martes, 10 de marzo de 2015

Disimulando

   [Continúa del anterior]




   Luego he pensado, sin querer, que imagínate que no te gustase pero que nada esto que escribo, o cómo lo escribo, la temática, el estilo, el tono, el vocabulario, qué sé yo. O la falta de todos ellos. Y que como un cierto cariño sí que me debes de tener, por el hecho de no herir mis sentimientos, siempre tan a flor de piel, optases la primera vez por un silencio respetuoso, una sonrisa cómplice que yo, como siempre, no llegase a captar. Y luego te pensases: "Bueno, ya se cansará. Seguro que en unos días lo deja". Como hubiera sido lo normal, que soy la inconstancia en esencia.  

   Y luego, ya, según la cosa fue alargándose en forma de lío ya no viste ocasión, ya no fuiste capaz ,ya que pensaste que el daño iba a ser mayor. Si total...











lunes, 9 de marzo de 2015

Sincera declaración

   No. Si a mí me gustaría continuar con la historia de Gulliver. Meterme ya en el charco. Solventar el escollo con un par de docenas de páginas plagadas de subordinadas y sobrentendidos y ponerle ya el punto final a esta, nuestra obra.

   Así que no se entiende esa resistencia invisible que se me planta enfrente y por más que pugne yo, hecho un carnero, contra ese muro, lo único que consigo es agotarme con el esfuerzo. 

   Si creo haberte dicho alguna vez que hay que dejar a la vida transcurrir. Que no hay necesidad de estar todo el día con el ojo pegado. 












viernes, 6 de marzo de 2015

El milagro cotidiano

   Mas hízose el milagro, improbable a todas luces, como por fuerza había de ser, de que la promesa iba siendo cumplida, con mayor o menor tino, a veces por los puritos pelos, pero siempre con puntillosa puntualidad. Milagroso, claro.




   Hubo días en que ni el profeta confiaba en sí mismo. No sabe ni cómo solventó los escollos. Una visita a media tarde (inesperada), un cólico repentino de Tron (o que le picó una avispa, que es, el pobre, alérgico), los exámenes de la Pollo que, como ella no tardaba en recordar, eran más importantes en aquel momento que la vida entera del Marino. La simple pereza, que te abotaga y a la que no hay que evitar.

  Y el Marino dice a todo que sí. 


-·-







jueves, 5 de marzo de 2015

Esfuerzo

   Dije en la anterior entrada que el esfuerzo había sido grande. Y me quedé, claro, muy corto. Ha sido atroz, terrible, sobrehumano.



   Tú imagínate al Marino, pendolista, que tiene una letra preciosa, pura tipografía suiza, limpia, asequible, de fácil delineo, de corrido aliento. Pero le dicen, a él, nada más que amanuense, que, encima, los trazos han de poseer la virtud de la razón o al menos del sentido.

  Podría, con esas premisas, aplicarse y lograr un cierto resultado, quizá engañoso o vacuo pero suficiente para dar el pego al más pintado. 

   La maldición homérica (pobre Penélope navegante, miserable ser despelujado) vendría cuando él mismo, tonto y ufano muchacho de tierra adentro, se puso por tarea dejar muchos días un cachito de piel agarrado a cada letra arial, a cada frase sublime, a cada página atroz. Cada día un viaje.

   Y es que se daban días en la vida del muchachito locatis en los que no quedaba un hueco para juntas letras, líneas, párrafos, con calografía correcta, quizá hasta bella, pero a la que había que buscar su argumento.

   Duro. Ha sido muy duro. 















miércoles, 4 de marzo de 2015

Lo que pasa

   Ya de hoy no puede pasar. Las chicas están en la puerta del bar. Arturo, catatónico. El escribidor de estas palabras, harto de demorar lo indemorable, un día y otro día y otro más. Ya no sabe el juntaletras si lo ha soñado o forman parte de lo real los consejos que le van llegando de diversas fuentes. Que ya vale, que arre o so. Que si no es capaz, más vale que lo deje de una vez por todas.   

   Lo que pasa es que estando ya tan cerca. 

   Lo que pasa es que ha sido tan grande el esfuerzo. 

   Cuando de chavales jugábamos al futbolín, y dado que todos teníamos parecida experiencia y maña, gran parte de éxito era debido a la guerra psicológica. Había que comerle la moral al contrario. Y acuérdate de que valía todo menos meter la mano. Podía mostrarse una fuerza brutal. Valía también agazaparse tras una piel de cordero para, en el momento preciso, en el momento justo, en el momento más insospechado, enlazar dos jugadas magistrales. Un gol desde el extremo izquierdo cuando todo hacía sospechar que la jugada iba a terminar con balón a la olla. Saque y presión con la media. La bola golpeaba el fondo rival y te llegaba a la línea de delanteros sin que el contrario llegase a olerla. Pase al delantero centro. Amago de desplazamiento hacia la derecha. Otro amago de idénticas maneras. Y soltar despacio la pelotita. Por el centro. Los defensores no estaban cubriendo la zona y el portero... ay, el portero, cuando le llegaba, a esas alturas, una pelota lenta, que no tocaba ir lenta, que parecía ir zigzagueando...  Un par de goles así hilvanados y válgame el cielo que la partida y la gloria eran tuyas. 



  Otra táctica, no por sobreusada menos eficaz, era la que había que utilizar cuando, por el mero desarrollo del juego y de la suerte, habías adquirido una ventaja considerable, pongamos que de tres a cero. A los rivales se les ponían las yugulares como cables de aleación. A un gol de pagar la apuesta y dejar el hueco a los siguientes contrincantes. Por relajo de nuestro equipo o por el mero transcurso del juego y el azar, te metían un gol. Te metían otro acto seguido. Ese era precisamente el momento de utilizar la táctica. Fácil. En nada sobrecargada.

   Había que decirles, con tono neutro, ritmo menguado y la sonrisa asomando: "Tanto, tanto navegar, para morir ahogados en la orilla".


  






martes, 3 de marzo de 2015

   La cosa es que, como era previsible, al bar donde yo tranquilamente esperaba llegó primero Arturito, en un estado ya de auténtica catatonia, sólo se le movían los ojos, como hacia arriba, ¿o era como para atrás?, la cara en una rigidez tirante y estupefacta, las comisuras de los labios hincadas en la mandíbula. Deduje (o solo imaginé) que había estado siguiendo a las chicas y que toda aquella parafernalia era para decirme que sí, que ya llegaban, que estaban prácticamente en la puerta.












lunes, 2 de marzo de 2015

   En La Luna ponían a los Waterboys y a Radio Futura, por ponerte dos ejemplos. Los camareros parecían todos recién acabados de salir de las clases de la tarde. Filosofía y Letras, Derecho, alguna filología. En ese plan. No se diferenciaban en nada de los clientes, con los que usaban un trato de complicidad distinto al que utilizaban con Gulliver. Es difícil de explicar, como todo, pero digamos que parecían querer agradarle, como que le prestaban una excesiva atención.