lunes, 13 de enero de 2014

Deleted




  Ahora va a resultar que me estoy borrando. 

   Ahora resulta que voy a empezar a deshacerme como (sí) un azucarillo, como las ilusiones, como los buenos recuerdos.

   Ahora resulta que me derrito, que me diluyo, que voy a empezar a desaparecer.

   Pero, quizá mejor, me explico.

   Hoy estaba tomando algo con un amigo. Tan ricamente. Y de repente me ha dicho que qué me pasaba en los ojos. Le da mucha importancia a los ojos, mi amigo, por lo que casi ni me he alterado. Aunque he repasado mis últimos días en busca de excesos que motivasen un abultamiento en las ya intrínsecas ojeras o que hubiesen provocado algún pequeño derrame arterial. Mas no, no se trataba de eso. 

   Me ha dicho que era como que el iris se estuviese poniendo de otro color por los extremos exteriores. No me ha sabido explicar muy bien. Como voy de despreocupado por la vida lo que no he hecho ha sido salir corriendo hasta los baños a ver (¿cómo decirlo?) mi estado visual.

   Algo que, por supuesto, he corrido a hacer en cuanto me he quedado solo. Y bueno...

   ...que efectivamente, me estoy borrando. Ya que resulta que mis iris sufren una decoloración muy evidente en su corona exterior, más acentuada en la parte superior. Algo de eso ya me decía mi amigo, que parecía que, con mi caidita de mirada, se estuviese poniendo blanca la parte de arriba de la esfera, en la que no me da el sol.

   Como no soy hipocondriaco, he corrido al google, simplemente a ver qué contaban, sabiendo de los peligros que dicha actitud conlleva. De todo. Aunque lo más aproximado (dentro de mi profanidad) tiraba a tener que ver con la edad y con la hipercolesterolemia. 

    Luego he pensado en ti, que también eres muy mirado para los ojos (si me permites la tontería fácil). Y que seguro que estabas al tanto. Pero he preferido no preguntarte. 

   Y acto seguido, me ha venido a la mente la importancia que mi hermana Bego le daba a los iris, reflejo del mundo o por lo menos del mundo interior.

   Lo mismo que las orejas o las plantas de los pies, que para el conocedor se convierten en  mapas del homúnculo que cada uno somos, que se nos ponen así cuando vamos  desarrollándonos en el útero materno y son clavaditas a nosotros de fetos encogidos y aún nonatos. Pues con el iris pasa lo mismo. Para el conocedor, claro. 

   El iris como espejo del mundo, como explicación principal, como oráculo total, como el gran mandala de mi ser. 

   Y va y a mí se me empiezan a borrar.


  





viernes, 10 de enero de 2014

A Valladolid, a pasar el rato

   Desde aquel concierto del que te hablaba ayer, del que no me queda más rastro que aquellas palabras escritas en el tique de entrada, nos desplazábamos desde Segovia a Valladolid con suma soltura. Solían ser fines de semana de no descansar ni un segundo pero también podía suceder que, a media tarde de un martes, nos diese la tontuna y nos acercásemos a ver a nuestras universitarias. ¡Éramos tan bien recibidos! 

   Fueron tantas la veces que se me mezclan y se altera su orden y su fundamento, si de esto hubo tan siquiera un poco. Los recuerdos, en cualquier caso, se apelotonan.

   Sería una de las primeras veces. Dejamos el coche en una angosta calle con una "A" de anarquismo enorme, pintada en blanco sobre la piedra gris. Nos pareció señal suficiente pero al querer regresar, el coche no aparecía, había cientos de aes dibujadas en una ciudad que no era más que piedra gris en calles estrechas y anarquistas. 

   Ese sentido de encontrarme en un laberinto me duró eternamente, incluso llevando allí años de patear y patear la ciudad. Una zona precisa, céntrica, donde, además, estaba el colegio mayor en el que moraban nuestras amigas, donde estuvo luego la casa más loca de todas las casas (pero no te embales, Gulliver). Donde estaban los cafés de las tardes y los bares de las noches. No sé. Enfilaba una calle y nunca sabía dónde me llevaba, a qué otra iba a llegar. Al principio daba mareo pero luego me lo tomaba como un juego de mesa. Incluso la última vez que por aquellas calles estuve, que fue contigo, tuve la misma sensación y me hizo la misma gracia. Pero creo que no te dije nada.



jueves, 9 de enero de 2014

   Se me desmadejaron las postales de la llegada a aquel puerto. El periplo castellano no era otra cosa que un retorno a Ítaca, por lo que aquello no suponía más que otra estación en la que estar de paso. Transitorio era el apellido de lo que entonces sentía, por lo que imaginé que nada de allí me dejaría huella, ninguna sustancia impregnaría mi piel. ¿Sería, quizá, además, aquella, la última posta antes de alcanzar el deseado destino?

   Valladolid era el lugar sin nada, una horrenda capital postiza. Sucia y anodina.  No proclamaba entonces (ni lo hago ahora) el odio de los tópicos aunque estos, sin yo darme cuenta, me habían confeccionado la guía de estancia. Casi no tenía ni curiosidad.

   Además, el mundo ya empezaba a empequeñecer y el decorado me era familiar. Había estado muchas veces. Solíamos acercarnos allí desde Segovia una vez por mes (aprox.). Teníamos unas amigas universitarias que nos seguían muy bien el juego. Les gustaba la fiesta y hacer el tonto, ¿para qué más? 

   Familia adoptiva de colegio mayor, de cuatro componentes. Dos eran de Santander, las más bellas, una de Salamanca (Inma, ¿eras de Salamanca?). Y la que había servido de enlace era Rocío, de Burgos. Mi querida Rou, que es harto raro que no haya aparecido por estas páginas ya que se trata de personaje tranversal en mi vida. O se trataba, que ahora, con la niñas, con los líos, casi no nos vemos. El otro día coincidimos en la fiesta de cumpleaños de un amigo y no nos lo podíamos ni creer. Rou calculó que hacía dos años. Yo, que tiendo a exagerado, pienso que no llegaría a tanto pero que ya nos vale. 

   Y Rou, ¿cómo había llegado hasta nosotros? Pues casi en cadena de amigos. Pepe mantenía su pandilla del colegio. Era una pandilla porque, pese a ser sus componentes bien distintos entre sí, les unía una cualidad que ahora callaré pero que es muy de suponer. Varios de esos miembros  tenían un grupo musical que fue medio puntero en Burgos, por aquellos años. Eran pésimos. De hecho, un par de ellos siguen ensayando, tanto y tanto tiempo después, su buena ración semanal, y siguen siendo igual de pésimos. Rou era la novia del bajista, un clásico. Estuvimos en la puesta de largo de la banda, o en la presentación de su único disco, qué sé yo. Se llamaban Los Presos de la Época, para que te sigas haciendo idea. No recuerdo gran cosa de aquella noche. Solo que, ya bastante discurrida la mañana siguiente, llegamos Rou y yo a mi coche y allí estaba, en la bandeja trasera, el disco de marras, totalmente combado por el calor del sol, inservible. Creo que le dimos el cambiazo a algún conocido porque, ahora que lo he comprobado, el  disco lo tengo en perfectas condiciones.

   Me fui a la cama a la hora de comer y no sería ya ese día sino el siguiente, en Segovia, que descubrí en un bolsillo del pantalón el tarjetón de entrada al concierto, con alguna frase contundente y el número de teléfono de Rocío, escrito todo con la letra más perfecta que haya conocido yo en mi vida.

    






miércoles, 8 de enero de 2014

Sueño 9 (continuación)

   [Dejar los sueños suspendidos de un fino hilo de seda. Esos lujos nos permitimos en el Gulliver.]


   Volvamos pues justo al momento (¿se llamarán allí "momentos"?) donde lo habíamos dejado. Gulliver, después de mucho fregado de aquí para allá, se la encuentra.

   Por la muchacha también ha pasado el tiempo, lo cual da a la situación un grado mayor de verosimilitud. Hablan bastante pero en conversaciones sin altos vuelos. Hablan de lo cotidiano, de ese momento. "¿Vienes?". "Voy". "¿Tienes un cigarro?", pero ella ha dejado de fumar. 

    El sueño está lleno de trajines, por darle mayor hondura. Y ese punto de descontrol necesario para que todo sepa mejor. El Marino hace tiempo que aprendió a vivir sin ser dueño, en esa parte de su ser. Se deja llevar por laberintos sin salida. Ah, que no. Que sí que aparece, escondida en ese último rincón, cuando ya no había escapatoria, una trampilla por la que seguir corriendo a más no poder. ¿Quién les persigue? Al poco, no sabe a qué altura de la situación se encuentran pero ya para entonces eso da bastante igual. Qué jaleos.

   [Dicen que los sueños empiezan en el momento exacto de la noche para que terminen acompasados al milímetro con tu despertar. Me parece tan difícil ese cálculo... pero así es que sucede.]

   Ya no huimos. La luz que nos alumbra es de un color entre el amarillo y el naranja y de baja intensidad. Todo es mullido y no tengo ni idea de dónde estamos. Su cuerpo ha perdido solidez pero ha ganado en suavidad, en tacto.

   Ya no nos siguen por lo que tenemos todo el tiempo del mundo hasta el despertar. Así que nos desnudamos tan despacio que no nos damos ni cuenta. Luego nos abrazamos en un lugar sin tiempo. Quizá flotando. Su boca está tan cerca de mi oreja que oigo su corazón. Me susurra frases antiguas y me mordisquea el pendiente que (hace tanto) no se atrevió a ponerme. Esas palabras me acarician como sus dedos en la espalda, que deletrean la piel que cubre mi columna, aprendiéndose el pasado. 

   [Suena música. Tres o cuatro acordes que se repiten una y otra vez. La misma música que ayer. El mismo sueño.]



   Ya sabes que en los sueños es más lo que se oculta que lo que se muestra. No es, pues, por recato ni por ganas, que no te cuento los detalles. Es que los detalles estaban en la parte invisible del sueño. Pero, tenlo en cuenta, no por ello se goza menos.




martes, 7 de enero de 2014

Sueño 9


   El Marino se echa últimamente las siestas en el palo de bauprés. Todos le advierten de que es un poco arriesgada la maniobra, principalmente porque el Marino sufre el síndrome de las piernas inquietas, con lo que, en uno de esos arreones que (según parece) le sobrevienen al dormir, es probable que resbale y caiga su cuerpo al agua, siendo el lugar propicio para que la quilla del Proud Mary le parta en dos mitades.

   Aunque no esté del todo en desacuerdo con esos razonamientos, el muchacho desoye los consejos ya que en esa cuna, a la sombra fresca del foque, tiene sus mejores sueños, los sueños que no podría permitirse en otro lugar. 



   ¿Cuál será el código ético que rija ese mundo onírico? ¿Habrá, tan siquiera, leyes y deberes? ¿Teorías de obligado cumplimiento? ¿Propiedades inmutables en los objetos?

   Piensa en ello el chaval y no llega a quedar convencido de una cosa ni de la otra. Piensa en ello (a la sombra del velamen) porque últimamente viene a visitarlo a menudo allí uno de los mayores amores que tuvo de este lado de la vida. 


   Se trata, por lo tanto, de un sueño intenso. Y recurrente. Del que mañana, sin dudarlo, te hablaré.

viernes, 3 de enero de 2014

Carta a los Reyes Magos

   Pasado incierto, futuro cada vez más presente. Así de breve ha sido la carta de Gulliver a SS.MM. de Oriente.

   Todos le han advertido de nuevo. Que no se puede andar jugando con los deseos, que a veces toca, que no sabe el muchacho ni lo que pide. Pero El Marino vuelve a hacer caso omiso. Los consejos, ay, los consejos.

   Así que se prepara para zarpar a otras aguas. ¿No te da un poco de miedo, Luis?






jueves, 2 de enero de 2014

   Pero no te líes, Marinero, que te has vuelto a liar, que Charcos fue otro gato en tu vida, sí, pero aún tardaría un tiempo en llegar. 

   Y aún no es momento.

    Ya que continuamos en la ciudad de Segovia. Y en sus alrededores. Que si el pantano de Revenga, que si la Mujer Muerta o dormida, que si Pedraza que si Sepúlveda. Que si la Granja de San Ildefonso.

   Pueblo con fama de pijo, este de San Ildefonso. Antes tenías que pasar por las destilerías del güisqui DYC, el más nacional de los güisquis, que perfumaba de dulzona cebada los amaneceres segovianos. Creo que en esa recta larga fue donde el pillo de Perico Delgado ganó una Vuelta a España. También allí había un pantano, más urbanizado que el de Revenga. Con su chiringuito y sus tumbonas y hasta su trampolín desde el que zambullirte en sus aguas frescas. El Embalse del Pontón Alto se llamaba. Allí estuve con Cuchi en uno de aquellos regresos tempranos, que parece que fueron más de los que recuerdo. Ya sabíamos ambos que lo nuestro no tenía futuro pero tampoco era cuestión de por ello robarnos el presente. Ninguno de los dos tenía ropa de baño. Pero yo llevaba unos boxer  que daban bastante el pego. La chica albina tenía más problema con sus bragas y sobre todo con su liviana camiseta que, mojada, enmarcaba perfecto aquellas tetas redondas con los pezones duros en el centro de la diana. 

   Luego nos secábamos un poco al sol y, ya en La Granja, visitábamos sus jardines. Nos gustaban más los más elevados, lejos de los reflejos de las fuentes, burda copia de las de Versailles, antojo del francés Anjou. Arriba del todo había un pequeño lago al que golosamente llamaban El Mar, donde, decían las malas lenguas, expertos hombres rana insertaban colosales truchas en el anzuelo del nefasto dictador para sus fotos de pesca. 

   Cuando nos cansábamos de andar por allí, bajábamos al pueblo, en el que conocíamos unos cuantos bares con musiquita y, muchos de ellos, patio interior repleto de plantas. Las tardes verdes de Cuchi y el Capitán.



 [Habrás observado cuán callando se puede pasar de año.]