Además de mariposas en el estómago, este reencuentro con María me ha regalado varios tesoros.
Quizá el más notorio sea un empeoramiento en el patrón de mis alocados tiempos de sueño. Sabrás que hace unos años pasé por una fase de dormir muy apretado pero durante muy pocas horas. Era un sueño denso y reparador que me hacía levantarme cada vez más pronto. Llegué a pensar que iba a levantarme antes de haberme acostado. Luego, por esas extrañas piruetas que da la vida y sin motivo aparente ni causa conocida, empecé a dormir más tiempo pero despertándome a cada rato. Con el agravante de que cada vez que me despertaba, para volverme a dormir, me tenía que fumar un cigarro. El agravante viene de que la nicotina y demás venenos hacían efecto a las dos o tres caladas y un día la voy a armar, con los cigarritos en la cama. Pues estos últimos días, desde que se produjo, si, ya sabes, il incontro, se me han juntado los dos modos de dormir y no sé si eso hay cuerpo que lo resista.
Otro gran regalo es que estoy aprendiendo a no creerme tan listo.
Y a soltarme la faja. Tengo con María arranques de sinceridad que no me permito ni conmigo mismo. ¿Será eso malo, doctor?
Pero lo que más me parece es que María me haya obsequiado con un billete para un viaje al pasado en alfombra mágica. Tú, dado a trepar hasta los más altos riscos, ya sabes lo bien y lo diferente que se ve todo desde las alturas. Lo gracioso del asunto es que abajo estoy yo, a mis 18 años, y no termino de ser yo. Ya ves, a estas alturas y aprendiendo a conocerme.
Vaya esta canción en honor y gloria de tan dadivosa mujer.
Ayer se me borró el gulliver. Basta ese pequeño contratiempo, un estúpido lío del más estúpido aún código binario, para que me varíe el humor. A ver si es verdad y somos purita química y nos creemos la bomba atómica en verso. Quizá tuviésemos que hurgar en los viejos libros del colegio para intentar conseguir la fórmula, esta sí, la auténtica y jodida piedra filosofal que colmase todos nuestros deseos. Una fila retorcida de carbonos, con sus oxígenos y sus hidrógenos y los gases más nobles, en pequeñas dosis, eso sí, por no atosigar. ¿Me pone cuarto y mitad de felicidad? Sí, señorita, y tenemos la lascivia de oferta. Fresca como ella sola. No tiene más que mirarla a los ojos ¿Le pongo un par de piezas? En Tenerife, "un par" no es necesariamente dos. Los hablantes han adoptado a todos los contextos ese uso más laxo que aquí utilizamos para decir, por ejemplo, "Me tomé un par de cañas". Seguramente serían más. Pero no nos desviemos del tema, que era nada menos que la búsqueda del Santo Grial y el encuentro con la felicidad. Y en el fondo, Luis, ¿qué es lo que hacemos todo el día sino escarbar en nuestra experiencia por ver si alcanzamos ese fin?
Lo difícil va a ser meter en esa fórmula a la casualidad, a la suerte y al vecino de al lado. y así sucesivamente.
Venga, Luis, vamos a por otro infinito. Lo que pasa es que ya lo dice la canción, que la vida te da sorpresas. Estás tú tan tranquilo, que ni te acuerdas de la fórmula ni nada por estilo, y va la vida y te regala una sorpresa. María lo llama il incontro y se trata de unas charlas diarias y apresuradas que nos pegamos por el facebook. Como tontos adolescentes. También le pongo a ella canciones, perdona la infidelidad, y nos contamos unas cosas... Habrás adivinado que María es aquella chica, casi una niña entonces, con la que dormí en el hotel de Mallorca.
En el gulli que se me borró y que se titulaba como este, te contaba de un frío recibimiento cuando llamé a su muro (estas ocurrencias del Zuckenberg). Me contestó casi un me alegro, hasta luego. Y estuve llorando tres minutos. Seguidos. (¿O eso ya te lo había contado antes?) Todo eso te contaba y que al poco después fue ella la que se animó y, chico, hasta hoy, lo cual provoca, por aquello de la ubicuidad, que estos días, los gulliveres me salgan más pequeños. Y es que estamos, Luis, en el País de los Gigantes.
Las brujas del país de las brujas me la han vuelto a liar y acaba de desaparecer la entrada que te tenía preparada para hoy. Me cago yo en las brujas. Pensé que esto de la internet era algo más serio. Menos mal que no se trataba de elevada poesía, ni tan siquiera de atinada prosa. Solo desvaríos.
Sería tal vez el momento de contarte mi primera vez pero con esto de las celebraciones, se me ha juntado el pasado con el ahoritita mismo, mi cuate. Y no estoy para rancheras.
Flaco Jiménez es un monstruo y un dios, en aquellas tierras, que hace, en un par de canciones, que todo tenga mucha menos importancia. Y solo con un acordeón. Con esto de las celebraciones me han venido a ver muchos fantasmas. Por persona interpuesta. Tenemos ya un amplio grupo en el facebook. Y entre ellos se encuentra la persona con la que tuve mi primera relación "madura" aunque si nos atenemos a los hechos, de ello no tenía gran cosa. Le mandé un "hola, chica guapa", en ese plan, y me contestó (busco, por hacerlo literal): "Ha sido pura casualidad! Despues de tanto tiempo!!!!! Me alegra haberte encontrado espero q las cosas t vayan bien . Bs". Me quedé llorando tres minutos. Seguidos. Luego se ve que se lo pensó y se puso más amigable. Desde entonces que la tengo castigada. Lo malo es que así me lapido a mí mismo. La verdad es que estoy buscando algo bonito que contarle. Ella fue la persona por la que, hoy es el día, intento poner todas las tildes a las palabras, cuando escribo. A ella una vez le di a leer un cuento que quizá tenga guardado por ahí, diciéndole que lo había escrito García Márquez. Ella fue la mejor reina de la mejor fiesta de todas las fiestas que se han celebrado y se vayan a celebrar en todos y cada uno de los institutos. Sí, yo también estaba extrañado de poder tener como amorcito a semejante persona. Empezamos como amigos y, quizá por ello, nos tratábamos con excesivo respeto. Perdimos ambos la virginidad, creo, en una excursión de fin de curso, en un hotel de Mallorca. Ella, muy brava, lo primero que hizo fue preguntarle al Carpintero, profesor de historia y responsable del viaje, si podíamos dormir en la misma habitación. El Carpin tuvo que ir a enterarse no sé dónde pero la respuesta, como era previsible, fue negativa. Yo creo que lo preguntó nada más por decir: aquí estoy yo. No le pegaba nada pero, claro, a mí me gustó. Lo hicimos la primera noche. Mi amigo Santi, el hijo del herrero, hacía que dormía en la otra cama. No, si yo me quedo sopa con la radio puesta. Estuvimos torpes, muy torpes. Los nervios. Pero lo pasamos bien. A la mañana siguiente salió del armario, ignorante, todavía borracho, Lozano, que hoy da clases muy serias en Obras Públicas. Había dormido la mona en el estante de arriba, el de las mantas.
Releo esto, por rematar antes de colgártelo y aunque lo escribí hace sólo unos pocos días, cuánto ha cambiado el cuento. Y por lo tanto tendría que contarlo de otra manera. Lo cual me da, ji, ji, para otro gulliver.
¿Seré un jodido romántico? Ya te decía que yo, hasta para un improbable lío de una noche tengo que estar perdidamente enamorado. Cuento con la ventaja de que me enamoro fácil y perdidamente. Y así que entramos en la fase "novias".
Como con mi inefable timidez y mi desordenado discurso no alcanzaba las más de las veces a hacerme entender, las relaciones de aquellos años solían ser un mar de dudas con su puntito kafkiano. Y bastante cortas. Guardo gratos recuerdos de algunas de ellas, que no fueron muchas, no te vayas a creer. Del chamizo habíamos pasado a una cochera que daba a las vías del tren. Sí, Luis, otra vez el tren. Parece que tenga algo importante que ver en mi vida. Los trenes que pasan, que se van. Tampoco aquello duró mucho. Mejoramos nuestro estatus cuando alquilamos una casa bastante cochambrosa pero a la vez céntrica, en la calle Trinidad, al lado de Capitanía. Teníamos dos habitaciones, alcoba, cocina y baño. Y una abuelilla como de doscientos años por vecina de en frente. Siempre se le estaban quemando los cables del infiernillo con que se calentaba y donde también cocinaba. Tenía las manos negras de tantos chisporrotazos por más que le decíamos que nos avisara cuando viese algo mal. Tampoco debía de ver mucho la viejita. La habitación más grande la convertimos en sala multiusos. Nos servía de salón, de pista de baile, de sala de juego, y de reuniones, de bar. Incluso de cuadrilátero en una ocasión. La alcoba que de allí colgaba la decoramos como sala de, ¿cómo llamarla? los prolegómenos. Y la otra habitación pasó a ser ya para siempre "la habitación verde" (pregunta, pregunta por ahí). No era aquello el Olimpo del confort y menos de la intimidad ya que las hormonas no guardaban ninguna clase de respeto y pasaban sin llamar. Les hacías hueco con un gruñido. Lo que mejor recuerdo de aquellos revolcones son las dificultades con un sujetador, con el cinto.Y el sudor pegajoso, con saliva. Atinado el nombre de "morrear". No es por darme el pisto pero llegué a coincidir allí con tres novias en una misma tarde. Y las tres fueron atendidas, quizá con un cierto apresuramiento. Qué líos. Tenía yo novia oficial pero aún arrastraban los últimos coletazos de la anterior. Y coincidió en aquella época que la novia que tenía en el pueblo de mis veranos de vigilante de incendios se bajaba los fines de semana a la capital de marcha, y no veas que marcha, y nos solíamos encontrar. Era complicado y requería una máxima atención. No te podías permitir un descuido, ya fuese por llamar a alguna con el nombre equivocado, ya fuese por que se te juntasen en un mismo espacio y en un mismo momento más de una. Una vez llegaron dos a cruzarse por las escaleras, ¡y vivíamos en un primero! Muy hermanos Marx.
Todavía entonces seguía mi torpeza ocupando un gran trozo de la tarta de colores. De adolescencia larga (hasta hoy me dura, ya lo sabes) todo eran preguntas incontestables y abismos por doquier. Y así no había manera de gozar. O incluso los placeres eran tan terribles... Y después estaba la cocacola, que hacía que fuesen siendo terribles el resto de la insomne noche. Ay. Dicen que en el fondo nuestra existencia se resume en una pregunta sencilla de formular pero complicada de resolver. ¿Por qué a mí?
Aquello del chamizo, como era de prever, acabó mal. Una noche entraron en casa de mi hermana. Ella dormía, que como es lógico le sentó peor. Menos mal que no se despertó. A falta de parné se le llevaron su colección de discos y su equipo nuevo, lo cual duele una barbaridad. Sobre todo si sospechas que los autores son amigos de tu hermano pequeño. Pero que el desenlace no desvirtúe las bondades de aquella larga estadía. Fiesta, fiesta. La luz cada vez más roja, menor su intensidad. Los instintos en ascensión libre. La hostia. Sobre todo porque había mujeres a tutiplén. Y bien deliciosas. Y lo peor de todo es que por ningún lado aparecía el manual con las jodidas instrucciones. Ay, Sifi, Sifi. Pobre Gulliver.
Llegó un momento en que por ahorrar prolegómenos y angustias lo íbamos hablando, los chicos con los chicos y las chicas con las chicas, para hacer el reparto. Luego salía un portavoz por cada grupo y se formaban las parejas, usando el sentido común, casi al modo asambleario. Un modo más práctico de jugar a la botella. Te tocaba la que no habías pensado y aquello se convertía en una carrera de obstáculos, por mor del conocimiento práctico. Ibas tanteando por buscar fronteras y dependiendo de la retroalimentación aumentabas la osadía o retrocedías tres casillas. Chico, aquello no era para mí. Le tocabas las tetas a una tal María Teresa y te preguntabas qué hacías allí tocándole las tetas. Era como el concurso del millón. Yo le he tocado el chumi a Fulanita. Así, en ese plan. Así que decidí que había que dirigir las flechas y tener buena puntería. Y es allí donde irremediablemente se me mezcló el sexo con el amor. Y así sigo hasta el día de hoy, que hasta para hacerme una paja tengo que estar enamorado.
Belle & Sebastian y una canción que no sé porqué pero me pone.
No te creas que me he dedicado a contarlos uno a uno desde el principio. Me lo chiva, aquí, el cuadro de mandos. Ya sabes, nave moderna. Cien días no son una enormidad y no soy muy dado a estas efemérides fruto de la convención pero creo que esta vez debo festejar. Ya tendrías que conocer mi incongruencia pero sobre todo mi inconstancia. Así que te agradezco que estés ahí, por más que de una manera bastante callada, como decía el poeta, tan ausente.
Y para la celebración, haremos algo distinto hoy. No, no faltará canción ni cerveza para brindar. Pero dejaré que las palabras sean de otro. Teju Cole, afroamericano, promesa de gran icono de las letras.
Me
acuerdo de que aquel día me arrodillé a oler las tenues fragancias. El parterre
contenía saponaria y hepáticas, hierbas que habían recibido sus nombres del
antiguo saber de la semejanza o medicina herborística simpática, un arte casi
místico según el cual las propiedades medicinales de las plantas se
relacionaban con su apariencia física. A la hepática se la consideraba buena
para los males de hígado porque las hojas evocan la forma de los lóbulos de ese
órgano, y del mismo modo la pulmonaria curaba las dificultades de respiración
porque la hoja parece un pulmón, y a la saponaria se la valoraba por sus usos
dermatológicos. La búsqueda de significado había conducido a nuestros ancestros
medievales a la certeza de que Dios, artífice de toda la creación, había
distribuido en esas cosas claves o signaturas para el uso benigno de lo creado,
y que para descodificarlas bastaba con un poco de vigilancia. La semejanza no
era sino lo más básico de esta clase de conocimiento, pero una extensión posterior
de la idea fue la búsqueda de signos, tal como la asumió en el siglo XVI el
humanista alemán Paracelso.
Paracelso
creía que la luz de la naturaleza obraba por la intuición, pero también que la
experiencia la agudizaba. Leída adecuadamente, nos informaba de la realidad
interior de una cosa por medio de su forma, de modo que en la apariencia de un
hombre había cierto reflejo válido de la persona que era en verdad. En efecto,
según Paracelso la realidad interior es tan profunda que no puede sino expresarse
en la forma externa. Por otro lado, como ocurre con los artistas, los signos
externos de una obra de arte estarán vacíos a menos que aborde la cuestión de
una vida interior. En consecuencia Paracelso desarrolló una teoría de cómo se
manifiesta la luz de la naturaleza en cuatro aspectos del hombre individual:
las extremidades, la cabeza y el rostro, el cuerpo en conjunto y el porte, o
manera de andar y postura.
Nosotros
estamos familiarizados con la teoría de los signos en las formas degradadas de
la frenología, la eugenesia y el racismo. Sin embargo, la sensibilidad al
vínculo entre espíritu interior y sustancia exterior también subyace al éxito
de muchos de los artistas de la época de Paracelso, como los escultores en
madera del sur de Alemania. Gracias a una atención extrema a las propiedades de
su material, y al modo en que esas propiedades pueden traducirse en términos de
escultura, crearon obras de arte perdurables, precisamente del tipo de las que
se ven en las salas y corredores de los Cloisters. Riemenschneider, Stoss,
Leinberger y Erhat sustentaron la talla en un complejo conocimiento material de
la madera de tilo, y sus intentos de maridar el espíritu del material con su
forma visible, por artesanales que sean, no difieren mucho de la lucha por el
diagnóstico que absorbe a los médicos. Esto es particularmente cierto en el
caso de los psiquiatras, que tratamos de emplear signos o síntomas exteriores
como claves para entender realidades internas, aun si la relación entre ambos
no está del todo clara. Tan modesto éxito tenemos [el protagonista es psiquiatra] en la tarea que no cuesta
demasiado admitir que hoy nuestra rama de la medicina es tan primitiva como la
cirugía en tiempos de Paracelso.
Aquel
día, mientras pensaba en los signos y la semejanza, yo había intentado contarle
a mi amigo cómo había evolucionado mi visión de la práctica psiquiátrica. Le
había dicho que veía a cada paciente como una habitación oscura y que, cuando
en una sesión con un paciente entraba en esa cámara, consideraba esencial ser
lento y premeditado. Todo el tiempo tenía en mente no hacer daño, el más
antiguo de los principios médicos. En las enfermedades externamente visibles se
trabaja con más luz, los signos se expresan más forzosamente y por eso es más
difícil pasarlos por alto. En el campo de los problemas mentales el diagnóstico
es un arte más delicado, porque a veces ni los síntomas de mayor peso son
visibles. Es un arte especialmente resbaladizo porque la fuente de información
sobre la mente es la propia mente, y la mente es capaz de engañarse a sí misma.
Como médicos, le había dicho yo a mi amigo, dependemos, en un grado mucho mayor
que en el caso de las enfermedades no mentales, de lo que nos cuenta el
paciente. Pero ¿qué hacer cuando la lente a través de la cual se miran los
síntomas es, a menudo, sintomática en sí? La mente es opaca para sí misma, y
cuesta mucho descubrir la ubicación precisa de las zonas de opacidad. La
ciencia oftálmica describe un área situada detrás del bulbo ocular, el disco
óptico, por donde abandonan el ojo aproximadamente un millón de ganglios del
nervio óptico. Es exactamente allí donde se aglomeran las neuronas asociadas
con la visión, el punto donde la visión se apaga. Desde hacía tiempo, recuerdo
haberle explicado a mi amigo aquel día, pensaba que la mayor parte del trabajo
de los psiquiatras en particular, y de los profesionales de la salud mental en
general, era un punto ciego tan amplio que se había apoderado de todo el ojo.
Lo que sabíamos, le había dicho, era mucho menos que lo que permanecía a
oscuras, y en esa enorme limitación estribaban el atractivo y las frustraciones
de la profesión.
Cada
persona debe, en alguna medida, tomarse como punto de calibración de la
normalidad, debe asumir que el espacio de su mente no le resulta totalmente
opaco. Tal vez sea esto lo que entendemos por cordura: cualesquiera que sean
las excentricidades que admite tener un individuo, él no es el malo de su
propia película. De hecho ocurre todo lo contrario: sólo hacemos de héroes, y
en el remolino de las historias ajenas, en la medida en que esas historias nos
conciernen, nunca estamos por debajo del heroísmo. ¿Quién, en la era de la
televisión, no se ha observado frente a un espejo e imaginado su vida como una
serie que acaso ya miran multitudes? ¿Quién, con estas consideraciones en
mente, no ha introducido en su vida diaria un elemento de actuación? Somos tan
capaces de hacer el bien como el mal, y la mayoría de las veces elegimos el
bien. Cuando no es así, no nos inquieta, como no le inquieta a nuestro público,
porque somos capaces de acoplarnos a nosotros mismos y porque con otras
decisiones nos hemos ganado su comprensión. Están dispuestos a creer lo mejor
de nosotros, y no les faltan razones. Desde mi punto de vista, si repaso mi
historia, aun sin atribuirme un sentido ético especialmente elevado, me
satisface haberme atenido al bien.
Pero
¿qué hay que entender entonces cuando en la versión de otro yo soy el malo?
Estoy muy familiarizado con las malas historias —mal concebidas o mal contadas—
porque se las oigo a menudo a mis pacientes. Conozco los cuentos de quienes
echan la culpa a los demás, de quienes son incapaces de ver que son ellos
mismos, no los otros, el hilo común de todas sus malas relaciones. Hay tics
característicos que revelan la falsedad esencial de relatos así. Pero lo que me
había dicho Moji aquella madrugada antes de que yo dejara la casa de John,
subiera al puente George Washington y caminara los pocos kilómetros hasta mi
casa, no tenía nada que ver con ese tipo de historias. Lo había dicho como si,
con todo su ser, estuviera segura de que era exacto.