viernes, 13 de diciembre de 2013

Un día suelto y un poco torcido

   Ya. Ayer no hubo gulli. Muy a mi pesar y debido a causas que me fueron ajenas. Lo de los imponderables, que para este blog que nos ocupa, se vale como motivo de falta. Por ahora no se valen muchos más. Y el primer sorprendido de tanta y tanta constancia es el propio Gulliver, no te vayas a pensar.

   El imponderable vino, cómo no, de un fallo en la internet de mi casa, que no había ni bien ni mal. Hay días que empiezan así. Tú te sabes los protocolos. Apagar y encender el ordenador, meter un alambrito en un agujero que a tal efecto lleva incluído el router y poco más. Si así no funciona, malo, por más que mi proveedor telefónico tenga servicio full time. Ya que el siguiente paso, sí o sí, es llamar al servicio de asistencia y estar un rato de un 902 a otro, cagándote ya en sus muertos. Y no tenía yo cuerpo belicoso a las cinco de la mañana. 

   Hay días que empiezan así. Pero para eso precisamente me tomo la pastillita, para dejar a la vida ir transcurriendo. 

   En los días que empiezan así es normal que, cuando (diez minutos antes de salir de casa a currar y, previamente, dejar a la Pollo en su insti) enciendo el coche para que se vayan deshelando los cristales, el claxon empiece a sonar continuo y estridente. Ocho de la mañana de una tranquila calle de pueblo. El vecindario encantado supongo. No sé si han sido los juramentos o los cuatro puñetazos que le he pegado al volante, pero la bocina se ha callado. 

   Va uno como con prevención, ya, así que, en días como estos lo más normal es que cerca ya de nuestra (querida) empresa, las marchas se pongan duras y tengas que salir de los semáforos en tercera y a trompicones. 

   A mí esto del coche me pone muy nervioso. Ello es debido, sin duda, a un desconocimiento tal que le imagino como un todo y no como la suma de partes que sin lugar a dudas es. Hasta le coloco un alma postiza y de postín. Supongo que lo que ha pasado es que (todo él) se ha cogido una aguda pulmonía por dormir en la calle en semejante noche. Siete bajo cero me pestañeaba cuando ha dejado de pitar. Con lo cual, mi única ocurrencia ha sido dejarle en un lugar soleado del aparcamiento y suplicar por que se le pasase no sé si el achaque o el enfado.  

   En días así, lo único que haces es pasarte íntegra la mañana pensando que has hecho lo que no tenías que hacer o su propia viceversa, que no has hecho lo que tenías que hacer.  Pero ya no hay tu tía y,  a la una y media, en nuestro habitual relaxing tobaco time, me acerco con toda la prestancia de la que soy capaz por ver si al auto se le han ido los males. Como mozo de espadas me llevo a Ignacio, que para eso vale un montón.  Pero nada, su comportamiento no ha mejorado ni un poco. Quizá en todo caso ha empeorado ya que las marchas no entraban ni a puto empujón. Para eso viene bien Ignacio, para detallarte los pasos a seguir y las conductas prohibidas. No, Luis, no. Liarme a patadas con el coche no sirve de nada. Y menos en días así. 


   Después ha venido el encaje de bolillos para seguir como si tal cosa, añadiendo a las tareas cotidianas la programación seguro-grúa-taller, y con los peores augurios, ya que hay quien se ha apresurado a informarme de que una caja de cambios de mi coche no baja de los 8.000 euros. Sí, comer sí que he comido y hasta me he echado una minisiesta pero todo ello y como dijo el poeta, tan ausente. 


   Luego ha llegado el de la grúa (y puntualísimo), ha subido el pedal del embargue hacia arriba (un movimiento nada natural para dicho pedal) y las marchas han empezado a engarzar como si tal cosa.

   En días así, el rebote hacia las zonas felices del alma no termina de producirse con la intensidad obvia. Ya que me informan en mi taller de cabecera de que algo por ahí hay tocado y no sé cuantas. Pero el coche andaba.

   En días así, llega uno a casa pensando que quizá se tendría que sentir más alegre. Y pensando y pensando, se va vaciando los bolsillos en el trozo habitual de la estantería. La tarde decae y aún no ha encendido las luces de casa. Nada más dejar las llaves y lo suelto y el tabaco y las gafas, nota como algo se precipita del estante hacia el suelo y oye un (terrible) sonido de cristales rotos. 

   En días así, en los que todo se tuerce pero no llega a retorcerse, los añicos no pertenecían a los cristales de las gafas sino a una bombilla fundida que allí había dejado yo hace una semana con la intención de, en algún momento, acordarme y comprar un nueva.

   ¿Tendrá en todo esto algo que ver el Bolson de Higgs?




miércoles, 11 de diciembre de 2013

Lento proceder

   Todas las tardes sucedía lo mismo. Pero esta repetición de los juegos no les hacían menos jugosos. A veces ya no poníamos ni película. 

   Lo recuerdo como si fuese ahora mismo. Después de estar todo el día juntos, de aquí para allá, y de allí para acá, llegábamos a casa . No había que forzar conversaciones ni nada. Solo estar.

   El salón era amplio, luminoso. Al fondo, tras lo ventanales, la Bola del Mundo, que suena a algo severo pero que no deja de ser un lugar donde van los pijos a pijear. Desde lejos, eso sí, lucía franca y radiante, pero los habitantes de esa casa no hacíámos ni caso. Ni puto caso. Moca (no, no se llamaba Moca) se  sentaba en el sofá o en la mullida alfombra. Habíamos quitado la mesa y teníamos una alfombra mullida, casi un gimnasio de alfombra mullida. 

   Después de todo un día con Moca lo que menos te apetecía era pensar. Por su cabeza no sé lo que pasaría. O sí lo sé, pero era tan vorágine que no vale la pena desenmarañarlo aquí. Nos íbamos acercando casi como gatos en pelea, con movimientos lentos pero evidentes. Cuidado que nos pasó veces pero (a efectos prácticos) siempre era como la primera vez. Cuando ya estaba yo muy cerca le salía en la braguita una manchita de humedad. Con lo lento que procedíamos y cómo se aceleraba uno por dentro. 

   Así ya muy cerca nos frotábamos la cabeza contra el hombro del otro. Nos quedábamos callados o seguíamos hablando de cualquier cosa, de lo que estuviésemos hablando, que no tenía ninguna relación con aquello que se iba también acercando cada vez más. Yo LE tocaba y la manchita se extendía de lado a lado. Ella me buscaba hasta encontrarme y en la conversación entraban gemiditos que nada tenían que ver con la conversación. La conversación a veces se interrumpía cuando no tenía que interrumpirse, por culpa de unos besos que no puedo sino calificar de rabiosos. En la tele Melanie Griffith llevaba peluca y casi seguro que sonaba algo salvaje. 

   Pero hasta la tele era entonces de otro mundo.



   Nunca pasamos de ahí, por así decirlo. Ignoro los motivos, si tiene que haberlos. Solo nos restregábamos y nos toqueteábamos muy pero que muy despacito, que a mí me parecía raro con la vorágine, despacito pero sin pausa, hasta que nos pegábamos la gran corrida, normalmente yo encima de ella, y nos quedábamos así un ratito pequeño. Luego Moca (jijijí, jajajá) metía sus cosas en el bolso y me decía chau, hasta mañana.

   Algunas veces nos regalábamos nuestras bocas, nuestras lenguas, que al acariciar el sexo del otro también cortaban la conversación por un momento.



  





martes, 10 de diciembre de 2013

Moca

   Dice las malas lenguas que era una descarada y una calentona y que no tenía ni un poquito de vergüenza. Y yo aquí la defendería si fuese ello mentira. Si fuese necesario. Y si no le viese más que ventajas a esos tan cristianos calificativos. 

   Se echó un amante que no era otro que mi mejor amigo, al que casi duplicaba en edad. No digamos ya en talento y recorrido. Mi amigo se obnubiló y así estuvo mucho rato. Le traía y le llevaba a su antojo. Y a mí con ellos, muchas de las veces. Yo me preguntaba que a qué tanto correr para no llegar a ningún lado. Todo era un frenesí. Con sus zonas peligrosas, claro. 

   Llegué a conocerla muy bien. 






   Luego mi amigo volvió a su tierra natal y me dejó a mí al cargo. No sabía muy bien qué hacer con ella. Nos paseábamos el uno al otro, por toda Segovia. Y cuando nos cansábamos de beber y de comer en los sitios más chorras y más caros, nos íbamos a casa y nos poníamos una peli en el salón. Pero no era muy de cine. Y entre eso y que al medio tumbarse en el sofá se le veían unas braguitas inmaculadas...









jueves, 5 de diciembre de 2013

Diplomacia rusa

   Ya que vagamos, como a lo tonto, por aguas laborales quizá es momento de hacer embarcar en nuestra nave  a un personaje de esos que llamamos transversales, nada menos. 

   Miento al decir que se llamaba Moca pero creo que así es mejor. Secretaria de alto cargo. Había nacido para ello, parecía. Sabía estar. Controlaba la situación hasta cuando el jefe del cotarro (su jefe) había perdido el norte y no le apetecía sino llorar. 

   Sabía sonreír de mentiras, dándose cuenta de ello al primer vistazo, tanto ella como el interlocutor, mas no podía este sino contagiarse del gesto. Las llamadas "sonrisas de cable de acero". Casi diplomacia rusa. Aunque la estética era muy otra. Iba siempre hecha un pincel e, impepinablemente, con una minifadísima, cuando aquellas medidas de tela no eran ni habituales ni, quizá, prudentes. Era (y seguro que sigue siendo) muy guapa. Pero bajita y con esos movimientos respingones de las guapas bajitas. Todo garbo. La voz la tenía un poco ronca, de tanto fumar, y sus ojos no paraban quietos. Nos sacaría, a nada, ocho o diez años. Tenía un coche (igual que ella) pequeñito y juguetón, con el que revoloteaba por toda Segovia y sus callejones. No paraba. Se buscaba amigas atormentadas, recién separadas de sus maridos. Ella estaba casada y tenía un hijo que jugaba al baloncesto. 



   Paro de sopetón. 

   No estamos dibujando nada bien el personaje. Quizá sea conveniente dejarlo madurar, que se apropie otros ratos de nuestros pensamientos y así vaya apareciendo más nítido o por lo menos más real. 




   Tampoco vas a estar esta mañana mucho rato en la oficina, así que viva la incongruencia, quete planto el último disco entero que ha publicado Sting, el de los Police. Más tranquilo que entonces, habla de su pueblo natal, costero y con problemas. El último barco, como el nuestro. ¿Ya te había puesto algo, no?


 




   





miércoles, 4 de diciembre de 2013

Qué empresa, nuestra empresa


   Como ya hemos dicho en estas páginas, T tenía más vicio que una garrota. Aunque (por razones profesionales) supiese artes marciales, su carácter jovial y su naturaleza pacífica impedía que se viese metido en demasiados líos, pese a ese vicio que tenía y los efectos colaterales que suelen acompañarle Jimmy y yo en horario laboral nos limitábamos a darle un par de caladas al porro de la última ronda. Después nos íbamos con todos los gerifaltes de la Delegación a tomar unos vasitos a la Plaza Mayor, que estaba muy cerca. No era extraño que llegase un ordenanza sofocado a buscar (de bar en bar) al delegado o al secretario o al asesor. Eran otros tiempos y nuestra empresa, muy reciente, como de juguete. Otro ejemplo. Jimmy y yo éramos, no sé por qué artículo, los encargados de comprar todo el material informático. A nuestro aire. También íbamos los sábados por la mañana a trabajar, por la patilla. Queríamos hacer un programa desde el que pilotar totalmente el barco de la administración autonómica. Esos días sí que nos dejábamos invitar por el T a un tirito y de ahí esas ínfulas informáticas tan inabarcables. Nos lo pasábamos de cine. Eso sí, solo completamos los primeros esbozos de nuestro proyecto. Una página en la que, gracias al turbobasic, aparecía, junto al escudo de la Junta, un menú muy apañado con las consabidas entradas: altas, bajas, modificaciones, consultas y salir. Eso es la vida, a eso la hemos reducido, Luis.

   Cuando venía el Consejero de turno siempre nos le traían al despacho a que le enseñásemos. De toda la aplicación unicamente teníamos un mínimo ramal, cogido con alfileres, que era por donde le íbamos empujando al politiquillo. Das aquí a "consultas", luego seleccionas la consejería, luego vas aquí a "personal" y eliges al funcionario y puedes ver su vida laboral. Quedaba asombrado el animal del poderío de esas nuevas armas y por que no llevaba medallas encima que si no nos hubiera impuesto alguna.

    Los jefes de entonces eran como los de ahora pero a escala menor. Por falta de entreno o de poder, o simplemente de experiencia. Un delegado que no fue de los peores se empeñó en construir un edificio moderno donde albergar a toda su tropa. Lo tenía todo pensado. Yo le insistía que no había que olvidarse de la piscina, fundamental. Y Jimmy se ponía transcendente y le decía que sí, que era cojonudo construirse una pirámide para el día de mañana. 

   Otro jefecillo, este secretario territorial y niño a partes iguales, muy repelente, nos encargaba todos los años que le hiciésemos la declaración de la renta. Lo peculiar, si a ello llega, es que nos la mandaba hacer del revés, empezando por la cantidad que estimaba que le tenía la Hacienda pública que devolver. Conciencia social, servicio público. Se gastó, el muy cabrón, ochocientas mil pelas (de esas que son de todos) en un mueble donde posar el ordenador, en su despacho.Con su antojo podíamos haber comprado tres o cuatro equipos, lo que en aquel entonces era casi duplicar nuestros recursos rumbo al futuro. 








martes, 3 de diciembre de 2013

T


   Cuando ya llevas un tiempo en esta ciudad, si vas con prisas atravesar la Calle Real, subiéndola o bajándola, puede llegar a exasperarte. Parece que los segovianos no hagan otra cosa en su puta vida que pasear (calle arriba, calle abajo) por dicho lugar. Así que cada dos pasos te tienes que parar a saludar a conocidos. A veces, las menos, esos encuentros se convierten en bocacalles por las que girar y cambiar con ello el destino del destino.

   No puede ser de otra manera si te encuentras con T, huerfanito por ambos ramales de la genealogía desde que era un crío. Todos se asombran en la ciudad de lo bien que, no se sabe cómo, ha ido dibujando su autobiografía día a día. Ahora es segurata de mi empresa. Le queda el uniforme como a un adefesio pero ninguna de mis compañeras se queda sin su retrechería cada mañana. Es alto y narigudo, con gafas de cristal grande, y cuando se ríe, lo que hace con excesiva frecuencia, la cabeza se le baja hasta tocar casi el pecho y allí rebota y vuelta a empezar. Se parece entonces a los buitres pelmazos del Libro de la selva (versión Disney). 

   Tiene bastante vicio, T. Y alguna vez le acompañamos Jimmy y servidora a hacer la ronda y en el aparcamiento que hay en la parte trasera del edificio nos fumamos un porrete sin mucho disimulo. Supongo que todo el mundo lo sabe. 

   La tarde aquella en la que nos le encontramos en la Calle Real nos arrastró a su casa, donde ya le esperaban Juanjo (dueño de bar y traficante, pequeño pero bien formado y con una pose como de estar en la final mundial de culturismo todo el rato) y otro elemento del que apenas tengo recuerdo. Era grande, peludo y más mayor que nosotros. Sus facciones no me vienen. Por sus movimientos pensabas que no era conveniente hacerte enemigo suyo. Aunque ese día se comportó como todo un caballero. Yo creo que era el proveedor del camello (fractal de nivel superior). T venía de comprar más cervezas, que se les habían acabado. Y así nos pasamos desde las 4 de una tarde de un domingo tonto hasta las 6 de la mañana de un lunes laboral a todos los efectos, jugando a las cartas. Nos apostábamos mandanga y acabamos que no cabíamos dentro. Alternamos mus, chinchorro y póquer. Creímos conveniente parar cuando Jimmy, mi pareja de mus en ese momento, mientras se bebía un zumo de naranja, se empeñó en echar veinte duros al rey de uno de  nuestros contrincantes, pensando que estábamos en el póquer. Son señales que te manda la conciencia.

  

lunes, 2 de diciembre de 2013

Domingo por la noche.




   Empieza semana y empieza mes, que es el último del año. De otro año. Y nosotros con las maletas preparadas desde el viernes, para volver, para regresar. Domingo, tres de la mañana en aquel Burgos. Es una hora más que prudente para irnos yendo, Pepe y yo, pongamos que en su esmerado corsa. Rescato mi maleta de un bar distinto al bar en el que la dejé a primera hora de la tarde, a falta de mejores consignas. En este primer bar (que ya estaba cerrado) me redireccionaron con una primorosa tarjeta (que aún conservo) en la que nos deseaban buen viaje y nos indicaban dónde habían dejado la valija.  

   Hasta Aranda hay autovía. No, no te creas que está  ahí desde hace tanto.  Luego, cogemos la carretera de Cantalejo y Turégano. Al principio vamos cantando. Pero al poco, por las horas, dejamos oírse a otros y solo escuchamos. Pepe, si ve que me duermo y no le apetece, me pega un tosidón cerca de la oreja, o treta similar. 

   En Cantalejo son fiestas y el pueblo está tomado por una alborozada verbena. Espesa. Compacta. Intentamos pasar poco a poco, al ralentí. Pero allí todo el mundo empieza a ponerse nervioso y cada vez más. Y no es cuestión de bajar del coche a explicarse ya que alguno ya está dando manotazos en el capó y después en el techo, que retumba más y ya en los cristales. Gente curtida. De pueblo. Quizá sonase un corrido de fondo musical. Pepe mete la marcha atrás y empezamos despacio a retroceder. Luego, ya no tan despacio ya que nos persiguen y algunos se agachan a coger piedras del suelo. Gracias al cielo que no pillamos a nadie.  

   Estuvimos una hora larga palpando caminos en la oscuridad. Hasta las liebres se reían. 

   Llegamos y Pepe aprovecho a echarse una horita antes de ir a trabajar. Yo me tomé un par de cafés.