miércoles, 12 de febrero de 2014

Sueño 14



   El gulliver se retroalimenta. ¿No hablábamos hace unos días de unas mellizas idénticas de pelo punta? Pues va el chaval y se pasa toda la noche (esta noche) con una de ellas, la sonriente. 

   Como es en sueños, se dan los trajines acostumbrados, de acá para allá. En esta ocasión el decorado es una rara mezcla de la calle Calvario y el Montmartre parisién. Lugares en cuesta, en cualquier caso, y muy propensos a salir en las noches laberínticas del marino.


   Por no dilapidar el sueño, el niño no despega su mirada de la cara de la niña. Ambas están cerca, que es buen modo de buscar atropellos o al menos intensidad. Sí, Luis, otro sinsentido, que así son los sueños de nuestro protagonista. 

   O a lo mejor solo se trata de esa estrategia del chaval de solo acordarse de lo sustancioso, desterrando de su memoria las partes cotidianas y más narrables. Que igual da el mundo sea cual sea la trama. Sobre todo si tenemos un estilo de la hostia. 




martes, 11 de febrero de 2014

Paseo por el Monasterio (toma tres)

   Pero aún no conocía el Marino ninguno de aquellos detalles de la vida de su (desde entonces) compañero. Recién le estaba cediendo el paso en el despacho de atareado jefe. No, pasa tú. No, tú primero. Estaba claro que iba a ser un paseo pues, nada más cruzar la puerta, Mariano se metió las manos en los bolsillos de su pantalón (verde, de pinzas, de pana, verde aceituna), echó un poco su espalda para atrás (su delicada espalda, sabría con el tiempo el Marino) y comenzó a caminar dejadamente por los amplios pasillos del Monasterio.

   La primera cuestión a tratar, dado el lugar y sus cometidos, estaba referida a las preferencias futbolísticas del novato. Quedó satisfecho el abogado al conocer que Gulliver era merengue. Mas la honestidad era elemento principal en el escudo de armas del muchacho navegante, así que se apresuró a confesar que a él, lo del balompié...

   No se le desdibujó la sonrisa al acompañante, quizá suponiendo que no sería grande el esfuerzo necesario para modelar al chaval a su antojo. Era tal la confianza que en sí mismo tenía que Gulliver permitió, en su pensamiento, la posibilidad de tales cambios en sus gustos y aficiones. 

   Pero Mariano era tan buen conversador que pronto se perdieron en los adentros del muchacho tales conjeturas. 

   El trayecto se antojaba aleatorio, como que no quisiese entrometerse en la conversación, el trayecto. Pese a ello,  cree recordar el marino que desambularon sin excesivo concierto por los tres claustros que conformaban la mayor parte de la edificación. Claustros de piedra clara, casi blanca, con techos altísimos, con grandes ventanales. De tanto en cuanto, se cruzaban con personas apresuradas en sus labores, que saludaban escuetamente. 



   Mariano le dejó claro que era del Madrid y del PP, no advirtiéndole del orden de sus preferencias. No era el momento de discutir de política, que tiempo tendrían. Solo de empaparse del decorado y de quitarse la caraja que sin duda el muchacho llevaba en la mochila. 

   No le quedó otra a Gulliver que admitirlo. Por más que el corazón palpitase a la velocidad adecuada y que a los ojos no venían antiguas brumas de cuando la timidez lo embadurnaba todo, quizá sí que se notase en sus frases cortas, o en el estar fijándose tanto en su acompañante.

   Acabaron en el bar, que estaba en las catacumbas o al menos en los sótanos del egregio edificio. Tiempo habrá de describir también ese lugar, su espacio, su importancia, su aire peculiar. Pero por hoy dejémosles saboreando un vino de la tierra. La ribera del Duero sabe tratar a sus viñas, eso hay que reconocerlo.



   



sábado, 8 de febrero de 2014

Paseo por el Monasterio, con Mariano

   Se llamaba Mariano Cuesta y he conocido a poca gente que se quisiese más, o, al menos, que lo dijese tanto. Mariano Cuesta, que casi es una declaración de intenciones o al menos un quiebro de cintura despistatorio. Mariano. Cuesta.

   Un verdadero dandi, un petronio,  alguien como yo no he conocido otro jamás. Tenía una sonrisa dulce y y tranquila aunque en los ojos se notaba que, por dentro, no paraba de bullir. Labios carnosos, a juego con la sonrisa, que no dejaba, cada poco, de humedecerse. Americana de tweed, con aspecto de ser de alta calidad. Pantalones de pinzas, de pana ancha y verde. Verde aceituna, más concretamente. La mayoría de los días corbata de cuello ancho; lo que es, o era, una corbata. Y si no pulóver de cuello cisne. Los zapatos bruñidos hasta el amanecer. Así le pintaría si pintar supiese.  Tenía mofletes, como yo, pero con un diseño diferente, acorde con la sonrisa y el tweed. Y unos profundísimos ojos verdes. 

   Era una de esas aves raras que pululan, y siguen pululando por esta, nuestra (querida) Administración. Nadie sabe de dónde han salido y menos cómo llegaron. 

   Mariano oficiaba, a meros efectos pecuniarios, de administrativo, en una de las variadas secciones dentro de uno de los varios  servicios que se dedicaban a fomentar el deporte regional. Perdido en ese maremágnum que ya quisiera el laberinto borgiano ser tan intrincado. Era licenciado en Derecho y una auténtica eminencia en legislación deportiva. ¿Te acuerdas de hace unos días, que te hablaba de Abelardo, el presidente del Comité de Disciplina Deportiva? Pues a Abelardo le puso él allí. Fue él, de hecho, el que creó dicho comité, el que le dio forma y aliento, competencias y financiación. Desde la mesita que tenía al lado de la que a mí me asignaron, movía hilos como maromas, y no solo en la política deportiva. Era el secretario de ese organismo colegiado y no veas el rebote que se cogió cuando le interpusieron el primer recurso después de tantos años de paz deportivo-social. Era un profesional.

 

  




viernes, 7 de febrero de 2014

Mariano

   Cuando llegó Mariano al despacho, mi nuevo jefe nos presentó. 

   -Este es José María, nuestro nuevo galeote.

   Sí, no tenía demasiada gracia en las venas, el bueno de Alfredo, pero no por ello dejaba de intentarlo a cada rato.

   Quizá fuese ese el momento en el que aclaré que podían llamarme como más les placiese pero que nadie en mi vida me había llamado así sino era con fines aviesos. Y que me podían decir, si así gustaban, "Jose", sin acento en la 'e' .

   Tendríamos que volver sin mucho tardar a este asunto de los nombres, a la importancia de llamarse de una determinada manera. Justo de esa manera. Donde cuenta (y mucho) hasta una tilde colocada fuera de lugar. Pero creo que ahora es conveniente no salir de nuevo por peteneras y contarte de aquel paseo por el Monasterio que nos dimos Mariano y yo.

   Mas será la próxima semana, que anda Gulliver en otros trajines más urgentes, que no de mayor importancia.

-O-

   Por endulzar tan abrupto final, un final tan interruptus, pondrete una foto y, como casi cada día, también pondrete una canción.

   Ambas las elijo suaves, quizá sanadoras de mentes tensas o de malas ideas.


-O- 
















jueves, 6 de febrero de 2014

Por la tangente / Primer día

   Ves, Luis, a lo que me refiero. Acabo de llegar a esa última estación, la ultima piedra antes de saltar a la orilla del regreso, con su Penélope y la cama de uno mismo. Y otra vez me voy por la tangente y vuelvo a mi Burgos y sus gemelas idénticas. ¿Qué tendrá Valladolid para producirme la necesidad de huir hasta de su recuerdo? Quizá me sirvan esos gulliveres resbalosos y zalameros, escurridizos, para enterarme yo mismo, para arreglar algo roto en mi interior que ni conozco, que vagamente intuyo pero que... no sé.


-o-

   Cuando llegué por primera vez a mi destino pucelano, estaba todo manga por hombro. De mudanzas. Estructura nueva, jefe recién ascendido, equipo de confianza. Había reparto de despachos, un millón de cajas de archivo por todas las partes. No me esperaban. Es curioso. Nunca me han esperado en ninguno de los trabajos a los que he llegado. Con lo que no sabían muy bien qué hacer conmigo. 

   Por fin, el flamante nuevo jefe de los deportes y la juventud castellanoleones tuvo un rato. En mi vida me habían soltado un discurso tal. Agotador. Y eso que iba preparado para cualquier cosa. Que a la capacidad de sorprenderme le había subido bastante el umbral por el mero transcurso del tiempo. Todo era de un buenrrollismo arrollador. Un equipo formado más que por compañeros, por amigos. Una máquina perfectamente engrasada para funcionar sin un chirrido. Lo que menos deseaban era que llegase una zorra al gallinero, que se encastrase en el grupo una manzana podrida que, ya sabes lo que pasa, José María, termina estropeando el cesto entero. Y papatín y patatán. Yo no abría la boca pero mi mirada no podía sino trasmitir la alta dosis de incredulidad que sentía hacia lo que estaba oyendo. No podía ser cierto que hablase de mí, ¿qué había hecho yo en tan escaso periodo de tiempo para que Alfredo (así se llamaba mi nuevo jefe) y su equipo entero de amigos, de más que amigos, me tuviesen en tal elevado concepto? No fue ya casi hasta el final, sus buenos cincuenta minutos después, que me aclaró, con verbo florido, que todo aquello eran suposiciones y ejemplos, o una manera de romper el hielo. Y que además tengo un montón de cosas que hacer y (esto te lo digo, José María, ya como una confidencia) ya te habrás dado cuenta de que no soy muy gracioso incluso cuando me lo propongo. Su pelo, duro pero lacio, ya mediado de canas; su barba del mismo tono, cuyo bigote ocultaba casi por completo su boca; sus profundas, casi talladas ojeras así lo hacían pronosticar. No sé si se lo dije. Esto de las presentaciones se le da mucho mejor a Mariano, también me confesó. Y le llamó por teléfono para que viniese a por mí.


   Mientras esperaba, allí sentado, mirando cómo Alfredo, mi nuevo jefe, trajinaba entre las cajas, buscando algún papel urgente, no pude sino pensar que aquella hora de perorata, aquella hora larga y cansada, no había sido sino una sesión de entrenamiento para él. Que me había tomado como sparring para futuros encuentros y seguro que más cruentos choques en otros foros diferentes, con la prensa o en la presentación de la programación de las actividades de ocio y tiempo libre en el verano del 1994, que la Junta (esa madre) ofrecía a sus vástagos. 

-o-

  Hoy nos regalamos un temita de Actress, al que no conocía siendo como es "el gran innovador que ha tendido el techno en lo que llevamos de década", o eso dicen los críticos. La verdad es que no está mal, aunque escuche, allí al fondo, como el soniquete de discurso que me echarón aquel lejano día .








miércoles, 5 de febrero de 2014

   A currar, en Valladolid, solía ir andando. Bueno. Estuve allí cinco años prietos, por lo que hubo temporadas de todo, bus, coche... El Rover tenía el lado derecho del paragolpes trasero suelto y casi rozaba el suelo. Yo lo ataba con un alambrito pero al primer mínimo bache se volvía a soltar todo y quedaba colgando. No casaba demasiado con el resto de los autos finos del aparcamiento ni con el propio telón de fondo, el poderoso frontal del Monasterio de Nuestra Señora del Prado. Pero a mí, francamente, me la sudaba. Incluso creía, por entonces, que daba un toque especial a mi aura de funcionario atípico. Esas chorradas. 



   Pero lo que más recuerdo es ir andando. Era media hora larga a buen paso. El fresco matutino te hacía espabilar y se te ocurrían unas cosas en el trayecto... Y la niebla, la eterna niebla. Te pasabas un mes sin ver ni un sol en pintura. Y sobre todo a aquellas horas, que convertían la ciudad en un decorado de Tim Burton, con sus personajes y todo. Muchos de los cuales coincidían en el mismo lugar, mañana tras mañana, por lo que me los adueñaba para el itinerario y me imaginaba sus vidas. Esta práctica recuerdo realizarla desde la adolescencia, cuando empezaba a ir al Instituto Cardenal López de Mendoza. Entonces me ocurrió una de esas cosas que me creo que solo me pasan a mí.  En la calle Madrid, a la altura ya del Hospital de la Concepción, se cruzaba conmigo, o yo con ella, por la estrecha acera izquierda, una niña monísima. Pelo corto, negro y en punta, buenas tetas, poderosas, tras el portafolios decorado con fotos de sus héores, mirada curiosa, interrogativa, sonrisa acentuada. Bueno, la verdad es que la sonrisa se me acentuaba más a mí, para qué engañarnos. Así que continuaba yo más contento que El Pichi, por la calle de la Concepción, hasta que justo al llegar a la iglesia, se me volvía a aparecer la misma chica. Bien pudiera pensarse que, dada mi gallardía, la muchacha, por volver a verme siquiera de pasada, había corrido por Barrio Gimeno y cruzando por San Cosme, me había vuelto a salir al paso. Desmoronaba esta hipótesis el hecho de ir vestida con otra ropa y ser distintos los héroes del archivador. Sí, Luis. Gemelas idénticas, clavadas, clónicas. Nunca las vi juntas y eso que era raro el día que no me las cruzaba, tan iguales. Eso sí. Yo siempre las diferenciaba por el sencillo método de que una me sonreía y la otra, pues francamente no.





  






lunes, 3 de febrero de 2014

Olor de santidad

   Llegué a Valladolid en olor de santidad. Creo habértelo dicho ya. Y eso que para cuando quiso resolverse el concurso de traslados de marras (el archifamoso macroconcurso) y fui para allá, mis amigas universitarias ya habían acabado sus correspondientes estudios y volado a sus nidos paternos, a la busqueda del futuro. Solo quedaba por allí Coco, que era una de las dos santanderinas y andaba currándose un doctorado  sobre Juan Ramón Jiménez. El de las jotas. 

   Por aquella amplia puerta entré a esa ciudad, mientras iban agitando el incensario a mi paso, sin que yo, como es lógico, lo mereciese.

   No agradecí en aquel momento esos detalles, o al menos no lo hice suficientemente. La verdad  es que no recuerdo ninguna situación típica en la que se ve siempre inmerso el acarajotado recién venido. ¿Habría ya madurado?, ¿diferenciaría con claridad lo importante de lo superfluo? Seguro que no. Solo era que hay veces en que la vida va  una velocidad un poco pasada y no te da tiempo a estar en todo. 

   A lo más, a lo más, bajarme dos paradas antes de lo debido en el bus que me llevaba a currar, por no andar preguntando al conductor, el primer día.