jueves, 26 de diciembre de 2013

Sueño 16. Ojo de buey.

   Es en Segovia y es el atardecer. No sabemos para qué ni de quién se esconde El Marino. Hará frío. Quizá se esconda de sí mismo, para no encontrarse. 


   Tiene varios refugios preferidos, cuya localicación aquí callaremos por no ser perseguidos en los mapas. Aclararemos, eso sí, que desde uno, al atardecer, el acueducto parece una flauta andina, de esas llamadas de Pan, con muchos tubos. El otro es mezcla de cueva verde y hornacina. Ya ves, Altamira y altar. Además tiene truco porque es lugar perfecto para ver y no ser visto. Y el Marinero es fisgón y cotilla.  Allí está como en una cámara de Gessel, de esas de las pelis de polis. Los niños son los más naturales. Le sorprende la cantidad de gente que va hablando sola, enfadada con el cielo. De tanto en tanto, Gulliver apunta con mala letra en una libreta resobada lo que luego aquí te contará. Un señor al que conoce de vista se afana, estirado, en ser visto. Otro negativo de lo contrario. Ser visto que quiere ser visto. Un par de angelicales criaturas revoloteran a sus pies. Mellizos de tres o cuatro años. En su afán de sentirse observado, el hombre no se fija en ellos nunca. 

   Al poco ve pasar a Boni, con esos andares tumbados de cuello bajo. Boni es un roquero tartaja. Le gustaría ser mucho peor de lo que es pero, por más que con ahínco se afaba, no le sale, no va con su carácter. 

   El Marino decide alcanzarle y tomarse con él unas cervezas. Y así es como, después de esos paréntesis, la vida continúa.


 

  


lunes, 23 de diciembre de 2013

Rapapolvo (pequeño)




   Habrá que seguir poniendo tonterías, por más que digas que no hace falta y que no es necesario. Tendrías que suplicar, arrastrándote a mis pies, pedir tu ración diaria, implorar que quieres más y más y más  y vas y me sueltas que no es ello necesario. Gulliver pilla o no pilla, amigo, no se valen medias tintas.

   ¿Qué pensarían  sino Moca y P y Armando y María y tantas y tantas otras personas que se han dejado aquí un cachito de su piel?

   ¿Con qué ímpetu va a remar el galero marinero, con qué fuerzas, con qué espíritu va a romper el muchacho naviero el viento con sus velas? 

   Mas está hecho de acero El Marino. Aunque muchas veces crea ser de fácil derretir. Y se tenga por un cobarde y por un flojo. Y diga eso de que tiene toda la fuerza de voluntad porque aún no la ha estrenado.

   Aun en días morcillones y tardes presuntas. En las que, francamente, tampoco da el Gulliver para mucho más.


   



  

  






viernes, 20 de diciembre de 2013

Un día tonto

   Un día tonto es ese día en el que, inopinadamente, te encuentras con P y no eres capaz de articular palabra. P no está donde te la sueles encontrar. Está en tu territorio, por así decirlo. Has soñado un millón de veces encontrarte con P. Te has imaginado todas las posibilidaddes (que por definición son muchas, y muchas de ellas superriquísimas). El porcentaje de aciertos era siempre de un cien por ciento, en tus sueños. No te faltan, pues, ni los recursos ni el deseo.






No sé en qué parte de esta historia
perdí el argumento primario.
No sé qué cojones me agobia.
Hoy, según dice el calendario
vuelve a llegar la primavera, 
me molesta el soooool.
Alma que nunca se deshiela
y se queja del calooooor.

Saco las cuentas de memoria,
no se me pierda algún lucero.
Mira que, en silencio, en esa euforia
 sale hierba y me crece el pelo.

Sufro locura transitoria
bajo a la Tierra...

   Que hace esta cabra fuera del rebaño. Vamos a tirarla por el campanario.



   Es más, P tiene todo el aspecto de haber venido aquí nada más que para encontrarse contigo y, encima, como que tiene ese brillo en los ojos que se te chiva de que, casi seguro, también está un poco bebida. 

   Las pintas calvas, que diría mi padre. Mi padre siempre decía verdades como puños, de este cariz. 

   P tiene un chico con pinta de santo varón. Un santo varón heavy, con pinta de haberse ganado el cielo hace tiempo. De haberse ganado el cielo en la tierra. Pero justo en este día tonto, no se ve del chaval ni la sonrisa. 

   Lo que se dice a huevo.

   Al poco, por inanición o por algunos de sus amigos, P se ve arrastrada hacia otros paraísos. Si, al Marino se le queda una cara de gilipollas de tamaño natural. 

   Hoy, querido Luis, también es un día tonto. Me piro de vacaciones un par de semanas (largas) y quería dejarte (quizá) con un poco de recuscús en la mirada. (Quizá) por la duda de si aún se quedará el Marino otro rato en ese lugar o se pondrá la viserilla y partirá a otras aventuras. 



jueves, 19 de diciembre de 2013

Sueño 7

   Desde la muñeca hasta la bola (¡mira papá qué bola más dura tengo!), lleva todo el brazo tatuado con unas espirales muy raras. Las curvas se imbrican con las curvas de la espiral compañera. O no. Es difícil seguir la pista.

   Si las miras un ratico, a las espirales, al final te enamoras y se te pone cara de tonto. 

   Creo que las espirales giran sobre su eje, algo que, siendo un tatuaje, parece bastante complicado de conseguir.

   Las espirales se asemejan a las escamas de la merluza argentina, también conocida como pescada. Cuando sopla el norte, las espirales afinan su trazo. Tú miras alrededor, por si todo es truco o trampa. Pero no. 

   Me he pasado la tarde siguiendo las líneas con el dedo. Hasta se me ha hecho un callito. A veces a las curvas les entra la risa. La chica se llama Cate Le Bon pero eso qué importa.




miércoles, 18 de diciembre de 2013

Júbilo

   Es curioso. A Gulliver, desde que te escribe este blog, no le ha entrado ninguna vez el terror a la página en blanco. Se ve que sabe que no puede permitírselo. Y así se le van los dedos a las palabras que se esconden tras el teclado y empieza a salir una ristra que solo parece eso. Con lo que hay que darle muy seguido a tecla de borrar. Y se vuelve a empezar como si nada. ¿Qué es esto?, ¿metaliteratura? 
    Hoy el marino no sabe qué contar porque indaga en la Segovia del libro de Segovia y no en la Segovia misma. Es más. Desde que le has dicho que hasta que no abandonase en estas páginas esa ciudad no le ibas a devolver el libro de Segovia ya no sabe si tiene que irse pronto o quedarse aún un buen rato. 


   También ha estado el muchacho pensando en tu de repente no muy lejana jubilación. Pero ha sacudido rápido la cabeza, que tiene prescrito vivir un día y después otro, receta que intenta no saltarse ni en festivo. 


   [Eso en lo que al muchacho respecta. Yo no te pienso decir lo que opino y mucho menos lo que siento. Lo que me aterra, fíjate qué cobardía, es no saber prepararte la fiesta de despedida. Joder. A ver si vamos a estar ahora año y pico despidiéndonos.]






martes, 17 de diciembre de 2013

¡Plif!

   Lo he pensado y sí, con Moca me veía cuando me veía, lo que dada la población de Segovia era harto probable. Pero seguro que pasaba que, cada vez más veces, cada vez antes, me dejaba perder por la esquina de la primera marivuelta. Para volvernos a encontrar al rato, más borrachos, más locos. 

   Un día, sin hablarlo ni nada, decidimos solucionar  un asunto que a lo mejor teníamos pendiente. Sería fin de semana y mis compañeros de piso no estaban a la vista. Elegimos la habitación de Pepe, por tener mucho más amplia la cama. Y por que coleccionaba perfumes caros. Los tenía allí expuestos en la coqueta, prácticamente en formación de a tres. Con lo que el aire olía más profundo y seductor. 

   El mayor gatillazo de mi vida toda.

   No sé en qué proporción lo motivó la parte alucinógena del asunto. No sé si lo soñé. Pero aquella noche Moca tenía cubierto el pubis por un extenso y espeso matorral de pelos negros, lisos, en punta. Rarísimo. Y a mí me dio por pensar que debía de ser ello así por haber tenido ya un hijo, que se le había puesto aquello de esa manera a cuenta del parto. La Madre Natura había, ¿cómo decirlo?, preparado el camino para aquel chaval que por allí había salido, por más que hacía ya bastante tiempo. Pero yo me imagina al chaval, de la edad que el chaval ahora tenía. Y me cagué en el alcohol y en la madre que lo parió porque es que ya me estaba hasta mareando.




    Moca me cogió la polla y, masajeándola, se la fue acercando. Sentí como si entrara de frente en una escoba que acabase de haber barrido el Infierno. De repente un estertor y tuve una corrida mínima, cuatro gotitas, penosa. 

   Moca tenía que tener experiencia en estas lides ya que intentó cuidarme y despreocuparme. Yo no paraba de decir que no hacía falta. 






lunes, 16 de diciembre de 2013

Mr. Slimy

   Al hablar de Moca, quedarse en esos procederes (que hace unos días, antes de los estropicios,  intentábamos describir)  por más que ricos y hasta sabrosos, sería desmerecer la figura de esa mujer. De esa persona. Y el peso que tuvo en nuestras vidas. Imagínate, Luis, a los veintitantos, una lotería así. 


   Con ella siempre había un punto de descontrol, bien fuera de un tipo o de otro. Tenías que tener los nervios muy bien templados para no caer en el miedo o en la angustia. O en el hartazgo de tanta tensión. Mi amigo, a veces, no podía soportarlo pero era tan fuerte su enamoramiento... Yo lo llevaba mejor.  

   Pero hoy no será Moca el personaje principal sino Mr. Slimy. Que dará para poco y que si aquí aparece únicamente es porque vino persiguiendo a Moca. Podríamos contarlo tal que así.

   Al poco apareció un recién llegado. No puedo describirle con demasiada exactitud ya que, ahora mismo, ostenta cargo nivel 30 en (sí) esa (nuestra querida) empresa y no estoy para pleitos. Suave, suave, con maneras de trabajar nuevas (modelo B, opciones m, p y v, modelo D, opción t, así trabajaba). Si hubiésemos sabido algo en aquellos atolondrados años hubiéramos caído enseguida en que era de la Obra. Suave, suave. Redondito. Los mofletes le escondían la cara. Inocuo. Grasiento. Y con esos labios húmedos de boquita de piñón. Conozco a varios y no me explico cómo hacen con sus adoctrinamientos para conseguir esas boquitas mínimas y crispadas, de labio húmedo, de color bermellón oscuro o un poco azulado, a punto de tirarte un besito o de reprenderte por ser tan malo. Bendita inconsciencia la nuestra. Le tratábamos como a una persona más y seguro que le sorprendía tanta naturalidad. Se embobó de Moca hasta las trancas, hasta faltarle la voluntad (esa voluntad de hierro con que los arman, presuntamente). Le he visto acorralándola contra el capó de un coche, a la vista de toda la terraza de Los Bomberos, muy concurrida en aquellos penosos momentos, por cierto; concurrida, expectante y ya vitoreando la final. Le he visto corretear, lloriqueando tras ella, casi película sadomado. Una pena. Pero nosotros éramos (y he dicho éramos) buena gente y a lo más que nos llevaba ser testigos de esos numeritos era a tenerle una piadosa compasión y a intentar sacarle de los errores de su proceder. Pero cuando el amor llega así de esa manera... 

   En aquellos momentos no pero ahora sí que me pienso que la chica le tenía que dar cuartelillo al mostrenco, no se explica si no tanta desazón. Posiblemente ya no estuviese con mi amigo de amantes oficiales lo cual no era óbice para que nos pasásemos todo el día juntos, a toda velocidad de aquí para allá. Mr. Slimy apenas tenía fuelle para seguirle el ritmo y llegaba al rato sudoroso y resoplando. Y justo cuando llegaba a Moca le daba por pegar otra revolera, que a veces acompañaba con espantada y... había que tener su práctica. 

   Luego mi amigo se fue (¿o esto ya lo he contado?) y a Moca la seguí viendo pero cada vez menos. Nos veíamos mucho pero no todos los días. ¿O sí? Qué giribiquis hace el tiempo con los recuerdos. ¿Se trató de semanas, de meses, del resto de mis días segovianos? No lo sé. Ella seguía allí, eso sí, seguro, transversalmente.