miércoles, 30 de abril de 2014

El nombre



   Llevamos unos días en esta redacción haciendo quinielas sobre el nombre del príncipe que habit el Gulliver últimamente. Las apuestas empiezan a ser cuantiosas y cada vez más alocadas. Los más experimentados tienden a elegir nombres rotundos, sonoros, dada la donosura del sujeto y sus aires elevados. Raimundo, Facundo, Hermenegildo. Otros se decantan por la línea visigótica de la vaina o eligen para el personaje nombres de santos antiguos, cotundantes y categóricos, notorios y reputados. Los de Internacional, es lógico, apuestan por onomásticas en idiomas extranjeros, pero sin gastar demasiada imaginación. Henry, Philipe, Paolo. El hadita de las fotocopias se apunta a nombres de mariposas o arbustos exóticos. Son improbables pero bonitos los que propone. Y Gaspar, el redactor jefe, como era de prever, nos ha dicho que él nunca apuesta. 







martes, 29 de abril de 2014

      Marcha el Príncipe disgustado, hacia palacio. Los cortesanos siguen tus pasos a prudente distancia. Atrás, solo, el hermano escruta en el suelo su humillación. 

   No. Obnubilan tanto las pasiones que ciegan los sentidos y engañan a la realidad. Caín mira sin ver la piedra en la que, empecinado, ha clavado los ojos y que, en breve, debería lucir en el anular de su cuñada y princesa. La mira pero no la ve. Se sacude la deshonra de un capotazo y desaparece de la escena. 


   Es socorrida la realeza para esto de los cuentos. Por su carácter modélico, la belleza que se les supone y el porte en el moverse (esto también es importante, mucho más que lo de la sangre azul). Pero no nos entretengamos en tan banales pensamientos que el cortejo está a punto de llegar, silencioso, a las puertas del alcázar. Es curioso observar cómo tan breve recorrido le ha servido al príncipe para mutar su ánimo, al prever el encuentro deseado. Solo el fugaz recuerdo de Miranda (que así se llama de bautismo la muchacha) ha transformado los cielos en un lienzo increíble, tanto por sus colores y como por su composición. Los aduladores que le acompañan no parecen haberse percatado.

  



lunes, 28 de abril de 2014

El Príncipe y el anillo. Paseo.

   Suponte que quieres hablar del tiempo y su influencia en nuestras maneras. Que te sale ponerte serio y contar de cosas importantes. Supón que te sientes trascendente. 

   Suponte (también) que adviertes, antes siquiera de meterte en faena, que la empresa es ardua y difícil de abarcar. Y que es evidente que no posees ni las artes ni las mañas para lograr superar la prueba.

   Has, entonces, de respirar con fuerza unas cuantas veces. Las primeras metiéndote la mayor cantidad de aire que te pueda caber en los pulmones, sin exceder ese límite ya que corres el riesgo de expeler sin pretenderlo el aire y perder con ello tu turno en la partida. Mantén ese aire ahí dentro sintiendo sino su peso si al menos su grave densidad, su aplomo. No más de unos segundos, claro. 

   Suéltalo, entonces, suavemente, dosificando la salida a un estrecho tubo. Como cuando pronuncias la "u". Sin pausa pero prolongando la acción hasta que no te quede sino vacío en los pulmones.

   Debes repetir el proceso unas cuantas veces para comprobar, como el apóstol Tomás, que nada has avanzado en tu misión. 

   Es entonces que dices: "Pues voy a escribir un cuento". Tenemos al príncipe, tenemos el paseo, tenemos el anillo.



   El Príncipe, claro, es apuesto como un ángel. Y moderno, no como los de ahora. El paseo es principesco. Ancho y alargado y con un apenas de serpenteante.

   ¿Y el anillo? De aquilatado metal aúreo (que diría el otro) y en él, en fina labor, una piedra que nada más reluce al sol de los ojos de su amada, ay, príncipe suertudo. Lo de tan inusual característica en la joya se debía, cómo no, a las buenas mañas de Maese Afonso, artesano de Leiría, ya ves qué cosas.


   Del extravío del anillo podría hablarse largamente, no descartándolo este escribano para un no lejano futuro. Digamos por ahora quje razones tendría el Príncipe para abofetear a su hermano, Caín, a la vista de todos. Mas fue tal el sonrojo que todos sintieron que nadie se percató de que, con el arreón y por mor de la fuerza centrífuga, el anillo que su Alteza portaba en el dedo meñique, salió despedido de la mano, voló inmisericorde por los aires y fue a confundirse entre las redondeadas piedras.





viernes, 25 de abril de 2014

Un cuento

   Es fácil armar un cuento. Coges a un príncipe y le pones a caminar por un paseo. El príncipe ha de estar perdidamente enamorado, eso sí. Y el paseo construído de piedras rodadas, sueltas, dragadas de un río cercano. El cielo aparece tan hermoso que es difícil apartar de él la mirada (ni un segundo). Pero el príncipe ha de buscar el anillo que en el camino de ida extravió. 

   Lo complicado suele ser ponerle fin al cuento.




jueves, 24 de abril de 2014

   Nos lamimos las heridas, aún sentados en el suelo. El sabor acre de la rabia se mezclaba con el de la sangre en mi boca. Aunque a primera vista los daños no eran irreparables. Lo que más dolía, eso sí, era el adentro.

   No sé dónde lo encontró pero Jimmy apareció con un palo de madera dura en las manos. O quizá fuese un tubo de metal. Ambos sabíamos el destino de los matones. Una discoteca barata cerca del Acueducto, lugar de reunión de gente de esa edad. Solo tendríamos que esperar a cierta distancia su salida, ver qué dirección tomaban, irles siguiendo y cuando el grupo se fuese dividiendo, desgajando (cada mochuelo a su olivo), atacar al que nos pareciese el jefe de la jauría, al más bravo.

   No hablamos mucho entre nosotros. Solo lo suficiente para no hacer sospechosa nuestra estadía en tan anodina situación. 

   La verdad ya te la habrás imaginado. No estuvimos allí ni diez minutos. Mandamos a la mierda el palo y con el humor y la dignidad por los suelos, y con la razón por las nubes, nos fuimos a casa que es buen prado, a intentar olvidar lo fea que a veces se puede poner, inopinadamente, la vida.







martes, 22 de abril de 2014

   Violencia. Pura y dura. Gratuita. Jodida violencia. 

   Pese a la apariencia que mi aspecto debe de dar, soy de natural tranquilo. Incluso cobarde y pusilánime. La educación cristiana, qué sé yo. Ya no te digo cómo es Jimmy a este respecto. 

   Y sin comerlo ni beberlo te ves siendo machacado sin motivo  aparente. Con saña, con prepotencia, con inquina. Por el rabillo del ojo ves cómo están tratando a tu amigo con la misma medicina, quizá incluso a mayores dosis. Te agazapas, intentas hacerte armadillo, después de sopesar que nada puedes hacer por salir en su auxilio. La tunda va parando poco a poco. Una colleja, una patada desganada. Los chavales continúan su bajada como si tal cosa. Quizá solo un poco más risueños. 


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   Siempre he pensado que el dibujante de esta Historia de la Humanidad tenía que ser Milo Manara. Pero no estoy seguro. Aunque apostaría que sí.








lunes, 21 de abril de 2014

El último pase

   Sería jueves. Por supuesto que no me acuerdo con exactitud pero me da que era jueves. Los días, antes, no estaban tan delimitados en laborales y festivos. Ya sabes, la insensatez, la energía juvenil. Así que sería jueves o lo mismo era martes. Al caso le es indiferente. 

   Habíamos ejecutado con prestancia nuestras actuaciones sonnycrockerscas acabando en La Escuela, verdadero templo de la movida segoviana (ay, aún aquí). "Al suelo, al suelo". No había mucha gente aún, solo los habituales, el que me llamaba Burguitos, La Moco... y a estos poco les sorprendían nuestras mañas. Aprovechamos así pues el espacio disponible, optimizando los recursos en lo que quizá fue nuestra mejor interpretación. Nos bebimos, por lo tanto satisfechos, un par de güisquis con cola. Quizá para celebrar que nos cortábamos la coleta para tales payasadas. No nos dijimos nada, Jimmy y yo, pero ambos sabíamos que la broma había terminado. 

   Para subir desde La Escuela a la parte amurallada de la ciudad existe una escalera amplia como las de Roma, cómoda por sus huellas anchas y sus peraltes menguados de nariz roma. Ah, los peldaños, cuánto misterio encierran. Lleva, la escalera, al Salón de la Reina, ya lo hemos contado. Y de allí, por un callejón que bien podría llamarse de la Luna, alcanzamos la Calle Real.

   Y en maldita la hora. 

   Debido al esfuerzo o quizá por hallarnos absortos en nuestros pensamientos, íbamos callados. 

   Bajaban por la calle en ese momento un grupo de media docena larga de jovenzuelos que casi al pasar a nuestro lado dijeron: "Mira estos". Y nos dieron una paliza.