lunes, 11 de agosto de 2014

   
   Sentado en la terraza de la heladería, lamiendo con descuido el helado de cuyo sabor ya no recuerda el nombre, el enviado sigue pensando. Piensa en el trascurso del tiempo. Piensa tantas veces en ello que ya no sabe si piensa las mismas cosas cada vez, siendo éste material tan maleable y sustancioso. 

   Observa con pasión de voyeur a la chica de la barra servirles a una pareja de mocosos maleducados unos cucuruchos enormes, con una docena de bolas heladas cada uno, mientras la que parece su madre, embebida en la pantalla del móvil, ni dirige la mirada a la chavala, cuando le alarga displicente un billete recién salido de la fábrica. 

   Ciertas veces, al muchacho le parece ser capaz de parar el tiempo, de evitar que transcurra. Algo así como Regreso al futuro pero al revés, no sé si me entiendes.




   No, esta vez las cosas siguen su divagar. Las nubes, pese al escaso viento, se mueven por el cielo con dirección al Sur. Las pelotas del frío helado siguen posándose con celo de constructora de pirámides en el cono de  barquillo y no se quedan suspendidas y suspensas en la nada aérea. El mundo es mundo.    


(Continuará)





viernes, 8 de agosto de 2014

Mercedes inmarcesible

   En la vida de todo chaval que haya vivido (lo confiese o no) existe un criatura casi fantasmal, por lo inaccesible. Se cruza el chaval con dicho ser por cualquier esquina del barrio y sus doce años se ruborizan por completo aunque posea la absoluta seguridad de resultar del todo trasparente para ese ser. Y es que aún así...

   Pelo moreno (casi negro), ojos también oscuros, grandes pero almendrados, lo que aporta al conjunto un aire oriental, exótico. Cuerpo denso, duro, poderoso, sobre todo en las piernas, que mueve con lo que parece ingenuidad y vete tú a saber. Viste como vestían las muchachas entonces. Vaqueros Wrangler o Jesus o Lee. Jersey de cuello alto. Quizá camperas tratadas con sebo de caballo. Las tetas son igual de rotundas que el resto del animal. Con los picos apuntando al frente. Esas ojeras también las tenía entonces. Venían de fábrica. Tiene con ellas una expresión apenas un poco triste. O es solo melancolía. Mas cuando te has parado a observarla en compañía, gasta conversación igual de fácil que sonrisa, que donde más se le nota es en un titilar del brillo de los ojos. 

   Una auténtica pena que, tanto ayer como ahora, fuese un par de años mayor que yo. 









jueves, 7 de agosto de 2014

Enseñar, esconder


   Como eres de natural curioso y siempre tienes ganas de aprender estoy seguro que el final de la entrada de ayer te dejó quizá un pelo decepcionado. Pero hablé y lo mantengo de saber guardarme mis cositas íntimas, esas que me cuento a mí mismo. Y solo en voz alta.

   Lejos está de mi intención provocarte sensaciones negativas, aunque sea por omisión, que era una de las cuatro maneras o formas de pecar. No se me ha ocurrido mejor modo de sortear ese riesgo que esta que aquí ves:













   Enseñar, esconder. Es solo otra forma de contar.


miércoles, 6 de agosto de 2014

Hablando en alto



  Ya son tres las veces en las que me he sorprendido hablando solo. En lo que llevamos de semana. Por una parte, y dado que (en esta etapa) tiendo al optimismo más irracional, me he sentido feliz del descubrimiento, ya que de ello prontamente se deduce que tengo cosas que contarme. 

   Como sabrás, uno se da cuenta de que habla solo únicamente cuando nota que le han pillado, que  sospecha que está siendo observado por alguien que se sonroja de su proceder. Ya sabes, lo de la vergüenza ajena. 

   ¿Qué me voy contando estas veces?, sin duda te preguntarás, mas pertenecen esas cuitas al más estricto ámbito de lo privado. Te extrañará semejante escapatoria, dado que no soy parco en la concesión de intimidades, así que solo imagina el cariz de mis pensamientos cuando me vienen en voz alta. 






martes, 5 de agosto de 2014

   Me senté en una mesa de la terraza de la heladería. 

   Como solemos hacer la gente de mar, elegí con puntilloso esmero el lugar donde repanchingarme. Las espaldas cubiertas de potenciales peligros y el mayor campo visual que el escenario permitiera. Así opté por un asiento con vistas tanto a la gente que por allí circulaba como a los que hacían descanso en el mostrador, donde reinaba (también al alcance de mi escrutinio) la niña de los helados.  

   En la mesa, un cenicero de vidrio y escasa capacidad, un florero de tarrina reciclada donde convivían con bastante armonía unas cuantas olorosas y una carta con todas las variedades de sorbetes, granizados y demás productos con que el franquiciero abastecía a la muchacha.

   Tan a gusto me encontraba que me dio por volver a pensar.   










lunes, 4 de agosto de 2014

El kiosco de helados

   Desperezado por segunda vez en lo que llevamos de escasa mañana trascurrida,  dejé vagar mis pasos al mero azar, en la creencia de no tardar en encontrar una de las varias salidas que el jardín, sin duda, debía de tener. Noté una mayor afluencia de visitantes, quizá por la hora, mamás, mayormente, que empujaban sin esfuerzo carritos último modelo (o generación, yo ya no sé), donde cobijaban a sus recién engendrados del ambiente exterior.  La mayor parte iba en parejas. 




   A las afueras del parque, que ya se adivinaban por el ruido de los motores, la existencia de calles, edificios, en fin, del resto de la ciudad, me topé con un quiosco de helados y se me antojó tomarme uno.  Lo regentaba una muchacha que apenas habría traspasado la mayoría de edad. Era tan grande y extraña su belleza que costome decidirme en la elección de los sabores. A falta de otros clientes que atender, ella posó su sonrisa en mis dudas y esperó sin prisa. Era amplia la gama de gustos, vive dios, y abarcaba todas las especies de frutos tropicales y alguna más por mí desconocida. Me pareció complicado que la muchacha tuviese allí metidos aunque no más fuese uno de cada clase. Me acordé de mi madre y sus elogios a los beneficios del orden. 

   Le pedí uno de vainilla y chocolate, un pelo enfadado conmigo mismo ante la vulgaridad de mis gustos. No observé decepción en la chica, lo cual tenía su parte buena y su parte mala. O al menos podría tenerlas. Por lo que decidí sentarme en una de las mesas que rodeaban el kiosco, cubiertas por sombrillas, por ver si averiguaba qué parte de las dos pesaba más. 

La heladera, quizá un poco resfriada.








viernes, 1 de agosto de 2014

Receso indebido

   En aquel rincón (otra esquina del mundo, hay muchas, otro escondite, otro resguardo donde lamerse las inexistentes heridas), con las espaldas a salvo de ataques insospechados por un seto de boj de diez palmos de talla y de espeso e intrincado ramaje,  y cubierta, además, mi mollera por el techo de las hojas de un árbol vulgar, diome por ponerme a pensar.

   Vagan, cuando eso, mis escuálidos razonamientos, llamémosles ocurrencias, de lo preciso a lo genérico, de lo presente a la parte atemporal del mundo universo, quizá más trascendente. Si estas (famélicas) reflexiones se retuercen y de tanto ir y venir no fijan en un punto concreto sus propósitos, me suele entrar la modorra.

   Así ocurrió aquella vez  por lo que desperteme de mal genio pasado un tiempo impreciso. La boca pastosa, el cuello adolorido, otro distinto yo.