lunes, 18 de noviembre de 2013

la camiseta del bosco

   En las fiestas de guardar, llevaba el Marino, hace no tanto, una camiseta con El Jardín de las Delicias de El Bosco estampado en toda la superficie de torso. Con ella tuvo encendidos duelos y sonadas verbenas. Se acercaba cierta gente a preguntar. Las cuestiones más nefandas. Pero siempre terminan llegando unos ojos que brillan sin preguntas. Y esas cosas. 

   Si quieres más detalles, aquí los tienes.




Ah, que era de El Bosco.
   Los días tristes suelo terminar poniendo estas chorradas.

-o-

    La canción de hoy creo que es de esas que lo mismo le gustan a Arturo que a tu hermana, la de Berlín. Pero tú sabrás. Luke Haines. "Gorgeous George".



 

viernes, 15 de noviembre de 2013

Sanabria, otras veces (en blanco y negro)


    Sí, he vuelto a los lagos en otras ocasiones. Ninguna tuvo el encanto de aquella, por iniciática, supongo. Pero siempre, hasta en las situaciones más adversas, he sentido el encanto y he bebido de esa fuerza. Y hablando de situaciones adversas...

-o-

No, nunca apareció Norma Jean por las aguas sanabresas, nada más había faltado. Solo es que he visto esta foto en El País y me ha gustado mucho la forma que tenía esa mujer.

   -o-

   Sí, el Marino fue un osado una vez más.  Se me ocurren pocas situaciones peores que la que vivió en sus carnes en aquella ocasión. 

   Pese a su gran valentía y arrojo el Muchacho es un pésimo enfermo. Ya lo hemos mentado en estas crónicas otras veces. Dada la genética que le ha conformado, es infrecuente, muy raro, que su temperatura corporal sobrepase apenas los 36 grados centígrados. Así que cuando esta se eleva aunque sea un par de grados, Gulliver nota el peso del Universo sobre su cabeza y está cerca del delirio. No será quizá el mejor momento de salir de excursión pero...

   Ha quedado con su amigo Tetu. Como ya le conocemos, hemos de saber que si se ha quedado con Tetu, se ha quedado con Tetu. Llevo un rato imaginando una catástrofe de la suficiente envergadura para romper una cita con él. Y no se me ha ocurrido ninguna. Así que el Marino se planta su mejor cara, pasa a buscarle y los dos enfilan la carretera rumbo a Sanabria. Y ahí está lo gordo del asunto. Ya que, digámoslo de una vez, Tetu ronca. No osaría este narrador decirlo con tanta rotundidad si ello no fuese cierto en  gran medida. Conozco amigos que se han cambiado de hotel por no dormir en la habitación de al lado. Incluso un par de amistades dejaron de serlo por ese motivo. Y al tonto y febril del Marinero no se le ocurre otra cosa que compartir con semejante león los días, pero sobre todo las noches, de una ya lejana Semana Santa. ¡Y en una tienda de campaña!

   Fue horrible. Pero cuando se es joven y se está repleno de la energía del lago llega a pasar que lo que más le cuesta al chaval es salir por la mañana de la tienda, por si existe confusión en los moradores del resto de las 699 tiendas de quién de los dos era el de los tremebundos ronquidos. 

   Son de esas veces que, al recordarlas, te confortan por quizá hablarte del valor de la amistad.

   Para lo del más inri, el segundo día, de anochecida, diluvió. Y aquí toca poner refrán o pensar en aquello de las recompensas. Ya que, cuando todos los campistas intentaban salvar malamente sus pertenencias de la riada que caía por la montaña, Tetu sacó tranquilamente una azadilla de su mochila y cavó una trincherita mínima en todo el perímetro de nuestra tienda. Un surco que daba la risa nada más verlo pero que, increíblemente, hacía que el agua corriese por los dos lados de la tienda ladera abajo. Nuestra llegada al bar donde se había refugiado todo el mundo fue recibida con aplausos. 

   He vuelto al cajón de los recuerdos y he rescatado de él una foto. No se me veía tan enfermo ni ojeroso.




jueves, 14 de noviembre de 2013

   ¿A qué tanta vaina con Sanabria y su energía?, te preguntarás. Y yo también, que es lo malo. 

   Al final pasamos allí unos días tan cojonudamente. A veinte minutos de la playa, yendo por un camino en la espesura, encontramos una calita arenosa, con sitio suficiente para los cuatro. La hicimos nuestra isla de Robinson. Nos despelotamos, costumbre se ve que arraigada en aquella época, y se nos iba el día en no hacer nada. Comer, leer, chapuzón tras chapuzón. Después de comer siempre jugábamos al "quinito", que es con dos dados. Muy de tanto en tanto pasaba una piragua. Incluso algún pedalete llegamos a ver. Siempre contestaban muy contentos a nuestros saludos. Una vez Carlos Costa (a él le jodía pero ahora acabo de recordar que siempre le llamábamos así) divisó ya bien profundo el lago a un pato o ánade similar, no soy ducho y la distancia era grande. Cogió una piedra y lo que menos se podía esperar él es que amerizase el tiro a veinte centímetros del animal que, al no entender nada de lo sucedido, practico la sumersión y consiguiente emersión sus buenos diez minutos. ¡Para haberle dado!



   A media tarde volvíamos cada vez más morenos y salvajes. Y nos íbamos de excursión. A un pueblo arrasado por una tromba y al que el Caudillo, misericordioso, mando construir al lado. Sobraban los presos en aquellas épocas. Untábamos Cabrales con sidra en pan de hogaza. También tenían buenos embutidos. 

   En el camping, una noche, parece ser, unos tiernos adolescentes llegaron a las tantas y bastante mamados. Digo "parece ser" ya que en aquellos tiempos dormía yo como el lirón careto. Poco pero sumamente intenso. Y no había ruido ni luz que entorpeciesen mi descanso. Al levantarnos a la mañana siguiente Gema y Carlos estaban que trinaban, alborotados a lado de la tienda de los escándalos. Cuchi sí que se había enterado de algo y me lo hizo saber. Yo no sé de dónde sacaría Carlos una pandereta pero doy fe de que le hizo muy buen acompañamiento cuando se sentó a la puerta de la tienda de los chavales y les cantó, una y otra vez, la de "Si toco la trompeta". Hasta que se hartó. Y con muy mala voz, además. 





miércoles, 13 de noviembre de 2013

Agua, mucha.

   Creo que fue a mi vuelta de una baja médica, de al menos un mes, de habérmelas pasado más triste que un viudo, que Junquera, aquella chica que trabajaba por aquí, me recetó agua. Agua, agua a más no poder, agua en cantidad para las penas, por la parte magnética del asunto. O qué se yo.

   Pero eso fue mucho después. Y yo ya lo sabía.

   No es mi deseo ponerme esotérico ni mucho menos. Pero hay cosas de las que no te explicas ni el cómo ni el porqué pero pasan. 

   Como tampoco sus efectos son muy concretos ni definidos, puedes tener la tentación de creer que no han pasado. Eso también puede ocurrir. Mas al haberme puesto yo en idéntica situación en unas cuantas ocasiones y en todas sentir lo mismo (o, en cualquier caso, algo muy parecido), he llegado a la conclusión de que no son imaginaciones mías y me aventuro a contarlo.

    Lo malo es que no sé si voy a saber hacerlo con la suficiente persuasión para que te hagas la más mínima idea. En fin, como siempre.

   Una vez montadas las tiendas pasamos por el bar, que era a la vez comedor, sala de estar y en menor medida ultramarinos. No faltaba el futbolín, al que los cuatro éramos adictos. Nos tomamos un par de cañas para escrudiñar el terreno, en busca de otros posibles divertimentos. Estos dos, como tenían mucha más práctica, se enteraron de los precios de casi todo. Y de su funcionamiento. Ponían cerveza Mahou, algo que para Carlos es imprescindible. Quizá fueron cuatro o cinco las cervezas hasta que nos animamos a bajar al lago. 

   Desde el bar hasta la playa de cantos no hay ni dos minutos de distancia.  El lago es grande. Y oscuro, rodeado de verdor. No hay muchos bañistas. Y es cuando me acerco a la orilla que me pasa lo que me ha vuelto a pasar las sucesivas veces que, claro, he regresado. Sería chapucera la similitud del enchufe y el cargador (no había cargadores sino de balas, en aquel entonces). Pero yo sentía... sentía... como que me entrase una fuerza por los pies. Pura fuerza. Tensión. Que me cargaba no sé qué coño de pilas pero que me duraba la juerga mucho rato. Días, semanas. La cosa volvía a funcionar igual cada vez que me acercaba a alguna de las lagunas de arriba. Pero solo la primera vez. Qué cosas. 


   Podría pensarse, sí, que el factor determinante de todo esto es el agua pero yo lo dudo. Ya que, si bien me ha ocurrido en otros lugares líquidos (la playa de los Locos en Suances, la Mareta, que es la que pilla justo a poniente de la Montaña Roja, en Tenerife, la misma Cuerda del Pozo soriana, aunque aquí con menor intensidad), también lo he percibido en enclaves áridos como mi corazón. Así que a ver cómo me lo explicas todo esto tú.



 




martes, 12 de noviembre de 2013

Sanabria

   Al poco de adquirir mi primer vehículo y con el objeto de festejar dicha compra y de ir yo soltándome al volante, organizamos una excursión a los lagos de Sanabria. Nos acompañaría, en esa ocasión, un pareja bastante peculiar. Baste de muestra el tiempo que tardaron en decidirse a aceptarnos como dignos acompañantes, basándose en vete tú a saber que conjeturas científicas que hacían improbable que se diese algún tipo de problemática entre todos nosotros. Se trataba de Carlos Costa y su pareja de siempre, Gema. Ella era mucho mayor que los demás. Creo que era profesora y como que le pegaba muy bien a Carlos. Conjuntaban. Él era alto y fornido y hablaba siempre en serio. No fuese a pensarse por ello que adoleciese de sentido del humor. Más bien muy al contrario. Era pintor. En aquella época, y según bajo mi estrecho punto de vista, era bastante malo aunque a veces, sin explicarte el porqué, le salía una obra de categoría. Iba viviendo como podía con su arte.

   A Sanabria llegamos sin percances reseñables, a la hora de comer. Íbamos a quedarnos en el camping que hay a pie de lago, un pinar enorme donde cabían 700 tiendas de campaña. Pero antes comimos en Puebla de Sanabria, un pueblote en cuesta, oscuro de humedad, que termina en una iglesia románica y un castillo del siglo XV, con unas vistas acojonantes sobre el valle de Tera. Tanto la comida como las edificaciones eran recias.

   Pero fue más tarde, cuando hubimos plantado las tiendas y nos acercásemos en un paseo al lago, cuando lo sentí.







lunes, 11 de noviembre de 2013

Sensatez

   Este fin de semana hemos celebrado en el pueblo las fiestas de san Martín. Pese a haberme portado bastante decorosamente, una nube de resaca me tiene la cabeza colonizada y así es difícil, Gulliver.




   Lucía lleva una semana dándome la matraca con eso de que me porte con decoro.  La verdad es que ha tenido que ser bastante traumático para ella. Estar con sus amigas de fiesta y ver como, de repente, su padre se sube al templete de los músicos y se canta íntegra aquella de "Arde la calle al sol de poniente". O que te toque el bingo, con la carpa abarrotada en la sobremesa de la gran alubiada popular , y que cuando subes a por el lomo embuchado que te corresponde de premio, tu padre, con ese vozarrón que se le pone, convezca a todos de hacer la ola, "hola fondo norte", "hola fondo sur". Así que, justo después, cuando empieza el karaoke, no me extraña que Lucía esté muy cerca de entrar en pánico.  

   Este año, en cambio, he sido bastante bueno, en lo que a este tipo de acciones respecta. Y me he venido para casa, cansado pero contento, mucho antes que la propia Lucía y que su madre. ¿Te imaginas que esté adquiriendo la debida sensatez?


  




viernes, 8 de noviembre de 2013

Inexplicaciones

   Me imagino como que estuviésemos haciendo chi kung todo el rato, pero sentados o mejor tumbados. Me imagino paseando por el sencillo motivo de querer ir a algún sitio. Me imagino no haciendo nada del verbo nada y que aquello no fuese fuente de recelos. Con Cuchi era así, y me sigo sin explicar. Ya el mero hecho de tener ese nombre de pila hubiese propiciado en mentes más movedizas y vulgares,  comportamientos nerviosos, arranques de sospechas . Y me sigo explicando sin explicarme lo que se dice nada.  
  

   Así que pasaré a lo práctico, que tengo por ahí apuntado para no olvidarme. No olvidarse de contar de un viaje magnético a Sanabria. No olvidarse contar lo del bueno de Ricardo. No olvidarse de hablar de algún miembro más del clan familiar. 

    Pero todo eso será en otro momento, por ver ahora si termino de explicarme, aunque sea con unas fotillos de las que suelo poner aquí, a veces con intención.