Llevo tres días sin dormir, en ascuas, esperando con gran ansia la fumata blanca. ¿Será americano, italiano, progre, negro, tímido, gay?
Ya, ya. Me la suda. Pero hasta cierto punto.
Segovia. Segunda casa. Busco la calle en el google maps, para ponerte el nombre y no sé ni cómo llegar. Supongo que en vivo sería diferente. Y eso que fue un lugar conformador de lo que ahora soy, también supongo. Vivíamos Jimmy y yo en un primero en cuesta. El portal del edificio estaba, como suelen, a ras de calle pero a la ventana de mi cuarto que alojaba en su exterior nuestro tendal se llegaba con una poca de ayuda y un brinco. De hecho, nos bailaron del colgadero una camisa a la que teníamos auténtica devoción. Fondo blanco, unos florones del tamaño de una cuarta. Rosas que no eran rosas que eran rosas. Allí en ese piso tuve yo varios percances. De uno ya te he hablado. Terminé, una noche, siendo Jose el de las Orejas Largas, antipersonaje al que no dejarían entran ni en la fiesta de los jaguares. Vivía en el bloque de enfrente, a apenas ocho metros, ventana contra ventana, un policía nacional que fue sumamente discreto y elegante con nuestras cosas. Algo tendría que ver que éramos los inquilinos de su mujer. Teníamos dos gatos, Salomón y Tiberiades, que armaban auténticas diabluras. Y una lavadora pero que muy rudimentaria. Era como un pasapuré con un motorcito de mierda. El agua había que cogérsela de la ducha.
Un fin de semana vivieron a visitarnos unos amigos de Jimmy. Una pareja maja. Él fue el fotógrafo de la foto que de Jimmy y mía has visto. Tengo su apellido en la punta de la lengua. El nombre de ella le tengo en la punta de la polla, si me perdonas la boutade y el chiste malo. El piso tenía dos habitaciones y un salón con mueble castellano a más no poder. Les dejamos, como solía hacer nuestra enorme hospitalidad, la cama grande, que era la que estaba en la habitación de Jimmy. Así que Jimmy ocupaba la cama sobrante de mi habitación.
A la hora del desayuno no paraba la parejita de descojonarse de la noche que les habíamos dado, ya que, como a menudo nos pasaba, nos dio por ser él Platón y yo Sócrates, supongo que fumados, mirando el horrible techo, y por supuesto que en terrible confrontación.
Ya que según mi amigo Jimmy, la elección del Papa nos la sudaba. Y por ahí no estaba yo dispuesto a pasar. Me armé de las más impepinables razones, puse sobre el tapete influencias de segundo o tercer orden, fractalmente hablando, ya que George Bush (padre) era capaz de seguir a pie juntillas cuantas majaderías se le ocurriesen al sumo pontífice y, claro, un largo etcétera.
Y así hasta las siete de la mañana, momento en el que, al parecer, nos dormimos. Luego salió Juan Totus Tuus Pablo II para cargarme hasta los topes de razón. Y después salió el que movía la marioneta, auténtico ideólogo, de la peor calaña. Y, fíjate, según dicen, huye ahora asustado. Un ladrillazo, al dios este, como decía León Felipe.
La música que nos alimentaba en aquel piso bien pudiera ser esta. Ha pasado tiempo, ¿eh?, y me sigue pareciendo una gran canción. The Smithereens.
Después de unos días de
despelote total, creo que voy a centrarme hoy en uno de los aspectos
elementales que conforman esto del gulliver: lo musical. Pero ocurre que hasta con lo musical me sucede, que ya no sé si forma parte de la ficción gulliveriana o de la cruda y de veras increíble realidad. Leo en un periódico digital que un millón de personas han firmado una petición para que Cospedal vuelva a contar el chiste del finiquito. Yo, que soy de cintura lenta, enseguida me he acordado del Finiquito de la Calzada, jaaaar, y he creído estar soñando.
Así que se mezclan realidad y fantasía, pasen y vean, menudo circo que tenemos montado. Eso sí, necesitamos gladiadores en el paro, que salen más a cuenta, que las fieras tienen hambre y necesitan carnaza. ¿Cómo dice, señora? ¿Una escabechina? ¿No sabe usted que el circo nacional se sumerge en el mismo acervo cultural de lo que somos y venimos siendo?
Blablabás chasquea los dedos como que estuviese todo ya muy claro. La mujer se da la vuelta triste y se aleja en silencio.
Blablabás
La canción de hoy también tiene su punto entre político y social. Además, en catalán, el idioma del enemigo. Una gran canción. Un mundo de locos.
Porque los corazones de las personas son de acero inoxidable.
Lleva ya unos días en el mercado (¿en cual coño mercado?, ji, ji) el nuevo e inusitado disco del Delgado Duque Blanco. Pese a superarnos en edad y fortuna, también lo intenta en alegría y entusiasmo. Así que no podemos defraudarle, ni esperar más en el Gulliver sin que nos acompañe un ratito. O dos.
Ya que después del vídeo del nuevo single, me apetece escuchar algo de su Aladine Sane. Voy a ver qué elijo.
Al final, te
enchufo los 43 minutos del álbum y me quedo tan ancho. Eso sí, si te
apetece hoy trago corto, vete el minuto 9:35, por ejemplo.
Sí, la edad pasa para todos y se pierde por el camino energía. Ya lo dice el sabio cartujo, "morir tenemos, ya lo sabemos".
Hoy, día breve, toca teoría anodina.
¿Por qué se vuelve loco el Tron cuando llegamos a casa? Posible explicación
Partiendo de la más evidente de las soluciones, que no es otra que nos quiere con un amor y una pasión tal, que bla, bla, bla... y huyendo como de la peste de las respuestas fáciles y maniqueas, se me ha ocurrido a mí que puede ello deberse a poseer entre sus virtudes, los cánidos, la de tener una memoria retroactiva de escaso tramo. No alcanzan a recordar, por lo tanto, que siempre que nos hemos ido, hemos terminado volviendo, con lo que su angustia vital tiene que ser de la repanocha, por momentos. Llevo unos días observándole, al Tron, para comprobar al empírico modo mis suposiciones. Él me mira con ojos preocupados o quizá no le dé más importancia. Pero no me soluciona la papeleta. Ahora que Charo y Lucía se fueron a la pelu, compruebo que, de tanto en tanto, se levanta de su camastro y se da una vuelta por toda la casa. Parece buscarlas. Pero ¿quién sabe?
Otra de mis absurdas teorías viene muy bien explicada en la siguiente imagen.
jueves, 7 de marzo de 2013
Soy impresionable. Timorato. Cobardica. Pusilánime. Miedica. Otra vez impresionable. Y otra vez cobarde y miedica. Pero aún así pensaba yo que con los años había construido un caparazón de costra de insensibilidad a mi alrededor. Defensivo. Con
el objeto de no quedarme fuera de juego y preservar las pocas fuerzas que nunca he tenido para
defender, llegado el caso y con todas las de la ley, a la mi pollo, a todos los míos, de
los peligros que, quizá, pudiesen acecharles. Pues chico, me quedé noqueado al leer el resumen que Armando me hizo de estos treintaitantos últimos años. De sus trei... últimos años y también de los míos. Queda presuntuoso, fato, como
que fuese yo una de esas princesas dieciochescas, ah, las sales.
Pienso, antes de colgarlo en nuestro Gulliver, mandar un mensaje de aviso
a Armando. Es lo mínimo, un "te advierto" infructuoso pero seguro que él lo entiende.
Chicos,
querido Luis, querido Armando. No sé porqué cojones, pero me quedé noqueado.
Fue el pasado. O es este presente que se supone que está en mitad de no sé dónde. Lo opuesto al pasado no es el futuro, Luis, por inexistente, sino el presente. Inasible, terrible pasajero. Este presente tan corto que por el mero hecho de vivir deja de existir en nosotros y chorrea alguna gotita de su ser al pasado al que se opone. El pasado, aunque te parezca extraño, no está formado de todo el presente que va dejando de ser sino únicamente de pequeños cachitos, los que se incrustan en la masa madre de la memoria. Ya, ya. Andarás diciendo "ya le ha vuelto a dar a Jose la pájara pseudofilosófica e intentará de nuevo explicarme lo obvio". Pongo chica, a ver si así se me pasa.
Las alas de una mariposa hicieron estornudar a Felix "Maldonado" Herrero, que nos predijo agua para por la tarde. No nos lo hemos pensado nunca así pero es una fortuna tener oráculo en la oficina. Quizá algún día deje de especializarse en los asuntos meteorológicos y nos dé la gran sorpresa de anunciarnos un golpe de suerte, avisarnos de un amor. Sí, Luis, soñar es por ahora gratis. Aprovechémoslo. Fue así por la mariposa que llovió, fino pero suficiente para poder posponer a mañana el entreno de balonvolea, en el jardín, con la Pollo. Con lo que adquirí como en una tómbola un cacho de rato de la tarde, espero que suficiente para escribirte este gulliver y, si está de ser, también el de mañana. Quebradiza mariposa de los duendes, que así sea.
Cada uno guarda sus momentos y seguro que los míos de aquellos veranos en Silos nada tienen que ver con los de Armando. La primera sensación es que él tiene más. Por haber estado más tiempo y porque a mí, con mis timideces y mis bobadas, se me embotaba el entendimiento y toda su descendencia. A mí uno de los primeros que me vienen de nuestra poco numerosa pero estrecha pandilla es estar esperándoos en el bar de la plaza, ¿El Cruces?, a Adolfo y a ti. Sería ya uno de los últimos años porque esperaba sentado, viendo la tele, con una cerveza. De repente el cielo se oscurecía como en un sortilegio o era la mano, manaza de Adolfo que te tapaba íntegra la cara, jugando al "¿Quién soy?". Y llegabais los dos y resulta que eran esa noche fiestas en Salas de los Infantes. O quizá eso fue otro día. A ti ya te gustaba todo lo que con la armamentística tuviese relación. Tanques, torpedos. Ya ves que mi capacidad para ese lenguaje es más que escasa, ingenua. Siempre me da alegría el que ha hecho de su afición oficio, que quizá sean palabras con parecida etimología. También me acuerdo de la montonera de moscas que se posaban en la mesa que componía la totalidad de la terraza de ese bar con soportal. No me acuerdo, en cambio, de cómo se llamaba el padre de Adolfo y eso que tenía nombre peculiar. Y acababa en ino. Sí que me acuerdo de haber navegado por el Mataviejas en las perolas que dejaban de un año para otro los cocineros de pedazo de campamento que tenían allí montado. Igual había dos mil acampados con sus oraciones y sus rezos. Y la gran cruz blanca pintada en la pared de la montaña. Cabíamos media docena de chavales en las perolas. Y me acuerdo de una vez en que estaba solo, ya os habríais ido, y había despedida de los acampados. Y el acto central era una especie de entre liturgia y asamblea y directamente ya fiestón. Era en la iglesia del monasterio o iglesia conventual. Para que cupiésemos todos habían retirado las pesadas bancadas. Una intervención se alargó quizá en exceso. La escuchábamos todos sentados en la frescas piedras del suelo, bien apretujados los unos contra los otros (y por supuesto que viceversa). La cosa es que se me durmieron las dos piernas y cuando tocó levantarse para la siguiente actuación a mí como que no me sostenían el cuerpo. La gente sobre la que me abalanzaba me miraba. Unos asustados, otros despreciativos, alguno amenazante. Pues la jodida caraja y la timidez y el mareo y lo que tú quieras, pero no tuve la capacidad de decir unas palabras explicativas.
No sé porqué pero cuando hablo de Silos siempre me apetecen este tipo de canciones.
Lo que son las cosas. Yo siempre lo he dicho. Y más ahora que me acerco sin remedio ni anestesia a la cincuentena. Suena severo. Es momento, parece, de echar la vista atrás (que decía la canción) y quedarte de sal como la incauta esposa del profeta. O de piedra, según en qué casos.
Si seguiste ayer mis instrucciones llegarías a ser testigo de una buena prueba de ello. Por un agujero infinito y gracias a las delicias que el buscador Google ofrece a sus usuarios, Armando, aquel amigo de mis veranos silenses pudo comprobar, me imagino que con gran estupefacción, que forma parte del ya extenso reparto de este peliculón del género bobo en el que se ha convertido Gulliver. Bien es cierto que su apellido no era (ni por lo tanto es) Guerra pero no es esta sino otra prueba más de que nuestro cuaderno de bitácora está plagado de triquiñuelas, trampantojos y demás campos minados. En tus manos queda sortearlos o dejar que exploten en fatuos fuegos artificiales. Espero que te sean inocuos. A raíz de su descubrimiento, Armando se puso en contacto conmigo a través de otra herramienta de las muchas que contiene esta nave sideral. El facebook. Lento de reflejos como es uno, tardé más de la cuenta en caer que ese Armand que solicitaba mi amistad fuese el mismo de aquel de mis años mozos. Como que uno hubiese conocido a muchos Armandos en su vida.
Armando García (su foto del perfil del feisbu)
Así que tocaba, de nuevo, echar la vista atrás. Y acordarme de aquel niño que sin duda fui. Y acordarme de lo grande y amenazador que a este niño se le hacía el mundo que le rodeaba. Y preguntarme cuánto queda de aquellos temores, de aquellas vergüenzas, de aquellos complejos, en lo que ahora soy. Desbordado por la natural alegría al saber de una persona querida y perdida en mi despreocupado pasado desde hace ya tantos años, le escribí una sucinta reseña de todo este tiempo. Todo muy pulcro y aséptico ya que era un modo de abrir boca, rompiendo el hielo, o algo así. Le hablé de mi paso por Segovia y por Pucela antes de regresar a mis raíces. Pero todo de refilón. También le dije que me había casado y que existía la Pollo, que ahí es nada. Él, que, como le ocurre a la gente normal, seguro que flipa con esa manera mía de escribir, tan enrevesada, me dijo que no poseía dotes literarias pero... no veas. En una docena de líneas, o menos, me contó una vida bien vivida. Me habló de la suerte que tuvo (eso no lo ponía, simplemente lo deduje de su sonrisa) de encontrar el amor con una de las chicas que allí pasaban los veranos. Me contó que ese amor se murió de cáncer hace no tanto pero que le quedan dos hijas que presumo adorables. Una de ellas no soportaba la idea de ver a su madre perder el pelo con los tratamientos. Así que Marta, que así se llamaba y así se llama su amor, retomó los lápices de colores, largo tiempo abandonados, para explicárselo a su manera. Armando me mandaba la dirección de ese blog terapéutico y encima curativo. Con gran pudor y habiéndoselo advertido a mi amigo, mas no pidiéndole permiso, que espero que no haga falta, aquí te pongo el enlace.
Así que claro, hoy toca canción grande. Supongo que si nos juntásemos Armando, Adolfo y yo en comandita, allí arriba, en la ermita, no quedaría más remedio que poner una de uno de los más grandes. Ya sabes, el mago, la bruja, el jodido del Bob Dylan. Estoy seguro que en breves días contactaré (feo verbo más bonito resultado, espero) con Adolfo, que me dará su sincera opinión de lo último del artista. Treintaitantos años después barrunto que me daría el visto bueno para que dicha canción fuese Tempest, la cancionota de su último disco. Pero yo elijo otra. Que bien define mi estado actual a este respecto. Se la dedico a Marta, de la que no tengo la suerte de acordarme. Pena. Y se la dedico a Armando, que quizá esté mirando este gulliver por un agujerito. Ojala.
Con lo que a mí me gustan estas historias tan electroespaciales e hidrotemporales.
Y es que, amiguitos, mi querido Luis, hoy toca metablog. Que es como darle la vuelta a la canción y que de la manga salgan dos conejos con chistera de la que vuelven a salir dos conejos, estos ya sucesivamente. Te pongo aquí una foto ejemplo de los fractales que tanto me pirran. Este es de un nivel muy bajo, tres o cuatro ramificaciones, pero iniciático y esclarecedor, queridos amiguitos.
Por el hecho de escribirte estas alocadas palabras, me convierto, sin poder ni tú ni yo evitarlo, en blogmaster, que en el original inglés no es maestro sino señor, amo o, en este caso, capitán. Gracias a ello, tripulo esta nave como a mí me viene en gana, dentro de las potencialidades que su diseño permite. Por poner un claro ejemplo, no es una maniobra factible subir en vertical con el barco del Gulliver para llegar a los 10.000 pies hasta bien entrada la tarde. Una vez alcanzado ese momento del día no es aconsejable pero... Cuando entras en las tripas del Gulliver, como era de esperar en una nave efectiva y moderna, lo primero que ves es que todo está lleno de botoncitos, off/on(s), pantallas y demás aparataje. Tiene, aunque no te lo creas, piloto automático, por lo que podría yo dormirme en los laureles y que fuese él quien te ofreciese canciones, quien te contase cuentos, quien te dijese mentiras. Ni lo ibas a notar. Pero soy de la vieja escuela y no me placen esos usos. Asgo el timón con fuerza pero con tacto e intento que las nubes no nos produzcan ni bandazos ni desconsuelos. Quizá pudiese alcanzar antes los puertos si utilizase todas las potencialidades que la máquina me ofrece. Si no siguiese con el dedo los mapas de navegación o si usase un sextante 3G, última generación, que tiene hasta voz de locutora joven y lo más en GPS. Pero prisa tampoco tenemos, ¿no? Tiene más utilidades, mi barco. Puedo diseñar el color del mar de fondo, ahuyentar a las sirenas, optimizar el velamen. Hay, incluso, un botoncito rotulado como "ingresos". Nunca he sentido la curiosidad de presionarle. En cambio hay otro offon con el nombre de "estadísticas". Cuando la calma chicha se pone ya muy pesada y ninguna labor apremia, me zambullo allí, por matar el rato. Ya sabes cuánto me gustan los grafiquitos, los climogramas, las tablas de frecuencias. Tampoco me fío mucho de la fiabilidad de los datos que ofrece pero siempre me ha intrigado que en una de las opciones, rotulada como "fuentes de tráfico", figurase que somos seguidos en nuestro navegar por gente de: Alemania, Canada y Filipinas, qué cosas. Lo achacaba, y lo sigo achacando a falta de mayores evidencias, a estas cosas de la globalización, ¡lo pequeño que se nos está quedando el mundo, Luis!, y a robots de empresas sin escrúpulos que barren el magma internético en busca de piezas menores.
Creo que no estoy siendo nada claro en la descripción de la cabina de mando. Para que te hagas una somera idea voy a incluirte aquí una foto que hizo ayer el contramaestre, conmigo, en primer plano, al timón.
No sé si la imagen aclara o lía más las cosas. O que el que se mete en charcos y en camisas de once varas es servidora. Vayamos, pues, enhebrando al camello.
Otro de las subopciones que Gulliver ofrece de fábrica es, cómo llamarlo... el derecho de admisión. Digamos que tengo la posibilidad de que en este barco se monte quien me salga a mí de las narices, y encima viceversa. (Siempre me acuerdo de aquel profe de penal, que explicaba muy convencido que el ladrón entró por la ventana y viceversa). Por abulia, creo, o por soler varar en puertos solitarios, nunca creí preciso hacer uso de esa facultad y dejé todas las puertas abiertas. O quizá... ya conoces los versos:
que mi barco es mi tesoro que mi dios la libertad
Y ya para terminar de rematarlo, por fin, entre el resto de las posibilidades náuticas a mi alcance, destaca un lugar llamado "comentarios", que es el preciso lugar donde tú nunca vas a poner nada, casi por definición. Pues hete aquí que ayer, chicha la mar, claro hasta que se perdía el cielo, cuando menos nadie se lo podía esperar, saltaron todas las alarmas. El sonar se volvió majara, tampoco él, en el fondo, se lo podía creer. El aullido del grumete, subido a lo alto del palo mayor, no dejó lugar a dudas. "¡Comentario a la vista!".
Detendré aquí al Gulliver hoy, para que masques sin premuras la noticia y, si gustas, te llegues hasta una entrada que se titulaba "Señor... señor", allá, a principios de noviembre del año pasado, y observes con tus propios ojos semejante boquete en el casco de la intimidad de nuestra nave. Para no enrevesar ya más el contenido de este extraño día, pondré una canción amable de la Amaral con el Ivan Ferreiro.
Te hablaba el viernes de mi mala memoria y como hoy estoy vagazo total, me he acordado de un "proyecto literario" (toma ya) en el que, a través de la mirada de un niño, intentaba explicar las potencias del ser humano, al modo de las redacciones escolares. En uno de los primeros capítulos se hablaba precisamente de la memoria.
LA MEMORIA
Lo mejor de la memoria es que a
menudo las cosas se te olvidan. Menos mal, que sino... Yo muchas veces no sé si
una cosa se me ha olvidado o es que nunca la he sabido. Yo creo que la memoria
es así o por compasión o porque el mundo funciona de esa manera. Las cosas que
se olvidan pasan a formar parte de la memoria colectiva que es la que todos
tenemos y no es de nadie únicamente. Mi madre me dice que esa memoria la
tenemos desde antes de nacer cada uno pero no sé, de eso tampoco me acuerdo. Puede
ser que sí.
Yo a la memoria me la imagino como
esas colchas que se hacen con trozos de aquí y de allá. Todos los retales son
muy diferentes y muy raros y vete a saber de donde han salido y además no pegan
ni con cola pero después la colcha es bien chula y yo creo que hasta abriga
más. También me la imagino como una partitura.
Da un poco de cosa pensar en lo
grandaza que tiene que ser la memoria colectiva, da como mareo, porque somos
muchos y a todos se nos olvidan cosas, me imagino, y ya sólo en mi clase somos
más de treinta y pico, eso sin contar con Jacinto Morquecho, que aunque está en
la lista no viene nunca porque está enfermo y tiene que quedarse en la cama. No
le conocemos ninguno pero aún sin contar con él somos ya un montón para que se
nos olviden cosas.
Yo, por ejemplo, me tengo que haber
olvidado de muchísimas cosas antes de acordarme de la primera. Lo digo porque
de la primera cosa que me acuerdo es de una en la que ya tenía lo menos tres
años. De antes no me acuerdo y tuvieron que pasar muchas cosas porque ya era
como tres años de grande y estaba ya hecho, mucho más que un niño bebé que
parece una morcilla con poca masa, arroz, sangre y cebolla y más cosas que se
les echa a las morcillas, porque los niños bebés tienen rollitos y michelines y
arrugas en los muslos y eso es porque tienen que hacerse más grandes y si no
explotarían o se les saldría la masa o algo.
Yo de lo primero que me acuerdo es
de mí mismo. Es lógico, si me paro a pensarlo, porque si no cómo me iba a
acordar. Iba por un pasillo bastante oscuro. Lo mismo no era oscuro y me lo
imagino yo así o lo mismo es que se me está olvidando el recuerdo por las
orillas. Así que no sé si había puertas a los lados del pasillo pero al final
sí que había una y bien grande, de ésas que se abren por la mitad para los dos
sitios y además para delante y para atrás. Me había salido un bulto en la
garganta pero por fuera, encima del cuello y no sé de qué tamaño porque no me
acuerdo y después tampoco me lo han dicho o si me lo han dicho ya no me acuerdo.
Tampoco sé que había dentro del bulto, me imagino que quistes. Pero me lo
tenían que quitar por medio de una operación así que eso que había detrás justo
de la puerta grande era el quirófano.
Yo no sé pero para mí que el médico
era muy malo porque me hizo mucho daño y además mucho rato. Como que intentaba
las cosas de varias maneras pero no a la vez sino una detrás de otra. O será
que la medicina ha adelantado una barbaridad después de mi operación. Por de
pronto yo entré andando y no como ahora pero es que ahora lo hacen por si te
resbalas o te mareas o las dos cosas y te tienen así que pagar mucho dinero o a
tu familia, así que ahora te ponen tumbado en una camilla y un enfermero que
esté fuerte te lleva por todos los pasillos. Pero yo me entré andando con las
dos manos cogidas, de mi padre y de mi madre me imagino porque eso tampoco lo
veo aunque mire para arriba del recuerdo. Mi madre dice que todo me lo imagino
o me lo invento. No se lo cree pero entré andando y además me sentaron en un
sillón igual que el del barbero y también me pusieron una sábana blanca pero no
para recoger pelos porque era mucho más grande y apretada y no podía así mover
los brazos ni nada. Y además había dos chicas que eran enfermeras y tiraban de
la sábana para atrás así que no les veía la cara y tampoco me podía volver para
mirarlas o para otra cosa. Y el señor que era el médico vino con un instrumento
y no me acuerdo de la forma porque además son muy raros esos instrumentos y
además muy parecidos los unos y los otros aunque valdrán para cosas diferentes.
Y éste no sé para que valía pero hacía mucho daño y mucho rato y aunque yo
decía ¡para!, ¡para! él seguía. Ahora ya no tengo el bulto pero sí una cicatriz
pequeñita que si me río con la boca abierta se me arruga. Y ya no me duele
nunca.
Cuando se lo cuento a mi madre no se
lo cree y me dice que me lo invento y que qué ocurrencias. Y me dice que no era
una sábana sino una toalla porque salí con los pelos chupados del sudor y yo le
digo que si estaba dormido y anestesiado entonces para qué iba a sudar si a los
anestesiados no les duele.
Y lo que menos se cree es que el
quirófano era rojo, dice que tienen que ser verdes, que les ponen así en todos
los sitios, como el campo pero en más pálido porque así son más relajantes y
miras a las paredes o al techo o inclusive a la bata del médico y te olvidas o
te vas como volando. Y será porque se me ha olvidado pero el techo y las
paredes eran negros o no estaban y todo lo demás, pero todo, de eso sí que me
acuerdo, era rojo.
Sí, sí.
Al final todo era rojo y me dicen que no puede ser así, que no hay quirófanos
rojos y me pienso que pudiera ser la sangre que me salía por el bulto y me
dicen que no, que estaba anestesiado que es como dormido pero que además no te
acuerdas y a lo mejor es por eso, que como era la primera cosa de la que me
acuerdo es como que con la anestesia me pusieron el interruptor de acordarse en
un sitio o en otro, en encendido o apagado, y como de antes no me acuerdo y me
dieron el interruptor con la anestesia pues de eso sí que me acuerdo. O algo
así.
<<<o>>>
El (toma ya) "proyecto" incluía también la imaginación, la emoción, la autenticidad, el nombre de las cosas y un montón de historias más. Tenía el forzado y pretendidamente humorístico título de La cadena simpática, por lo que supongo que está escrito en mis pinitos como estudiante de psicología a distancia. He estado releyendo algunas páginas y se me ha juntado el rubor con la nostalgia.