Bego leyó, emocionada, un par de páginas que llevaba preparadas para tal fin. Había que ver la cara que, mientras tanto, se le iba poniendo al vástago.


   Como cacho entre  literario y vital (incluso de promesa de amor eterno) del plan de ataque, incluían un par de párrafos de El libro de los abrazos, de Eduardo Galeano.

                         "Cada persona brilla con una luz propia entre todas las 
      demás. No hay dos fuegos iguales. Hay fuegos grandes y  fuegos 
      chicos y fuegos de todos los colores. Hay gente de fuego sereno,
      que ni se entera del viento, y gente de fuego loco, que llena el aire
      de chispas.
                       Algunos fuegos, fuegos bobos, no alumbran ni queman;
      pero otros arden la vida con tantas ganas que no se puede mirarlos
     sin parpadear, y quien se acerca, se enciende".

   Pero volvamos a lo nuestro, que es este Gulliver que nos acompaña por el mundo de la música.
   Estábamos con lo de la canción-spot incluida en el disco-regalo de boda de mis sobrinos del alma. En ella es bastante protagonista el ladilla del Adriá, que no se perderá ni su funeral, y hace un cameo mi canon de la belleza española, la pequeña y preciosa Elena Anaya. El título no podía ser otro. I wish that I could see you soon.


  

jueves, 1 de noviembre de 2012

Spasticus Autisticus

   Joer, macho. Esta te la tenía guardada para dentro de unos días, en mi plan preconcebido para que termines cambiando (algún ratico) RadioClásica por el Ipod. Pero corro a embarcarla en la nao de Gulliver (tarea para hoy: ¿cómo coño se llamaba el barco de nuestro héroe?).
   Es lo menos parecido que he encontrado a la, sí, lo reconozco, minimalista, I'm piano (ver entrada del 29 de octubre) que tan poco te gustó. Ya vas a ver, aquí nada de teclas ni violines. Puritito rock&roll. Y uno de los primeros discos que me compré. En la tienda que tenía Jose María Rey en la calle Hospital Militar, cerca de la Plaza Vega. A la tienda había que entrar agachado porque no existían  en aquel entonces cédulas de habitabilidad ni licencias de ocupación. Tendría como 20 metros cuadrados repletos de tesoros. Chema Rey es el que ha tenido durante muchos años un programa musical en Radio3 (a la sombra, o mejor dicho, a los pechos de Diego Manrique). Pero por aquel entonces vivía de lo que vendía en la tienda y de los bolos que daba como componente del grupo burgales más "modelno" de la época. Joer, macho, no me acuerdo de cómo se llamaba el grupo. Aunque la mayor aportación de Chema a los dominios de Euterpe fue tocar el bajo saltando sobre un cojín grande (casi un cojón) que a tal fin ponía sobre el escenario. Era amigo de mis hermanos mayores. Pero Bego no le perdonaba que te hiciera quitar los zapatos para entrar en su casa. Nada que ver con arraigados ritos islámicos. Es que se le rayaba el parqué, al rockero.

   Eso sí, hay que reconocer, en buena ley, que el disco me lo recomendó él. Y hay que tener en cuenta también que entonces un disco era un disco. Lo exprimías hasta dejarle sin secretos y el jodido aún escondía alguno para la próxima ocasión. Como muestra te incluyo aquí la contraportada y la portada y ruego que te imagines cómo me sentía yo a los catorce ante esa mirada.

   No hacían falta, en aquel 77, ni campañas de concienciación ni correcciones políticas ni demás mandangas, pero si alguna prevención o reparo (nunca rechazo, eso te lo aseguro) tenía yo hacia los minusválidos o discapacitados o como coño se les llame ahora, el bueno y jodido poliomelítico de Ian Dury me la arrancó de cuajo. Le sacaban dos pipas a la sillita de la reina a cantar, en angarillas. Se agarraba fuerte al pie del micrófono y hacía cosas como estas.

 
Spasticus  Autisticus

   Y cuando se caía al suelo, bien por su condición física bien por lo atufado que iba de polisustancias, pues le levantaban sin grandes miramientos, y él se agarraba al micro y seguía berreando.

   Era la New Wave anglosajona y Ian se declinaba por la parte más funky del asunto. Pero la afilaba con una o dos medidas de punk, volvía a mirar a las raíces y le metía swing a toda la bola. ¡Y qué bola! 

¿Chalot y el chico?
   Hay discos que llamamos conceptuales, bien porque tengan una guía joven y resuelta que ponga en fila a todas las canciones detrás de una idea común, más o menos elevada, bien porque todo en ellos hablaba de una manera de tomarse la vida. Este New Boots and Panties!! lo era. Hacía años que no lo escuchaba entero y sigo pensando que es un disco sin excipiente, sin nada de relleno. Lo mismo dispara hacia el primer rock&roll (como en ese maravilloso homenaje que es Sweet Gene Vicent  y que te ruego encarecidamente que escuches en esta versión en directo con nada menos que Mick Jones, el de The Clash) que se decanta por una balada de amor espástica y autística como Wake and make love with me.

   Y por si me quedaba algo por decir y encima te has quedado con ganas de más, yo no sé si él fue el inventor de la proclama pero, eso sí, la cantó como nadie. Sex & drugs & rock & roll.