lunes, 15 de septiembre de 2014

   Tocaría ahora, ya mismo, hoy, rematar la historia del campamento y volver a la corriente madre, desandando este afluente, uno más de los muchos con los que nos vamos encontrando, río arriba, y que navegamos cansinos para demorar más allá de lo posible nuestro destino final. 

   Tocaría contar qué hicieron los manditos del acuartelamiento de muchachos para darles una lección que no olvidarían en sus vidas. Yo, al menos, no la he olvidado.

   Pero en estas se acerca la vida, esa compañera. Nos reclama la vida y, claro, hay que atenderla.

   Estábamos en Ribadesella, en la austera terraza de nuestro alejamiento (me diga, alojamiento), cuando (vía whatsapp, qué maneras) nos llegó la noticia del fallecimiento del padre de un amigo muy amigo. Un amigo de siempre. Por sernos difícil, por la distancia, asistir a su enterramiento, le llamé y estuvimos un rato hablando. 








jueves, 11 de septiembre de 2014

   Sí, Luis. Ya hace mucho que lo has adivinado, que el librito de las instrucciones (que lo mismo había ideado hasta Baden Powell en sus postrimerías) llevaba (en sus recetas finales) protocolo de actuación en caso de cadena de hurtos, ya que la verdad, aquello a robos no llegaba. 

   Se notaba tensión, mascándose, incluso, entre la oficialidad del campamento. Se notaba en que los mandos más abstrusos y viles se encontraban como ausentes, ensoñados. Y los pocos que se habían mostrado más cercanos a la tropa, ya fuese por edad o por su natural manera de ser, nos huían temiendo contagiarse o soltar una prenda que les estaba prohibido soltar. 

   Los muchachos, claro, acostumbrados que estábamos, nos temíamos lo peor y más probable. 

   Pero la verdad es que fuimos sorprendidos por el remedio que desplegaron. Es lo que tienen los libros de instrucciones. 








miércoles, 10 de septiembre de 2014

De aquí para allá.

   Se despertó el muchacho de su ensoñación. El helado se había derretido y sobrepasaba con holgura los límites del platillo que la heladera, previsora, le había proporcionado. Dudó si arreglar el desaguisado sirviéndose del servilletero que al efecto había (uno en cada mesa). 

   Quiso calcular el chaval el tiempo transcurrido y hasta hizo un intento práctico, tomando como medidas la cantidad de helado derramado, la temperatura ambiente (alta-medio alta) y un par de coeficientes al caso. Ya que, lo que se dice a simple vista, tan solo un par de muescas se habían deslizado en el minutero.  

  ¿Sería capaz, pues, el chico, de detener el tiempo? 












martes, 9 de septiembre de 2014



   Al final del libro de instrucciones de cómo manejarse en un campamento de verano venía una especie de recetario, unas pocas hojas con supuestos prácticos quizá no muy probables pero de algún modo posibles, y que servirían, dado el caso, de guía o al menos de modelo inspirador de soluciones rápidas contra los contratiempos. Muchas tenían que ver con accidentes o enfermedades, manualito de primeros auxilios, pero las había francamente curiosas, dados los tiempos que corrían. Se hablaba hasta de una insurrección general de los muchachos, algo impensable ni en el más estrambótico de los sueños, tal era nuestra mansedumbre. 

   O de hasta dónde permitir el acercamiento en la fiesta de hermanamiento con las chicas del campamento de al lado. Ya te digo, impensable. 

lunes, 8 de septiembre de 2014

Dos lecciones

   Cuando se me farfulló la sintaxis (¿o fueron los extraterrestres?) estaba tratándote de explicar dos lecciones que saqué de aquellos años mozos. Una, la de cazador, ya te la he contado y no la he vuelto a practicar. Aunque me sirvió para conocer al primer vistazo a según qué gente y sus calañas.

   La otra no fue menos didáctica.

   Ocurrían robos, en aquel campamento que ahora me acuerdo que se llamada de Santa María la Mayor. Por más que he buscado, nunca encontré atisbo de campamento dedicado a su hermana pequeña o menor, aunque quizá exista. 

   Lo de ocurrir robos tenía una importancia capital en nuestras incipientes conciencias. Y si así no fuese, ya estaban allí los mandos para recordárnoslo a cada rato. Tenía el asunto su mandamiento y todo, el séptimo si la memoria no me falla, solo alejado dos puestos del quinto, súmmum este de la maldad, lo peor de lo peor.

   La verdad es que eran hurtos de poca monta pero su progresiva acumulación fue dándoles un cariz casi de presencia demoníaca. Y es que ocurrían a cada rato. Aquello se les podía ir de las manos. 

   Yo, por experiencia, tenía fundadas sospechas de quién podía ser el autor de al menos parte de las sustracciones pero ya entonces no era amigo de las delaciones. 



   Hay libro de instrucciones, Luis. Yo lo he visto. Hay decálogo o norma de procedimiento, manual, qué sé yo cómo lo llaman, para el manejo de grupos (de tamaño medio) de púberes y adolescentes alejados de sus ambientes. El libro, a base de experiencia, va demarcando las consecutivas etapas por las que, a buen seguro, va transitando la manada. Primer día: acarajote y toma de posiciones. Pocos problemas para los monitores. Método pastoreo y dos o tres alardes de fuerza, no muy estridentes. Los individuos son poco receptivos al tratamiento pero, se sospecha, este deja una huella apenas insinuada pero suficiente para ir amojonando el camino que la manada ha de seguir hasta llegar a la meta. 

   Quinto día. Ya tienen explorado el territorio, y los más fuertes del grupo harán un primer intento de tomar el control. Suelen ser acciones individuales y con poca convicción. Fáciles de reducir al absurdo. No pisotear en exceso a la víctima para no ganarse enemigos gratuitamente. Vigilar que estos intentos no ocurran en serie, por el posible contagio y la creación de sinergias no deseadas. 

   Noveno día. Los sentimientos afloran. Interactuar solo en los casos aparentemente más severos. No dejarse enternecer por las lágrimas. 







viernes, 5 de septiembre de 2014

ONU ONU (con música de Neneh Cherry)



   Sí, Luis, las cosas que tiene la vida. Fui a casa de Jimmy y se me arremolinó el Gulliver y cogió vida propia y sospecho que un poco extraterrestre. Se armó, sin aviso alguno, con palabras de otro Jaime, este James, así que a lo grande. Qué fuerte no. Como un escribiente poseído por la locura pero sin efectos secundarios. 

   Lento de reflejos, me horroricé al principio. Pero, que conste, tardé tres días en atreverme a borrar de aquí esos dislates. Luego, me rogaste, educadamente, que no te los arrebatara y los he vuelto a ir poniendo, de a pocos, sin la quizá debida traducción o al menos escueta nota al pie. ¿O esto que ahora escribo lo es?


·o·

   ONU ONU cacé al murciélago. Los demás quedaron asombrados. Yo me asombré mucho más. Me asombré a mí mismo y con las cosas que a veces tiene la vida. 

   Y aún así, el epílogo es triste, quizá deba serlo por definición.

   Los mandos (enseñoreados) me arrancaron la gorra de las manos. Y dentro de la gorra estaba escondido el animal (caliente, palpitante, asustado). Lo hizo el peor de todos ellos, lo de ponerle un cigarro encendido en la boca, al bicho, y ver y a la vista de todos cómo el pobre animal lo iba consumiendo, con lo ojos desorbitados y un gesto de terrible angustia. El hijo de puta.








jueves, 4 de septiembre de 2014

Cómo se caza un murciélago (lección práctica)

   Practicamente Arranque mi boina de la cabeza y ONU de la estafa Movimiento de vaivén de mi mano, la lancé un los aires. FUE Subiendo perpendicular al Terreno un Una VELOCIDAD no uniforme desacelerada progresivamente Sino, Todo Ello debido a la forma de Haber Sido Lanzada. Giraba Sobre Sí Misma Con el rabillo Por centro de TODO el Asunto. ASI Y, MIENTRAS SUS compañeras Subian Transición sen y, empezaban a caer un La Misma VELOCIDAD, la mía, Una Vez Alcanzado do cénit, do contuvo Alli ONU breve Espacio de Tiempo, desgastando do giro. Como Fue un Ser Que Termino estacionada una Pocos Centímetros de la hocicuda Nariz del murciélago, del Que, alturas ESTAS, ya practicamente nos habiamos Olvidado, Y Que negro era el color do, el animal, Por mero instinto, procedió a Huir Hacia la oscuridad . Chocó justo en La Mitad de Lo Que párr era EL ONU Agujero peso y estafa do diminuto, agotó la POCA inercia Que la prenda AÚN poseía y Ambos, en amasijo, cayeron al Consuelo.