miércoles, 12 de junio de 2013

Happy happy birthday!!


   Bueno, Luis, que ya sé que no eres dado a las algarabías propias de los días de  celebración. Pero ambos podremos soportar, en la intimidad que nos proporciona el barco de Gulliver, que te mande un abrazo fuerte por el hecho de que seguimos cumpliendo años, que no es cosa menor. 

   No nos vamos a andar en la bitácora extendiéndonos en temas que nos vienen grandes. Lo maravillosa que es la vida, lo cabrona que se pone a veces, los sueños, las ganas, la eternidad. 



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   Había una vez, en uno de esos lejanos países que visita nuestro marino, una niña joven, una joven niña. Con ojos pendientes de todo, ojos de niña; con el cuerpo carnoso y fiero ya de mujer. Trabajaba en una vieja cantina que en todo nos recuerda a aquella que visitaba con asiduidad Long John Silver. La muchacha tenía trazas de gitana y, por dentro, la ley de los piratas. Una hermosa cicatriz le surcaba la mejilla izquierda. Se gastaba una mirada salvaje, que lo escudriñaba todo. Mas al marino no le engañaban esa desenvoltura alegre, ese desenfado, esa bravura, ese revuelo del aire cuando pasaba cerca. Se llamaba Marta y tenía una voz bronca que no le pegaba nada. Sería verano porque la chica vestía siempre camiseta de tirantes, de esas livianas, bajo la que se agitaban y hasta se estremecían unas tetas que estaban para comérselas.

   Tan grande era el prestigio que tenía la cantina en aquellos años que Marta iba allí hasta los días en que no trabajaba. Una tarde se sentó junto al marino y empezaron a hablar. Se despidió ese día con un beso rico y carnoso en los labios del chaval, que se quedó mucho rato allí, pensando en ella.

   ¿Dónde está el truco?, te preguntarás con gran razón. ¿Dónde el conflicto que ha de contener cualquier página que se precie en los diarios del Gulliver?

   Pues habrás de esperar paciente a que llegue un nuevo día, que para el de hoy , tan completo en amplias ideas, en cuestiones vitales y en temas cronológicos, ya tenemos el cupo de sentimientos sobrepasado, me parece a mí.



martes, 11 de junio de 2013

Bruno, un conejo blanco

   Lo de ser tan irresponsable no me viene de ahora, Luis. Ya desde la niñez tardía tengo episodios de absoluta irracionalidad que me llevan a cometer las acciones más absurdas e incongruentes. 

   A ello le achaco yo la manía que me entró por tener un conejo. Que ya ves tú.

   El hijo del herrero aquel, que se llama Santos Mansilla y que es pero que buen amigo, sabiendo de mis apetencias, se presentó un día en Segovia. Bien pudiera ser la ocasión en que Perico Delgado, ese hombre, ganó el Tour, pero a ello le dedicaremos uno o dos episodios en esta saga. El único motivo de su visita, o al menos el más reseñable, era hacer realidad mis sueños. Por el telefonillo me conminó a que bajase al coche y una vez allí, posó con mimo en mis brazos los que pasaría a ser Bruno, un conejo de apenas diez días y más blanco que mi corazón. Como tanta felicidad de sopetón nunca es buena, al cogerle yo entre mis manos y acercármele a la cara, por que se fuera acostumbrando a mis perfiles, comprobé, con gran disgusto, que tenía los ojos llameantemente rojos.

   -Joder, Santi, me lo has traído con mixomatosis.




   Ya me aclaró que vienen así de fábrica, los conejos blancos, al menos los conejos blancos albinos.  

   Como todo bicho viviente en tan temprana fase del desarrollo, el animal no parecía que fuese a entrañar en sí mismo ningún problema ni peligro para nuestra convivencia. Lo hacen así queriendo, los gnomos programadores que la Naturaleza, esa madre, tiene. Por asegurar la continuidad de las especies que, con tanto esmero, ha ido fabricando de tan a poquitos. Los ponen así como para comérselos y decirles tontadas. "Ay mi chiquirritín", en ese plan. Mas no tardó Bruno en mostrar sus habilidades. Una amplia gama. No era la menos celebrada el haberle cogido con ahínco el placer por morder las zapatillas del Maño, por ser, suponíamos, en aromas las más sustanciosas. Las dejaba de dos números menos en cuestión de segundos y bastante inservibles. Y, francamente, el sentido del humor del de Ariza tenía amplias lagunas. 

   Pero lo mismo que te digo una cosa, te digo la otra. Nos era, el roedor, de gran utilidad en las noches de farra. Con tan temprana edad era fácilmente transportable y nos lo llevábamos a los antros del placer que solíamos frecuentar. Me lo metía yo dentro de la camisa y asomaba, curioso, la cabecita por el escote; daba gusto verle. Otra manera más de que un gran tímido pueda iniciar una conversación. Cuando ya no nos podíamos aguantar las ganas de ir a bailar, bien porque pusiesen al Thorogood, bien por la cantidad del alcohol ingerido, me buscaba en un segundo, ¿como decirlo?, canguros cuidadoras para el animal. Siempre las elegía guapotas y con pinta de inofensivas. Se quedaban encantadas con el Brunito mientras nosotros, desaforados, le buscábamos el ritmo a la vida. Cuando regresábamos,  francamente sudorosos, las cuidadoras ya no sabían a quien cuidar y Bruno correteaba, solo y juguetón, por los sofás corridos del piso de arriba de la disco.



   Como nos pasa a todos, y más últimamente, Bruno creció. Creció sin freno ni sentido del ridículo. Se transformó en un conejo-monstruo de cerca de 15 kilos. Seguía igual de cariñoso pero ya no podíamos salir con él a la calle. Nos miraba como preguntándonos el porqué de aquel alocado engrandecimiento. Yo tampoco sabía muy bien qué explicarle. Cuando no estábamos en casa, le teníamos que encerrar en la terraza porque su apetito era más que voraz. Jodido conejo bulímico. Una zapatillas del Maño le duraban medio asalto. Tenía especial predilección por los papeles importantes. Todas las sillas empezaron a cojear... Una cosa...

   Siempre me acompaña ese factor suerte que creo no merecer pero que me facilita grandemente mi estancia en este valle de lágrimas. Un compañero del trabajo tenía granja multianimal. Un poco de todo. Nos despedimos con mocos y pañuelo, Bruno asomado a la ventana de atrás del coche, como en el anuncio. "Él no lo hubiera hecho". Joder, a veces, la vida.

   Supongo que por tranquilizarme, el granjero me iba dando novedades, cada poco, de su periodo de aclimatación. Al ser tan grande y estar, ¿cómo decirlo?, intacto, parece ser que desempeñaba un papel fundamental como procreador de su raza, con suma satisfacción tanto por parte de sus nuevos dueños como del propio animal. Pero como mi compañero tenía muy agudizado el sentido del humor, nos invitó a comer un día, junto a la galleguilla pecosa. Adivina qué había de segundo.













lunes, 10 de junio de 2013

Mis camareras y yo




      La consideración de gran tímido tiene, como vamos a intentar demostrar aquí, una serie de virtudes. La más evidente es enternecer a las posibles suegras de que allí dentro, debajo de todos esos arreboles y titubeos, en el cogollo de la cebolla, palpita un alma. Otra, no tan palmaria, tiene lugar cuando por la misma acumulación de timidez se sobrepasa el umbral máximo, dándose en ese caso la conocida figura del "ya qué más da todo". Suele acaban con el gran tímido subido en la barra del bar y a punto de bajarse los calzoncillos. Se recomienda solo en ocasiones muy especiales. Y sin posibles suegras a la vista. 

   Una tercera ventaja del gran tímido es que está obsesionado en conocer a gente. Una vez conocidas las personas, dan menos pánico, siempre y cuando vengan en grupos de menos de tres. Si no, el pánico es similar.

  Una ventaja de vivir en Segovia es que es una ciudad que no se aleja significativamente de la media de bares por metro cuadrado de España. La ventaja de los bares de Segovia es que suelen tener camarera. Yo también lo haría, en el improbable caso de ser el amo de una de esas barracas-vertederos de amor. Un conocido empresario del sector llegó a hacerme la confidencia de que él no hacía trabajo fino de recursos humanos. Lo que él hacía era casting. 

   Una de las ventajas de todo lo anterior, para el gran tímido, es  que puedes hablar con personas sin que medien presentaciones. Y lo que al principio era un frío y aséptico "ponme una caña, por favor, maja", al cabo de los días y sobre todo de las noches podría llegar a convertirse en el comienzo de una amistad. 

   Sí, Luis, salí con tres camareras en Segovia. Tendrán sin duda su lugar y sus días en este vademécum del sexo, la repanocha y el frenesí, pero hoy solo quería apuntar el hecho. Como mera curiosidad. 


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Nota del procesador de textos

   En nuestra última entrega, me pareció que una canción le podía gustar a tu hijo Arturo. Entretenimiento puro y duro, ganas de compartir solamente. Saliste del despacho y me dijiste que se la habías mandado. Te ibas tú también a la provincia esa mañana y no nos veríamos hasta hoy, lunes. ¿Qué fueron, siete segundos? En ese brevísimo intervalo de tiempo, no sé qué ocurrió, ¿un destello en la mirada, un movimiento enérgico de manos? En cuanto vine a casa me puse otra vez la canción. Y la verdad es que le va perfecto. Con lo cual, queda demostrado que una sección como la muestra, de tan solo dos unidades, puede llegar a unos niveles de interactuación, de suma de potencialidades y, sobre todo, de valor añadido, de la madre que lo parió.  Que viva la SATA, Luis.






jueves, 6 de junio de 2013

Tendría que reconocer que no tengo razón - Paseos por El Parral

   Yo cito mis fuentes, oiga usted. Y este título de hoy no me pertenece sino que es cantado en algún lugar por el grupo Lori Meyers. Al César lo que es del César. Y encima, reconozco que, cuando las estaba escribiendo, he pensado que esas palabras me iban a venir de perillas. 

   Pero una vez aquí puestas no sé muy bien qué hacer con ellas. 



   Hay días aquí en la bitácora en que todo se resume a un título. Con trampa, perezoso, zopenco las más de la veces. ¿El de hoy es enigmático o se trata de una declaración de principios? Muchos de los títulos que aparecen por aquí, muchas de las canciones que te he puesto no son otra cosa que declaraciones de principios. Aunque es harto arriesgado proferir semejantes afirmaciones tan solemnes ya que es dado del ser humano el creer que su versión de los acontecimientos es la buena, que no pueden existir otras y así vienen luego los malentendidos y con ellos las pendencias. Sé que es imposible que ese sea tu caso, por lo que aquí, en este barco callejero, me puedo permitir semejantes devaneos.


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   Toca ahora la música, me lo ha chivado Cronos al oído. Un poco marica, el Cronos, pero de lo suyo entiende.

   Esta, además, creo que le puede gustar a Arturo. No sé por qué. Si tú también lo piensas, mándasela de mi parte. Pero sin decírselo, eh. Su título también es una declaración de principios. O quizá sólo de intenciones.





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   Segovia es muy de pasear. Tiene el tamaño y el pasado adecuados. Qué importante es haber tenido un par de reyes no del todo malos en tu historia. Una lotería.



   Bien sea intramuros o por las riberas de los dos ríos, Gulliver se da largas caminatas. Siempre él solo, por más que le decían que era arriesgado para la mente, ya que estos hábitos despertaban a los demonios, y estos son pérfidos y maldicientes, por definición. Y engatusan y enredan.

   Hoy toca caminar por los Paseos del Parral y de la Fuencisla, con parada obligatoria en la iglesia de la Vera Cruz. El joven marino lo observa todo. Absorbe el aire afrutado, los olores que salen de las ventanas, el tacto de los muros de las casas, el piar alborotado de los gorriones, las luces pestañeando entre los árboles. 

   Ha pasado un momento a saludar a su amigo Leopoldo Yoldi. Leopoldo es mago de los bosques pequeños. Tiene una vitalidad de primerizo y unas gafas pasadas de moda, por las que mira todo como que todo pueda ser mejor, a nada que nos lo propongamos. Pronto le vinieron a avisar de que si seguía con esa actitud no iba a alcanzar nunca las más altas cimas de la miseria en que ellos se emponzoñaban. Era ingeniero de montes en los tiempos en que un ingeniero de montes era otra cosa. Se llevaba unos disgustos de caballo. Por el marino sentía una estima especial, que era justamente correspondida. Se bebieron un vaso de vino en el jardín. A su mujer, que leía en una hamaca, sólo se le oía cómo se le escapaba algún bufido o directamente ya la carcajada. 

   -No estás pendiente de tus lecturas, bella dama.

   -Es que sois unos gamberros. 


   Después de la charla, el joven marinero prosigue su trayecto. Cuando ya está casi atardecido (es el momento preciso) entra en el templo rosacruz y allí reafirma su juramento. Ni a dios ni a patria ni a patrón. La libertad, solo, siempre. La libertad.  







miércoles, 5 de junio de 2013

El "Proud Mary"

   Nadie quiso acompañar al muchacho. Decían que si estaba loco. Que se dejase de memeces. Así que tuvo que hacerlo él solo.

   Esa noche le había venido a llamar la inspiración. Toc, toc, hizo a su puerta. Llevaba tiempo esperándola, casi desde que empezaron sus aventuras a rodar. Sabía que era un asunto en el que no valían las prisas. Ni los empeños.  




   -No os lo repito más- les advirtió. 

   -Gulliver. Estás pirao- se mofaban.


   Así que tuvo que ir él solo. 

   Al llegar se remangó y fue pintando una a una las letras con todo el mimo que reunió. Primero las silueteó con una lápiz de carpintero. De tanto en tanto se alejaba unos pasos hacia atrás, para comprobar el resultado y el efecto. "Las estrellas son testigos" declamó con una sonrisa. "Veniros al más acá", las invitó. Cuando terminó el último de los trazos posó el cubo con la pintura y se volvió a alejar. Se sentó en el suelo. Se prendió un cigarro y boqueó un humo espeso y satisfecho. Sacó del morral dos botellas de cerveza. Abrió una, limpió el gollete con el faldón de la camisa y dio un trago largo que notó cómo atravesaba su garganta. La otra botella la lanzó contra el barco y se hizo añicos . 

   -Querido compañero, viejo amigo. Hoy te bautizo.









martes, 4 de junio de 2013

Los amos de la barraca

   Daba ya por cerrado el capítulo dedicado a Elena en este Gulliver. Pero no paran de chaparrear recuerdos, vaya mayito hemos pasado, cómo de invierno empieza junio. Y además, tengo la sensación de que se merece el marino algo más de tiempo en su compañía.


 
   En aquella ciudad, en aquel entonces, era verdadera y enorme la pasión que se profesaba a lo del futbolín. Lo cuál le ofreció al muchacho la ocasión perfecta para festejar. Ni que se necesitasen motivos. Concedieron los hados que su princesa Elena fuese también una gran jugadora. Y para que la felicidad fuese inabarcable, formaban entre ambos muy buen equipo. Elena jugaba atrás y era segura y cañera. Lo paraba todo. Le arreaba fuerte y seco. Sonaba a truenos y el marino aullaba. Combinaba bien poco aquello con el tweed de la chica y su melenita rubia de no haber roto un plato, pero ello no era sino otro as en la manga con que alcanzar la más aplastante de las victorias. 

   Se formaban auténticas colas para poder jugar con ellos. El amo de la barraca estaba encantado de tanto vender cervezas. Pero no se daba cuenta de que los amos de la barraca eran ellos. 

   Qué bestias, oye. El chaval, cuando procedía, se dedicaba a hacer fantasías, virguerías y filigranas con las que enfurecer al prójimo. Efectitos, delantera-media-delantera... Algunas veces, cuando los otros se empeñaban, jugaban a dinero, pero no eran de su agrado esas lides con otro premio que no fuese el poder berrear alto. Cuando los rivales procedían de Madrid, querían imponer sus normas. Que si no sé qué, que si no sé cuál. La princesa, entonces, dictaba ley: "Aquí vale todo menos meter la mano".





lunes, 3 de junio de 2013

Elena

   El grupo de ex futuros informáticos duro poco. Fue intensa pero breve, la relación. Llegaron las vacaciones, se fueron yendo todos y yo me quedé con Elena. 

   Al único que seguí viendo, y eso de ciento en viento, fue a Félix (creo que así se llamaba el carcelero, pero no me hagas mucho caso). Eso sí, cuando nos encontrábamos por Segovia nos poníamos muy contentos y, rápido, nos liábamos a festejar y la echábamos larga. Un par de veces me tocó ir a la prisión, en no demasiada buena forma, a  ver si podía con algún problema de tipo mediano en sus equipos informáticos. Daba canguelo tanto abrirse y sobre todo cerrarse puertas con estruendo y tremendos cerrojos.



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   Llegó el verano y allí que nos quedamos Elena y yo. Y poco a poco... con el calor... Fue una relación atípica, fácil de llevar, sin lo tremendo de las emociones subidas de tono. Más que amarnos apasionadamente se podría decir que nos teníamos un cariño de la hostia. Nos queríamos sin muchas alharacas. Elena tenía un crío de cinco años al que nunca llegué a conocer. El padre estaba en Madrid. Lo habían dejado al poco de nacer el chaval pero, casi cada fin de semana, Elena y el hijo se iban a ver al padre. A mí qué me iba a importar. Me daba un poco de pena por ella pero es que en su casa no le dejaban separarse. Sus padres. Un poco de surrealismo segoviano. O de sub-realismo, mejor.  Sub-segoviano.

   Me ha apetecido acercarme al baúl de los recuerdos, donde voy almacenando los que me van cayendo; lo tengo petao, el baúl, últimamente. He encontrado una foto suya. Me ha hecho revivirla con mayor nitidez y cariño. Dientes blancos de colegio de pago. Como decía la canción, "con el pelo rubio, y los dientes rubios..." Siempre vestía de tweed. No sé muy bien qué es eso pero parece definir con bastante exactitud su manera de vestir. Como con americana y jerseys de cuello cisne, de color pistacho tostado. Eso durante el curso. Con el calor se empezó a poner unas minifalditas negras (muy tweed también) que, con sinceridad, le quedaban estupendamente. En la foto me mira, riéndose, en un bar, como diciendo: "¿Pero qué me estás contando?".

   Se pintaba la raya del ojo de un azul que casaba a la perfección con sus pupilas. No era muy frecuente verlo, entonces. Pero yo ya tenía experiencia y no me sobresalté.

   Cuando nos empiltrábamos, lo que más hacíamos era hablar. Luego, al rato, cuando llegaba el silencio, ya fuese por ganas o por cómo son los instintos, nos empezábamos a acariciar. Siempre con esa sonrisa, zalamera, Elena me iba arrastrando hacia sí. Con suma suavidad. Dirigía el dueto, por así decirlo, y yo le dejaba hacer y también me reía. Recuerdo como le empezaban a chispear los ojos y empezaba a chispear yo entero. Cuando ya me tenía muy, muy cerca, se olvidaba de los miramientos y se ponía hecha una bestia. Ya no se reía sino que se descojonaba. Y a mí también aquello me hacía un montón de gracia.

    Llegaba un momento, ya no muy lejano el final, en que se olvidaba de mí, completamente. A mí me encantaba observarlo. Era como que quisiese subir a su cielo, disfrutar de aquello todo para ella. Como pensando: "Me lo tengo bien ganado".