viernes, 2 de agosto de 2013

Fijaciones canarias (dos)

  · En la Playa del Duque, al principio del paseo, hay un hombrecillo con sombrero y chaqueta, arrugado, parece hebreo. Toca el violín que es un desastre. No se sabe si es vocación tardía o necesidad. En la cajita que tiene a sus pies apenas veo dos euros. Le hago entender lo mal que ejecuta. Él sube los hombros en señal de conformidad. Se ríe y dice algo a Lucía. Lucía busca la respuesta en mi mirada. Cuando comprueba que no hay problema, le sonríe al viejito.



   · Los jueves y los domingos hay mercado aquí al lado. Además de los problemas de aparcamiento que, por sernos indiferentes, dejaremos aparcados, se nota en que se va llenando desde primera hora todo de colorido. Lo que más destaca es la vistosidad de los vestidos con que se tapan unas negras muy negras. Además, como siempre van en grupos, se las nota más. Son las que hacen coletines a las niñas. De mí, pasan. Coincidimos en la terraza de mis lecturas de periódico pero a estas no me atrevo a invitarles a sentar. Aunque sería interesante. La terraza se peta estos días. Así que vienen más camareras al auxilio. Hoy ha venido una bastante inexperta pero muy bien dispuesta. Al momento he adivinado que era italiana. No me preguntes cómo. Son cosas que se me aferran a la piel nada más pisar suelo islo. Como el acento o la galbana. Tenía el pelo rubio y rizado en una enorme escarola. Parecía buena gente. Le he dicho que era la primera vez que me ponía una cerveza Simoncelli y se ve que ya está habituada porque lo ha cogido a la primera. Me hubiera gustado tomar una jarra con ella en otro bar, cuando acabase de currar, como en las pelis. Pero, fíjate, me he pensado que se iba a creer que lo que yo quería era follar. O algo así. Cuántas ocasiones perdidas por los prejuicios. En fin.

   Hoy toca jazz, que es lo que llevo escuchando media tarde, gracias de nuevo a mi amigo Quique, desde una radio que nos hemos inventado y que atiende al nombre de rCrM. Ya le he dicho que a mí, el jazz... pero mira. 



   Y esto que yo pensaba  que era pop decó no se trata de otra cosa que las señalizaciones que tienen para poner los puestos en el mercado. Ya ves, fijaciones canarias.








jueves, 1 de agosto de 2013

Un ecosistema frágil (fábula)

   Creo que ya sabes cómo es el mundo aquí. Está en una especie de límite, de frontera a partir de la cual...

   Quizá por eso sea todo tan lento, casi quieto. Hay que medir muy bien las fuerzas, usar las justas en espera de tiempos en que sean necesarias todas las posibles. 

   Se nota en cualquier cosa. En los taxistas amodorrados que de repente se ponen gruñones, en las palmeras. El agua es un bien tan preciado y nadie se da cuenta. A la del grifo no le quitan toda la sal, por combatir aunque sea una pequeña parte de los perjucios que ocasiona la cal. 

   Allí donde haya un pelín de agua que nace una planta. Lo hace rápido, casi lo puedes ver a ojo vuela, como los atardeceres en los que el astro rey cae por su propio peso. A ojo vuela también. 

   Hemos dejado a la planta creciendo rápido, que es dura la competencia. Mas no tardan en acudir a su reclamo todas las faunas que, increíblemente, han estado allí quietas, económicas, en ese ambiente desértico, imposible. Las hay de lo más variado, te imaginarás, y de las más curiosas formas y costumbres. Desde la araña blanca y la mosca blanca hasta unos bichitos que no he identificado y que lo van dejando todo perdido con lo que imagino son sus heces negras, que le dan a la planta un aspecto horrible de haber malsobrevivido a un incendio. La planta se esmera pero allí que se posa raudo otro insecto cabrón. De aspecto peludo y lechoso. También blanquecino. Y este bicho cabrón, además de zamparse los brotes nuevos, se abraza a los nudos, agujerea el tallo de la planta y a partir de ahí, el desenlace es rápido. Con lo que, todo quisqui otra vez a la intemperie abrasadora. A sobrevivir.



   Hoy toca versión bajoatlantizada, si se sirve la palabra.







miércoles, 31 de julio de 2013

Fijaciones canarias


   Son ya muchos los años consecutivos que fondea el marino en la época estival en estas playas. Es como quien cae siempre en el mismo derrotero. Recuerdo sus años fotógrafos. Se ponía los ojos de ver y craecs, craecs, todo eran imágenes a su alrededor. Imágenes quietas y persistentes. Paradas en este tiempo canario tan sin prisas. Fíjate que muchos años después, en el más puro presente, aún reconozco muchas de aquellas fotos. El tiempo parado, el tiempo quieto. 

   Pero hay una imagen que nunca pude hacer. Y eso que pretendía ser el compendio o al menos la que me iba a servir de título para estos derroteros veraniegos. 

    Subiendo hacia Granadilla, al poco de dejar la autovía que dibuja todo el oriente de la isla, en una zona bastante degradada, destaca entre otras una nave sin ventanas. Tiene el techo rojo y un curioso cartel. Pone "Fijaciones canarias". 

   ¿Qué mejor encabezamiento para la colección de postales, de cientos, de miles, que, por lo que veo, todavía andan por los entresijos de este ordenador, desde el que ahora escribo? 



   Mis fijaciones canarias, que nunca te contaré si no es a través de estas imágenes que me he pensado pueden ser apropiadas para estos días de trago largo y escritura floja. 

   Hay gatos, ventanas, soles... Cientos de soles encendidos. Y buganvillas de todos los colores del universo. Hay muchas maniquís de tiendas de superlujazo. Y el agua. Hay contagios de la tontura que tienen la mayoría de los turistas aquí. Yo creo que ya vienen de casa con toda la caraja del mundo y no se despabilan ni una miaja. Incluso todo va a peor por querer hacerlo todo tan bien, que les entran las prisas y los miedos a, por ejemplo, equivocarse de la guagua y terminar en el Médano en vez de en el Loro Park. Cuán más bonito es el Médano pero ellos siguen con sus trece y su aceleración.

   Hay caballos de parques infantiles, unos cuantos, y hay toallas puestas a secar. Hay cantos amontonados, piedras que enromaron las olas. Y baldosas felices y más gatos. 





martes, 30 de julio de 2013

¿Qué hace uno con dos diosas rusas, dos?

   Por prescripción facultativa y por ser el más madrugador, soy también el encargado de organizar comida, aquí en la isla. 

   Hoy toca fideuá y ya tengo todas las cosas. Su mejillón limpito, sus cachos de cherne, gamba y langostino, calamar calamar, las chirlillas bien prietas, su caldo y su cosa güena

   A la vuelta de la compra siempre me tomo unas cervezas y me leo el periódico. 

   Soy dicharachero así que cuando se sientan en la mesa de enfrente dos niñas mujeres, destierro mis vergüenzas y las invito a sentarse en la mía. Mi inglés no es fluido. Casi ni chapurreado. Lo cual complica mucho la existencia pero me pongo Gulliver. Total qué más da. La primera frase me sale de corrido, sin traducir. 

   -But what two prettypretty lovely girls!

   Vienen absolutamente equipadas. Vestidos vaporosos, entre el translúcido y el transparente. Son dos. Dios mío. Veinticinco, veintiseis años. Eso se lo sé preguntar pero no arriesgo. Les repito lo de what two beautiful girls. Hago que me mareo. Se piden dos cafés con copete de helado, para dar más morbo cuando cogen con la cuchara la puntita de arriba, todo espuma y alboroto. Son rusas, me dicen pero yo me lo creo a medias. Una, en la que me fijo menos al principio, es rubia y calza una sandalias con taconazo, por acercarse a la estatura de su amiga. Lleva una camisola abierta y la parte de arriba del biquini como tarjeta de visita. Dos buenas tetas, sí señor, normal, a esa edad. Se lo indico con una mirada dirigida. Y ella se ríe. La otra es una niña diosa. No sabe qué hacer con su cuerpo. Se estira como una pantera. Se estira como una garza. Se sacude el pelo, esto ya como una leona. Yo nada más se decir: My God! Vienen bien equipadas. Un mac y teléfonos de última generación. Les advierto de esos peligros. But this thing you could do in your country. Now, here, you must dance, eat the sun, be happy. Qué tosco es mi idioma. Se ríen como que entendieran algo. Fuman como si fuese la primera vez, con pitadas cortas y tragándose el humo como se traga la vida. Les tenía que haber preguntado sus nombres. 









lunes, 29 de julio de 2013

El pez en el agua

   En esta casa tan repleta de terrazas con buganvillas y plantas de ese pelo, y en la que mora una niña, aunque ya jovencita, no podía faltar una pecera. He realizado un estudio no excesivamente científico pero con un muestreo a mi modo de ver suficiente, y puedes apostar, Luis, que si se dan los dos factores (casa más niña casi mujer), es impepinable que exista una pecera. He llegado, con mis observaciones, un poco más allá. Es bastante probable que  el fondo  esté cubierto de piedras de colores. En esta, mi dacha veraniega, las piedras son como confites pringados de neón. Son mayoría las de color naranja y amarillo. Espero, por el bien del pececillo, que no resplandezcan con la noche, cuando no estemos. 

   Otro de los resultados de mi estudio es que en las casas con niña patatín, las peceras son habitadas por un único ejemplar, que lo que pierde en oportunidades de entretenimiento lo va ganando en tamaño e independencia. Se suelen adquirir dos o tres ejemplares. Más es malcriar. Y al poco de llevárselos uno a casa ve que los animales, día a día, van perdiendo movilidad y pigmento y a mucho no tardar, hay que darles sepultura. Cuando queda el último te dices, a este le va a pasar similar, con lo que, o son los bichos repuestos o la pecera se traslada al trastero en espera de mejores ocasiones. Pero el  pez que queda, el último pez, se va aferrando a la vida y, al poco, ves cómo se aclimata y engorda y se hace el dueñito del lugar.




   En la pecera de mi sobrina Lara solo mora un pez. Ayer mi cuñado le cambió de agua. En el más literal de los sentidos. Y a los diez minutos observé con gran preocupación que el pez flotaba boca arriba en la más absoluta rigidez.  

   -Manolo. El pececito ha palmao

   Y mi cuñado me sonrió con ese aire tan canario que con los años se le ha quedado y enseguida  se puso a pensar en otra cosa. Me lo hace a menudo. Lo de mirarte como que no sepa quién eres y de qué le estás hablando. Y sigue a sus asuntos, que le embeben y obnubilan. No es mala educación. Es que no sabe hacerlo de otra manera. A veces juego a adivinar  la esencia de sus pensamientos. Y suelo acertar. No por poseer yo dotes proféticas y de otros  tipos, sino porque se adueñan de su mente ideas sólidas, concretas, muy del día a día. No tienes más que hacer la pregunta adecuada, que tiene que ser simple y fácil de resolver, que Manolo engarza la pregunta con su conversación interna y sigue hablando consigo mismo, pero esta vez en alto, y eso significa que sí, has adivinado sus pensamientos. 

   Una vez arrastrado de ese modo al terrenal suelo, le insistes en que el pez tiene todas las trazas de estar muerto. No te lo puedes creer porque, una vez te ha aclarado que en la última ocasión  le pasó parecido, vuelve a zambullirse sin remedio en su nube particular. 

   Mas también es cierto que ahora mismo, en la pecera, que tengo aquí al lado del cuadro de mandos, casi revolotea el jodido pececillo.


Pececillo de tiras de cartulina.







  

viernes, 26 de julio de 2013

Lucía, compañera de viaje

   Pero qué estupenda compañera de viaje que es Lucía. Se desvive por cuidarte y que vayas disfrutando, se inventa juegos y vidas. Es una desastre terremoto, eso sí. En el avión tiró la botella de agua dos veces, ambas abierta, tuve que ir a rescatarla de los baños, cuando comprobé que tardaba, y se le explotó un rotulador en su mochililla. El más perjudicado por este fatal desenlace del rotu que me he cansado yo de decirle que le pusiera la capucha, ha sido un pequeño peluche, del tamaño de una mano, pero al que no se puede meter en la lavadora ni tan siquiera pasar por el grifo, por ir impregnado de los olores de su mamá Charo. Menudo disgusto. Con todos los dedos negros de tinta y sin un triste pañuelo de papel, juraba y perjuraba que iba a dormir con el oso teñido, sí o sí.

   A veces me imagino que este invento gulliveriano no es otra cosa que la manera que tengo de que sepa cómo soy, cómo he sido, cuando, dentro de unos años y con tu permiso, le dé la llave de la puerta de esta casa nuestra. 

   ¿Qué pensará de su padre? 

   Siendo yo como todos coqueto y necesitado de autoestima, la imagen que intento dar del marino es por fuerza idealizada, bonitizada. Digo lo que me gusta decir y no me atrevo. Hago lo que me hubiera gustado hacer. Pero seguro que Lucía sabrá leer entre líneas, rellenar los huecos que oculto, traduccirlos al lenguaje madre y hacerse una idea bastante veraz de lo que su padre quiso ser, y, a través de ello, de lo que su padre fue, terminó siendo. Menos más que todo ello lo verá con los ojos magnánimos del cariño que me tiene. 

   Y aún así da vértigo.









jueves, 25 de julio de 2013

Amanece en la Eterna Primavera

   No te avisé anteayer de que, cuando abrieses el Gulliver, ya estaríamos la Pollo y yo en las islas. Son las cosas que tienen estos cuadernos escritos al trasvoleo, que nunca sabe uno si está en la vida real o enfrascado en aventuras y navegaciones, en la parte delirante del asunto. Siendo esta una característica muy principal de lo que aquí nos ocupa, quizá no la aproveche este escribano tanto como debiera. Y tendría que contarte más a menudo, para que te hicieses una idea, de cuando le sorprenden a uno sonriéndole a la nada, bailando en el silencio o peleándose con los molinos manchegos. 



   Está el marino aguardando al amanecer, aquí más tardío, más perezoso. Es raro que no se vea acompañado por un par de nubecillas, posadas con cuidado en los roques. Son nubes menudas y disipadas. Sin peso, sueltas. Casi las podrías sujetar entre las manos y llevártelas de paseo. 

   Siempre tiene esto del amanecer su punto primigenio, por más que renovado día a día, de nacimento del Mundo. Y con el Mundo, nosotros también. Antes de que el sol aparezca tras las montañas, el cielo va adquiriendo toda una escala de grises. Aquí no se dan los rojos y naranjas, los violetas que vemos a menudo allí. Aquí el cielo es plano desde las montañas hasta juntarse, allí atrás, al mar teñido. 

   Todo ello más la primavera eterna, más el océano mar que nos rodea, deconstruyen el tiempo cronológico para luego apretujarlo de cualquier modo. Y así les queda un tiempo elástico y cansado, dado de sí, que nos impregna los músculos y los pensamientos. Y los pulmones. ¡Pero qué despacio se piensa aquí!