miércoles, 27 de noviembre de 2013

12 años

   Hoy, no sé por qué coincidencia de fechas (debe de ser el aniversario de boda de sus padres), me he enterado gracias a Charo de que llevamos justamente 12 años viviendo en nuestra casa de Cardeña. Un buen pedazo de nuestra existencia. Pero...



   Cómo cambia la medida del tiempo con los años. O lo que cambia es solo su percepción y el terco reloj se empeña en ser exacto hasta la prudencia, matemático, irreal, cruel.

   Así debe de ser, ya que, por poner otro ejemplo que nos es propio, no me puedo creer que tú y yo nos conozcamos desde hace apenas media docena de años (aprox., soy un pésimo cronometrador,  entre otras múltiples, amplias y quizá más perniciosas carencias). Me imagino que el andar contándonos nuestras vidas, de un modo u otro, hace que ese tramo vital se aquilate, tanto en mérito como en realidad, y, bueno, qué quieres que te diga, a mí me parece conocerte desde hace mucho.



martes, 26 de noviembre de 2013

¿Dar un paso adelante?

   Quizá vaya siendo hora ya de dar un paso más, hacia delante, en la vida del marino Gulliver. Ya que si no, corremos el grave riesgo de caer en la contradicción de que nos dure más el relato que la vida. Se resiste, aún así, el escribidor. Las balas están contadas y no es inteligente marlotarlas. Y hay tanta Segovia aún en él:

   Las visitas que nos hacían las chicas de Valladolid, chicas premonitorias  por lo tanto. 

   El T, huerfanito que era la auténtica recaraba y al que entendemos con ápice de cordura que es mejor citar por su (o no) inicial.

   El pantano de Revenga.

   Moca, la secretaria de alto cargo. 

   ...




   Cada cual daría para uno y cien gulliveres. 

   Quizá sea una de las ventajas de todo esto.

     

  

   




lunes, 25 de noviembre de 2013

Dos dedos

   Releo a menudo los últimos gulliveres en busca de más erratas de las que me señalas con primor. De fallos garrafales en el estilo. De grietas insalvables en la trama. Y también por ver si me gusta. Como soy presumido e inconsciente, a veces me viene de perlas para seguir escribiéndote. 

   Así que he repasado ese diario de bitácora de los últimos días. Desde que conversaba con el camello labrador. Y justo al final, cuando ya terminaba y me disponía a realizar otros viajes en mi mundo, he reparado (tú ya lo habrás hecho hace tiempo) que en la foto de Ricardo sale la esquina de una mano que le protege. 

   Llevo días hablando de Cuchi. He revisado los rincones de la memoria a su encuentro. He vuelto a ver las fotos que tenemos juntos. Cuando escribo estoy todo el día alerta, pensando, marrullando en mis adentros mientras imagino recuerdos. Esa música repetitiva, casi salmódica, que a veces se muestra al mundo en un revibrar de mis labios, me ayuda a concentrarme. A Lucía y a Charo les hace mucha gracia. El día que me falte ese retumbar del pensamiento, que es como una pátina que recubre todo mi decorado cotidiano (como un enorme chal), que es una manera de estar pensando más rato, que es la manera de pensar en lo que luego te escribo, ese día, sansejodiose el Gulliver.  



   Llevo días imaginándome (e imaginando, supongo) a Cuchi, te decía. Y no ha sido hasta que he visto sus dedos, apenas una falange pero que casi he tocado, de lo próximos que me han parecido, que no me he acordado realmente de ella.

   A ver si van a ser verdad todas estas cosas que te cuento.





viernes, 22 de noviembre de 2013

Ricardo

   Como Gulliver es personaje juguetón y saltarín y bastante barullero, le gustan los bucles y las peripecias. Así que no es infrecuente que me haga vagar de un lado para su contrario. Aunque no sabemos si existen los contrarios. Y eso es algo en lo que tendríamos que pensar. La cuestión es que si ayer bregábamos con el indómito sobrino hoy nos viene a visitar nada menos que Ricardo.






    El hecho de que Ricardo naciese con Síndrome de Down seguro  que altera la percepción que tuve de este chico. Fijo que su mal le hacía comportarse como la persona más maravillosa del mundo, por que le tuviesen cariño. Mas eso es algo que se habrá ido fraguando en las calderas de nuestros genes desde hace la tira y a Ricardo le llegase sobrevenido ya que a su edad, que coincidía aproximadamente con la del sobrino (3 o 4 años tendría) era evidente que no cabían razonamientos tan abstrusos con el que hemos dejado caer en la búsqueda de porqués para su empatía. Como que hiciesen falta esos porqués. Pero te cuento.

   Ricardo era el (llamémosle) casus belli de uno de los minitrabajos de Cuchi. Y lo llamamos así porque allí, menos Ricardo, todo el mundo estaba a la gresca. Cuchi se encargaba de estar con él por las mañanas y también las noches cuando los padres faltaban. Estos, es típico, eran médico y enfermera (respectivamente). Ambos en la cuarentena. Él circunspecto, ella era bruta. Tanto entre ellos como con Cuchi las trifulcas eran constantes, la mayoría de las veces con motivo de discrepancias en la educación del chaval. El padre directamente pasaba. La madre pasaba también pero había adoptado la postura, fija, inamovible, de tratarle como si fuese una persona completamente normal. Y Cuchi que no se enfadaba porque no sabía pero se ponía de los nervios. Supongo que conoces que, además de cierto déficit mental, esa enfermedad lleva asociadas otras cuantas en el mismo paquete. Las probabilidades de ser diabético se multiplican, los dientes nacen en sierra y se convierten en un arma con la que lastimar pero sobre todo lastimarse. Solo son dos ejemplos. 

   La técnica de la niñera era sobreestimular al crío. Y así se pasaba las mañanas metiéndole tralla, de aquí para allá. La mayoría de las veces hacían por estar en la plaza mayor a la hora de mi desayuno. Nos tomábamos un par de cañas, nos pedíamos un par de pinchos. De estos uno y medio se lo cepillaba un Ricardo de lo más agradecido. Serán mecanismos de defensa y lo que quieras, pero tenía una sonrisa que más que contagiosa era pegadiza y unas salidas de madre que nos dejaba flipaos. Sí, llegué a adorar a ese chaval. Incluso, en nuestra juvenil inconsciencia, nos pensamos adoptarle.

   Luego, como vengo amenazando desde hace ya ni se sabe, me fui para Valladolid. 

   Después volví poco, si exceptuamos los meses siguientes, el tiempo en el que Pepe aún vivía allí. No sé el motivo. Pienso quizá que vaya a darme pena encontrarme con otro lugar y con otro yo. 

   Solo una vez he estado allí con Charo y de eso ha pasado un rato. Lucía aún no había nacido. Me sentí gratamente turista. Y a la vez conocedor. Así que no es raro que llevase a Charo (casi con los ojos tapados) a un chiringo que había a pie de carretera en Valsaín. Nos rodeaba el olor de los pinos silvestres que, según dicen, son oriundos de allí. En ese chiringo, si sigue existiendo, ponen una tortilla de patata y unos callos que, directamente, te mueres de placer. Estábamos sentados en la terraza, a la sombra de los árboles. A mi espalda oí una voz machacona que impelía a su interlocutor a ir  otro lugar. Aquello me sonaba. Me di la vuelta y allí estaba un Ricardo ya adolescente, grandón, con una sonrisa como la luna, dándole la tabarra a su madre (por la que también habían pasado los años). Al levantarme me vio y no veas el abrazo que nos dimos. 

   Bueno, en fin, que aquí te lo presento. 




   

jueves, 21 de noviembre de 2013

El sobrino

   Los domingos a la noche, cuando llegaba a Segovia, Cuchi me esperaba ya acostada. A veces me sorprendía en la cama, en la oscuridad de la habitación, otro cuerpo menudo. Era su sobrino, al que había rescatado del frenesí de su hermana y su cuñado, los padres del chaval, que pululaban por la ciudad como fantasmas histéricos en busca de sus dosis. Así que el chaval era hosco y pendenciero. A sus tres años ya no había quien hiciera carrera con él. Con nosotros medio se comportaba. A veces hasta jugabamos como niños de tres años. Pero había que estar siempre al tanto, ya que no conocía la palabra gratitud o la tenía tan cubierta por otras menos amables que le costaba, al chaval, le costaba. Recuerdo un día. No haría mal tiempo porque estabábamos en un bar en la calle. En Segovia es frecuente que los bares tengan una ventana que dé directamente a la barra y desde allí, te sirvan las bebidas. Después de negociaciones y algún ruego, Cuchi se rindió y sentó al niño en esa barra. Como era muy parlanchina en seguida estaría embebida en alguna conversación con amigos. Yo simplemente observaba. El crío me miró y después me desafió con la miraba. Y acto seguido, dándome un tiempo precioso pero no el necesario para reaccionar y llegar hasta él, se dejó caer desde allí, pegándose un buen batacazo. 

   Fue la primera vez que entendí el concepto de la palabra sadomasoquismo. El pedazo de cabrón.   








miércoles, 20 de noviembre de 2013

   He bregado con un buen número de camellos, bien por necesidad bien por mera casualidad. Son engendros de variado pelaje pero en todos he encontrado una característica en común: el estado de alerta. Lo que les confiere unas personalidades en las que es complicado introducirse, ya que no se están quietas. En algunos el asunto llega a la paranoia. Otros, que lo llevan razonablemente, pueden iniciar contigo una conversación ligera pero sus ojos saltan cada poco a la puerta del local donde nos encontremos. Y así, has de reconocer que es difícil. 

   Los hay que lo llevan mejor pero, chico, el negocio es el negocio, y cuando llega el siguiente cliente pasas a ser transparente. 

   Por el ajetreo o por los nervios, estas conductas se convirtieron hace tiempo en hábitos y en casa son igual. De pensar breve, sin casi rascar. 



   Por ello me resultó curioso el proceder de aquel al que conocí en mis tardes dominicales y medinenses, del que te hablaba ayer. Se llamaba Manolo, lo cual siempre amoldará la actitud. Parece ser que llevaba la explotación agrícola de sus padres, ya jubilados. Había estudiado Filosofía y Letras y al acabar se pensó que el sitio más rentable y cómodo en el que aposentarse iba a ser allí. La mayoría de las tierras las tenía en La Seca y, pese al topónimo, no eran del todo infértiles. Como el número de hectáreas no era excesivo y contaba con la maquinaria adecuada, las labores le llevaban el tiempo que le llevaban y el resto le daba de sí para leer, escribir y echarse buenos ratos en los bares del pueblo, con la gente. Le gustaba fumar hachís y, como tonto no era, hacía que se lo trajesen de buena calidad. Como Medina, mucho nudo ferroviario, pero no deja de ser un pueblo grande, pronto las amistades, envidiosas del género, le empezaron a pedir. Y así poco a poco...

   Nunca había vendido otra cosa que chocolate y en unas cantidades que le permitían amortizar sus vicios y a la vez no meterse en excesivos problemas. No hacía por ampliar clientela y estoy seguro que al mínimo toque de atención por parte de la autoridad, hubiera dejado el trapicheo sin ningún esfuerzo. Por ello, su comportamiento era tan natural, tan ingenuo, que no levantaba sospechas. 

   Tenía un concepto del mundo bastante alejado del academicismo, aunque se le notaban los estudios. Yo se lo decía y él, sin falsa modestia, me retrucaba que más se le apreciaban las horas de tractor. Al cabo del tiempo llegamos a prestarnos alguna lectura.  

   Luego apareció Pepe con su Corsa y todo termino como había empezado.

martes, 19 de noviembre de 2013

Domingos en Medina

   Que nos conforme la ubicuidad. Y que luego haga de nosotros trocitos de papel que el viento transporte en primera categoría.

 
   Sí, Luis. Todavía estoy mareado con el bueno aquel del portero de college inglés a más no poder. Toditas las almas. Y no sé si ando aquí y ahora o en los años 90 del siglo pasado. El cuerpo lo tengo bien ecológico y la cabeza a pájaros. Será el trancazo o la vida que va a trasiegos. A salto de mata. Hoy Sara (sí, mi cajera predilecta) me ha reconocido que casi nunca se maquilla. Los sábados, en cambio, sí. Tiene una compañera de exactos horarios y parecido diseño. Pelo lacio y dientes de ratita. Se intentan poner en puestos cercanos por si ha lugar a retazos de conversación. Eso sí, si se enteran los encargados, les preparan la bronca. Tendría que convocarlas a ambas a una reunión en terreno neutral por ver cómo se comportan. Ya jugamos a devolvernos la tarjeta con mano y al lío que nos hacemos al soltar la tarjeta y quedarnos aunque sea un segundín con la mano e ir esbarándonos en el espacio tiempo. Suena, entonces, fuerte, la bocina de un tren. 

   En Segovia, antes de actualizar mi carné de conducir y de que Pepe entrase en mi vida a facilitar los desplazamientos, no me quedaba más remedio que volver de mis descansos burgaleses en tren. Salía desde la estación a media mañana del domingo. Allí me encontré la última vez a Angélica. Allí me había encontrado por última vez con María. Luego vino el tiempo a remediarlo pero ese es otro cantar.

   A la hora de comer estaba en Medina del Campo. Hasta las nueve de la noche no salía ningún operativo para mi destino. No sé si es un poco triste haberse hecho amigos de unas horas de domingo. 

   Comía cada vez en un establecimiento distinto y después me volvía a la estación, en cuyos aledaños existían un par de pubes de pueblo, quizás los únicos del lugar, en los que sonaba buena música. El camello local le dedicaba a su jornada laboral una gran parte de su vida. Era vocacional, lo suyo. Hubo grandes partidas de billar contra él, con inciertos resultados. Y charlas de taburete.