lunes, 15 de abril de 2013

No suele utilizar Gulliver este espacio para sus asuntos más personales, como habrás visto en esta ya extensa travesía. Pero hay veces...

Como me conoces bien, ya lo sabes, soy de cerebro tardo y poco elaborado, así que despacho las cuitas de un amigo con cuatro lugares comunes y una sonrisa que me sale mueca. Y silencio largos. Pensándolo, recuerdo cuando personas muy queridas me tomaban por su consejero y secretario, que ya sabes que viene de secreto. Tenía una alocada y falaz confianza en mí mismo, se ve, para lidiar con semejantes responsabilidades. Llevaba la ventaja de viajar siempre con un libro de consejos en la mochila. Como lo sigo teniendo, te pongo aquí los que me han salido cuando los he invocado de tu parte. 

Deja que se cueza en su propia salsa. No des tu brazo a torcer. Da un portazo pero no cierres todas las puertas. No digas nunca la última palabra. Gasta tu tiempo. Que te venza por convicción y no por fatiga. Y si al final de la última gota de energía caes rendido, piensa que nadie sabe dónde habita la felicidad.



viernes, 12 de abril de 2013

La entrada. Piedrafita de Cebreiro.

   Es curioso como las tierras se muestran a los sentidos. Parecía lo adecuado y así se hizo. Dejamos atrás El Bierzo y en apenas unos kilómetros de subida por una carretera zigzagueante, cambió el color, el olor, el tacto del aire en nuestra piel. Y empezó a lloviznar como que no empezaba a hacerlo de veras. La justa medida para ponernos nuestros impermeables y no impedir que diésemos un paseo por Pedrafita do Cebreiro, nuestra puerta de entrada a Galicia. Mi padre dijo que se quedaba en el coche. 

   Paseamos hasta miradores brumosos. Mi hermano utilizó por primera vez la función "panorámica" de su cámara. Así que por ahí andarán unas fotos alargadas, con Charo y conmigo en primer plano y al fondo todo un horizonte azul oscuro pero brillante. 

   No sé el motivo pero el recuerdo tiene en mi memoria gran nitidez: en la única iglesia, enana y de oscura piedra grisácea, del mismo tono que todo el pueblo, se celebraba una boda. Salían en ese momento los contrayentes (circunspectos, o solo solemnes) y estuvimos un rato aplaudiéndoles. 

  Busco en google fotos que ponerte de ese lugar y encuentro una de la iglesia. Esa era, así es en mi recuerdo.












jueves, 11 de abril de 2013

Rumbo a G.

   Rodolfo compró el libro de los alojamientos rurales en España, que juraba ya en portada incluirlos todos. Eran otros tiempos, el mundo no había menguado tanto. Recuerdo con cristalina claridad a Charo al teléfono, en el saloncito del piso del G-3, llamando y llamando a cuanto teléfono incluía la guía. No cabe duda de que en la elección jugó su papel fundamental el azar. Como siempre. Al final, tocó como destino Lires, en mitad de la Costa de la Muerte.

   (Eh, Luis, que se me olvidó poner un poco de banda sonora. ¿Qué tal Tracy Chapman? 


)



   Para que veas la infancia tan feliz que tuve la fortuna de vivir, los momentos de mayor tensión en la familia Hoyuelos se producían cuando tocaba preparar los bártulos porque nos íbamos al pueblo (Silos, Riocavado). Mi padre siempre ha tenido DosCaballos, 4Ls, Dyanes, vehículos de ese pelo. Y allí, pues no le terminaba de entrar todo el equipaje que mi madre había preparado. Por más que lo intentase. Todo, además, amontonado en el portal de la calle Alhóndiga, bolsas, bolsitas, a la vista de cuanto vecino pasase, "si parecemos gitanos".

   Por que evocase aquellos momentos, hicimos de ese modo nuestra maleta y nos presentamos en su casa. No creo que cayese en el matiz dado que dedicaba íntegras su fuerzas a decir que él no iba. Yo le notaba ya rendido pero no dejó por ello de apelar a sus ínfimas fuerzas y, muy gráficamente, al estado desbordante de su aparato digestivo. No  paraba de decir que los que estábamos locos éramos nosotros. Supongo que un último y contundente berrido de mi hermana Nines le hizo entrar de mala gana en el asiento delantero derecho del Corsa de Charo, que era nuestro vehículo. 

   No habíamos llegado a Tardajos cuando tanto él como mi hermano me conminaron a parar. Se les había olvidado untarse la crema de hiperprotección y eran de pieles sensibles. También tuvimos que entrar un momento a León, lo cual no estaba previsto, para comprar pilas para la cámara de mi hermano, no fuese a ser que en aquellas profundas tierras...

   Por lo demás, el viaje fue transcurriendo sin excesivos avatares. Rodolfo leyéndonos trozos de aquí y de allá de alguna guía de viajes, mi padre enfurruñado, con los brazos cruzados, apretados contra el pecho, y Charo, con la paciencia que dios le ha dado. Castilla, que es llana en todas sus acepciones. De pronto, al llegar a Las Médulas, el paisaje reverdeció y empezaron a aparecer esas formaciones arenosas tan particulares. Parece ser que el lugar fue el mayor yacimiento de oro de todo el Imperio Romano. Nuestro El Dorado a la inversa, mil quinientos años atrás. Como era ya la hora, paramos a comer en Villafranca del Bierzo.




   Y ahí es donde la liamos ya que ante la sola mención del alimento mi padre decidió que se volvía para casa. Suena a traca pero es que no conociste casi a mi padre. Era abierto y condescendiente, no solía decidir demasiado a no ser que obligase, que entonces sí, pero cuando decidía algo había que estar muy pendiente de lo que había decidido. 

   Y en aquel momento decidió que se volvía. Te juro que pensé que nos tocaba regresar para Burgos con la cola entre las patas. No había manera de hacerle entrar en el restaurante. No había manera de hacerle entrar en razón. Seguía con los brazos cruzados, muy apretados contra el pecho, para reafirmarse en su postura. Como es natural, sus hijos hemos heredado, aparte de otras cualidades, esa cabezonería que a veces se nos pone. Con lo que aquello fue un duelo de alto nivel. Mi padre, el astuto, no cambió de táctica en toda la brega y nosotros fuimos pasando con excesiva facilidad de la ira a la melosidad, de la razón a los cojones. Al final conseguimos, con gran desgaste, que entrase a comer antes de decir la última palabra. Esa fue su perdición ya que como apetito no le faltaba, se volvían menos efectivas sus razones y sus amenazas de explotar, literalmente, por llevar tanto tiempo sin cagar. Así pues, después de una breve  sobremesa, proseguimos el viaje.
   





miércoles, 10 de abril de 2013

Tiempo después...

   Ya te decía, hace unos gulliveres, que estas tierras gallegas, por más que queridas, me producen sentimientos encontrados. Te estoy hablando de otra manera de ir, claro. O de no ir. 

   Y es que terminó siendo un clásico, en el salón de casa de mis padres, a mis diez o doce años. Lo de ir a Galicia. Era en aquel entonces, eso sí, cuando el mundo tenía unas dimensiones más aceptables a las distancias humanas y nada estaba a la vuelta de la esquina. Todo empezó, creo, con una de las escasas broncas que la estricta moral cristiana de mis padres permitía que se hiciesen públicas. Existen documentos gráficos que lo prueban, en cualquier caso. 

   Habrás observado que ni estas páginas ni en la vida hablo demasiado de mi madre. La excusa es que hace ya mucho que murió pero la realidad es bien otra. Incongruente, absurda. Y es que la quería mucho, demasiado. Era la bondad personificada. La bondad hecha persona. Y sólo por eso, o precisamente por eso, y porque se le mezcló aquella ocasión la bondad con la justicia, que se permitió una bronca notoria, duradera, dirigida, cómo no, a su esposo.

    No sé a cuenta de qué pero mi padre, una semana santa, organizó una excursión de un par de días o tres al Monasterio de Piedra. He calculado mi edad del recuerdo de una foto, delante de una fuente en concha, la cascada número tres, por ejemplo. Y allí estaban, ufanos, los asistentes. Mi hermanita Nines, que es la que marca la edad, pues tendría cuatro o cinco años, con falda de vuelos y sus gafas de profesional de la gafa. Enseñando un poco las braguitas de perlé. Y también estaba mi padre, en el centro de la foto, con camisa de manga corta. Y a su lado el padre de mi padre, mi abuelo Francisco, que por aquel entonces ya no era un chaval, estaría en la foto fumando como un hachero. Y completaba el retablo mi prima Carmen, seria, circunspecta, como era entonces. Tendrías que conocerla ahora, después de que la puta vida le arrebatara a su amor, Ramón, la dulzura hecha mirada, la dulzura misma. Se curó el excesivo dolor con raciones en vena de vida a más no poder. Da gusto ver su perfil de facebook. Pues allí estaba, mi prima Carmen, completando el retablo. 

   La bronca, ya lo habrás adivinado, venía provocada por el hecho de no figurar yo en la foto.

   Era una movida, como suelen serlo, sin el menor atisbo de sentido común, ya que en el caso de que me hubiesen preguntado, hubiera declinado la oferta. Lo mismo que mi madre y por el mismo motivo, ya que por aquellos entonces adolecíamos ambos de mareo cinético, también conocido como mareo del viajero, muy agudizado, que nos ponía a morir a la tercera curva y cuyos efectos secundarios nos duraban no menos de dos días. Ni con la biodramina.

   Mi padre, elegante como era, no se defendió ni retrucó razones evidentes. Nada más advirtió que en cuanto superásemos aquello del mareo, nos esperaban dos destinos impepinables. Galicia,  él tenía que ir a Galicia, pero antes, había que acercarse a Lourdes o a Fátima, no recuerdo con exactitud, por unas fiebres que tuve yo y que a la Virgen me ofrecieron, y que terminaron, tres meses de cama después, por ser una gripe mal curada, no sé si milagrosamente. No, no, ahora me acuerdo mejor, no eran fiebres, era velocidad en la sangre.


   Pasaron los años. Se murió mi madre, la pobre. Y ni habíamos ido de peregrinación ni, por supuesto, a Galicia. 

   La muerte de mi madre mi padre la asumió, al principio, con entereza, por más que luego, ya en sus postrimerías, me hablase de lo duro que es quedarse dos veces viudo. Lo asumió al principio pero al poco se le cruzó en el alma y se pasó un par de años o tres sumido en la angustia. Allá abajísimo. Sus depresiones, que creo haber, en parte, heredado. 

   No sé si has vivido de cerca una situación así. Es una enfermedad con no muy buen cartel. Se frivoliza. Pero se me ocurren pocas peores. Me costará pero saldrán los detalles en otros gulliveres,  exorcizados. Si esto va de mi vida, como parece que al final va yendo, tendrán que salir los momentos en los que faltaba el aire y no había muros lo suficientemente sólidos para dar los cabezazos necesarios.



   Verano de 1999. En noviembre conmemoraríamos el tercer año sin mamá. Mi padre aún penaba pero creíamos que veía, allá a lo lejos, una minúscula luz al final del túnel. Su mayor obsesión de entonces es que no iba al baño. Estreñimiento. Siendo como era para él fuente de muchas y grandes preocupaciones, a nosotros aquello nos parecía un mal menor, después de todo lo que le habíamos visto pasar. Ya andaba y tenía un color sano. 

   El verano se acababa. Mi hermano Rodolfo estaba pasando  su mes de vacaciones con nosotros, en el G-3. Lucía aún no había nacido pero seguro que no estábamos muy holgados en el piso de Conde de Haro. Los tres y la gata Charcos.

   Quizá por ello, decidimos hacer una excursión. El destino, al principio, era una cuestión menor, protocolaria. Supongo que lo ideamos todo en una sobremesa. Después de la comida solíamos tomarnos un orujo y jugábamos a las cartas. Entre la pasión del azar y los chupitos, nos pareció que sólo existía un lugar en el mundo al que debíamos llegar. Sí. Claro. Galicia. Y cómo no, el único sentido que adquiría el viaje era llevar allí a mi padre, para cumplirle el eterno deseo. Además, serían unos días de descanso para mi hermana Nines, que en el fondo y en la superficie era la que se había comido todo el marrón de la depresión paterna. Un marrón bien gordo, como a su tiempo se verá. 

   Así que no te extrañará mucho que el próximo capítulo de este, nuestro gulliver se titule así, Rumbo a Galicia.

<ooo-ooo>


   Don Kiko ha sacado nuevo álbum que escucho con gran dosificación y placer. Es variado y como siempre juguetón. La canción que más me ha llamado la atención todavía no tiene youtube. Te pongo esta, que es single o cosa por el estilo. A mí me deja cuerpito.

 

martes, 9 de abril de 2013

Más Galicia

   Dieron para mucho más aquellas maravillosas vacaciones. Son de esos recuerdos que vienen de vez en cuando para animarte la existencia y decirte que has vivido. Ya ves con qué poco se conforman las almas simples.

   Pero es que además aquellos escasos diez días cundieron una barbaridad, no se sabe si debido a la edad de los chavales que entonces éramos o por algún agente externo, que no vendría aquí a cuento volver a mencionar pero que quizás ayudase a enlentecer los días en un tiempo suave y placentero. 

   A más a más, que dicen en León, no dejaba de estar por allí la diosa Olvido, de sonrisa en sonrisa, haciéndonos cariños. A su hermana Carol, pese a que el tiempo bla, bla, bla, le sigo teniendo un afecto fuerte y especial, la buena de Carol, con sus blusones anchos de escote eterno, que dejaban ver una "u" dibujada en su pecho a golpe de puntos de sutura. Un costurón. Me lo habrá contado mil veces pero ni idea de lo que la operaron. 

   Y también estaban los amigos de allí de Manuel, gente curiosa. Toda con acento y esas costumbres que tenían. 

   Y para que pariese la abuela, un día, a la hora de la siesta, aparecieron tres de Burgos. Eran medio amigos de las Ortega  y no llegaba a un cuarto de amigos míos. De verles en la Pécora o en la Iguana, poco más. Fueron recibidos con alegría y hospitalidad y se metieron con facilidad en el decorado. Les veíamos como a ratos. En una comida, en un bar. Se quedaron un par de días y uno de ellos volvió descalzo porque vendió sus botas Martens color cereza por dos gramos de aquella cocaína. Comprador y vendedor encantados. Lo que ahora les ha dado por llamar comercio justo. 

   A nosotros nos quedarían solo otros par de días y ya estábamos como con cuerpo de despedida. La oficial la hicimos como se debe Manuel, un amigo suyo (reconsumido y nervioso) y servidora. Nos fuimos a cenar unas raciones a los bares de arriba (¡¡¿?!!) y lo fuimos regando todo con un albariño de muerte, seco como la sed, no probé otro en la vida igual. Nos tomamos el café en casa de Manuel, con los demás. Mientras me cambiaba de ropa en la habitación entró Manuel y no, Luis, no. No hubo ninguna aproximación carnal, qué te crees. Manuel abrió una de las cajas que me arropaban los sueños. Y sacó de ella una botella de barro, con una asita para meter del dedo. Dentro había Chivas. Como no soy muy impresionable, ni presumido en modo alguno, no recuerdo si lo que había dentro tenía 21 años y valía quince mil pesetas o era viceversa.

   Fue como en Alicia a través del espejo, con sus simetrías (fractales de un único nivel), ya que con la botella colgada del dedo, nos paseamos Manuel, el amigo y yo, despacito, ya de noche, todo el Malecón, hasta las rocas que resbalan. El amigo, de tanto en tanto, me decía: "Apura, apura el trago".

   Y para que todo fuese como el negativo del no, dado la vuelta, nos fuimos también con bronca. Yo ya lo venía notando, que aquello iba a más, pero desconocía los umbrales de comprensión de la gente de allí. La intensidad de sus costumbres. El salón de la casa daba por un ventanón a la calle. Y yo ya lo iba viendo, que a cualquier hora del día, el salón estaba lleno de gente. Y gente cada vez más rara. Y empezaron a aparecer por allí papeles de aluminio con las huellas de la adicción y me imagino que algún que otro altercado habría. Y todo a la vista de cuanto vecino pasase. Así que justo a primera hora de la mañana del día en el que nos íbamos a ir, apareció un señor enorme, rubio cortado a cepillo, vestido con ropa deportiva de calidad, recién estrenada, y que se presentó como tío de Manuel. Y nos echó del pueblo. No fue excesivamente violento en su razonar, pero sí expeditivo. A todo ello ayudaba que traía por compañía dos paisanos vestidos de albañil, que le franqueaban y subrayaban cada una de sus palabras. 

   Y este hubiera sido el final de nuestra historia gallega si no existiesen mujeres como las Ortega. 

   Todavía colapsados por las razones del tío, pero ya distantes unos kilómetros del pueblo, Olvido nos comunicó que se había dejado la cartera. Como buena hermana, y por lo tanto conocedora, Carol estuvo enseguida de acuerdo conmigo en que el olvido había sido intencionado a más no poder. El chico conductor simplemente paró el coche. Había que volver.

   Nos presentamos en casa del tío con la testuz gacha pero con un buen acopio de dignidad. Le manifestamos la causa de nuestro regreso y, pidiendo todos los perdones que hubiese que pedir, la nula culpa en el desmadre que en casa de su hermano se había producido. Las caritas de las Ortega no dejaban de decir: "Somos chicos buenos. Nosotros no fuimos. Y además nos vamos en cuanto recuperemos la cartera y nos despidamos de Manuel". Apareció el sobrino mustio y resacoso. Y el dueño nos llevó abajo a desayunar. 

   Lo que aquí defino como "abajo" estaba compuesto por una cocina de más de cien metros cuadrados, reluciente y perfectamente equipada, en la que trajinaban dos mujeres. Anexo a ella, un salón casi diáfano, de suelos brillantes, largo como el hambre, no se veía el final. Solo estaba vestido por una enorme mesa, también alargada, de madera maciza, rodeada de bancadas. Y en una de las paredes, marinas que parecían de calidad; en el otro, un eterno ventanón por el que se veía, allí cerca, la ría de lado a lado. Desayunamos de puta madre. 

   Del regreso, solo recuerdo que no paró de llover, y que Olvido durmió mucho rato en los asientos de atrás, con la  cabeza en mi regazo. Y que una vez que se despertó porque le estaba acariciando el pelo, sólo dijo "sigue, sigue".





lunes, 8 de abril de 2013

Galicia caníbal (Tres)

   Quizá fue aquel el momento en que empezó a liarse todo, o es que lo había hecho antes incluso de salir de Burgos, quién lo sabe. 

   Al tercer o cuarto día las hermanas Ortega se empeñaron en que les acompañásemos. La mujer, de natural, tiene la virtud de la insistencia, pero se dan algunos ejemplares en los que la propiedad se convierte en pasión y marca de la casa. Mis amigas eran de esas. Al final accedí y Manuel no quiso llevarme la contraria. Aún nos daría tiempo para una visita al bar cercano, antes de que los tres terminasen de prepararse. Luego, enfilamos carreteruelas comidas por la fronda, subimos, bajamos. No faltaban ni cinco kilómetros para Padrón, cuando a Manuel se le apetecía un porro. El proveedor de hachís era servidor, así que me dispuse a prepararme un chifló que nos abriese los poros para la alta poesía. Así andábamos. Pero lo que pasó es que la bola de mierda que llevaba no aparecía por ningún lado. Hubo nervios generalizados, abrupta bajada del coche, recuento de todos mis bolsillos, dos o tres veces, miradas de soslayo. Pensando en el último porro, creí recordar que la podía haber dejado en una mesita del salón de la casa. Carol y yo nos acercamos a por ella. Acercarnos como figura literaria. Subidas, bajadas, carreteruelas comidas por la fronda. Unos cincuenta kilómetros. Y todo para comprobar que allí, pues no estaba la mandanga. Revisión de la casa. A fondo. Dos o tres veces. Sin resultados satisfactorios. No demasiado grato viaje de regreso. Solemne comunicado a los que nos esperaban. 

   Y solo fue entonces que Manuel se acordó. Ah, una bolita. Marrón. Del tamaño de una canica grande. No sé qué pensé que era. La he tirado por la ventana. No se lo merendaron porque era un corazonherido. Ahora fuimos él y yo los que realizamos en trayecto, pero antes les acercamos a Padrón. De vuelta, allí estaba la mierda, casi sonriéndonos en mitad de la calleja. El muy cabrón. 

   Al final, me perdí la visita a la tumba ("puro el aire, la luz sonrosada, ¡qué despertar tan dichoso!") pero compramos pimientos y un tarro de miel en el que, ya en el coche, íbamos metiendo el dedo no siempre por turnos. Paramos en un bar a bebernos una botella de vino del país con un plato de cangrejos de mar más grandes que las nécoras del Piñeiro. Paseamos por un bosque de meigas y fendetestas. Y acabamos en la playa de O Grove, ya al atardecer.

   Y allí fue donde me convertí en héroe ya para siempre jamás, a los ojos de aquellas chicas, al sacar de mar adentro a un Manuel sumamente borracho y al borde de la extenuación, que se había empeñado en hacer un alarde.


   Hoy te traigo a un grupo archiconocido aunque que no tenga lugar en mis altares. Son los AC/DC, banda sonora de aquellos días, que al muchacho Manuel le gustaban. 



viernes, 5 de abril de 2013

Galicia caníbal (2)

[Resumen de lo publicado: Nuestro protagonista arriba a las costas del paraíso con el ánimo encendido y el corazón en las manos. Estamos en Galicia. Al frente, el océano; a su lado, Emmanuel Manuelus, el nuevo amigo. Están dando su primer paseo por el malecón de Villaxoan. Llegan hasta el final de la escollera, allí donde las piedras resbalan. Con el ruido del mar no podemos oír su conversación. A veces ríen. Otras se quedan fijos mirando lo que el otro dice. Luego regresan.]

   A Manuel, en su transitoria orfandad, le iban mimando las necesidades diarias varias de las vecinas del lugar, que aparecían inopinadamente por su casa, menudas, consumidas, vestidas de negro y con pañuelo en la cabeza, pero también con cazuelas humeantes de sabrosos olores o bandejas de marisco aún en movimiento. No hablaban mucho. Manuel las puteaba a bromas que ellas aguantaban sin rencor. Cuando ya se iban les oías decir "Ay este niño".  Así que no era de extrañar que Manuel luciese un aspecto sano y cuidado. Lleno de vigor. Tenía una amplia mandíbula para que le cupiese toda la sonrisa, o para que pudiese apretar los dientes hasta el chirrido, en caso de necesidad o apetencia. Siempre parecía recién duchado y no paraba de enseñarte las camisetas. Una pasada. 



   Casi todas las mañanas de aquellos días, el resto de la manada se iba de excursión. Manuel y yo nos hacíamos primero los perezosos y luego ya los remolones. Y la mayoría de los días nos despedíamos de ellos con la manita, cuando enfilaban la callejuela hasta que el coche desaparecía de nuestra vista, y era entonces que nos íbamos los dos a dar una vuelta. Solíamos empezar acercándonos hasta el bar  que nos pillaba más próximo. Nos bebíamos  un par de cañas y nos las jugábamos con algún lugareño al futbolín. Había media docena de bares y todos tenían su momento del día. Incluso muchos tenían varios momentos cada día. El que más frecuentábamos era el del puerto, al lado de la lonja, que bien pudiera llamarse Cofradía y que no cerraba nunca. Ibas a las cinco de la mañana y ya llegaba un amigo de Manuel, yonqui que no podía dormir. "Nada, que me cojo una peli y me piro para casa". Y cuando, al momento pasaba con la cinta bajo el brazo y Manuel le preguntaba: "¿Qué te llevas, primo?", contestaba sin mucho entusiasmo: "Cariño, me han encogido los niños". Había autobús diario al Hospital de Cambados, pagado por los concejos, para que a los que lo deseasen les diesen su dosis de metadona. Pero a mí me sonaba aquello a lavado de conciencias. Empezó todo con el trapicheo de tabaco y alcohol pero yo creo que se les fue de las manos y una buena parte de su preciosa juventud se echó a perder. La codicia. A veces nos llegábamos hasta un pazo cercano. Nos subíamos al muro de piedra que lo rodeaba. Parecía el muro de una fortaleza medieval. Soberbios cubos de granito juntados con mortero, que formaban una pared de no menos de dos metros de ancho, que rodeaba toda la inacabable parcela. La solidez hecha muro, maciza, enorme, exageradamente enorme. Fuerza es poder. Allí arriba nos fumábamos un cigarro o nos hacíamos un porro y seguíamos hablando hasta que llegaba alguno de la cuadrilla de albañiles. Siempre están de obras, nunca paran, me advertía Manuel. Se ve que le conocían porque nos invitaban a irnos sin excesiva vehemencia. 

   No recuerdo ninguna de nuestras conversaciones. No alcanzo siquiera a imaginar de qué podíamos parlotear y parlotear hasta gastar los días. Una vez deshecho el entuerto inicial, no creo que hablásemos demasiado de Olvido, ni del amor en un contexto más amplio. Me queda la impresión de saltar de un tema a otro, de  nimiedad en nimiedad, conociéndonos y ocultándonos. Gustándonos a nosotros mismos e intentando gustar. Yo dejaba llevar mis pasos al ritmo que el anfitrión marcaba, sin preguntar nunca cuál iba a ser nuestro próximo destino. Dudo, incluso, que Manuel se plantease  de antemano el recorrido diario. Lo mismo nos presentábamos en una cala formada en su totalidad por conchas de almejas muertas, que aparecíamos en lo más elevado de un castro celta, azotados por el viento, desde el que veíamos dibujadas en la ría las bateas de mejillón. No recuerdo haber estado sereno en ningún momento de todos aquellos días, pero tampoco haber llegado a la inconsciencia por más que no parábamos de beber y beber y beber. Y de todo. Creo que esa era la característica mía que más le agradaba, al chaval, la capacidad para seguirle el ritmo de los vicios sin perder demasiado los papeles. 

   Las chicas Ortega y el muchacho de las dos camisas estaban encantados con todo aquello de que nos llevásemos tan bien, ya que gracias a Jose el Bueno (así me llamaban entonces, supongo que por mi natural candidez y porque quizás hubiesen otros peores), gracias aquí a servidor, veían cumplido el objetivo del viaje, es decir, curar al desamado Manuel de la tristeza, sin tener que malgastar mucho de su tiempo en lamerle las heridas. Y podían dedicarse de pleno al turismo, que es lo que les interesaba. 

   Algún día no nos quedó más remedio que acompañarles en sus excursiones. Un de ellos fuimos a Padrón, a visitar la tumba de la Poeta ("jamás ha dominado en mi alma la esperanza de la gloria"), a un bosque interior de veras increíble, para acabar en la playa de O Grove, que da, supongo, de sobra para otro gulliver. Y para otro más, quizá anterior, o quizá para el mismo, queda contarte también los contratiempos que vivimos antes de llegar a ningún lado.