Por no reventar y creernos demasiado, callaremos de las ideas, de los alfabetos, de las catedrales, de los teoremas, de las canciones. De las estrellas, del infinito y del arte.
miércoles, 12 de marzo de 2014
Aguantamos
Tienen que haber días así, en el Gulliver, en los que simplemente festejemos por seguir vivos. Que nos miremos las manos o los ojos en el espejo y nos siga pareciendo todo una broma enorme y ciertamente ingeniosa. Existir, los poros de la piel, llevar un anillo en el dedo corazón, la espuma de la cerveza, la invisibilidad del aire azul. Las luces. Los dibujos de los nervios en el envés de las hojas, el gesto imperceptible de la muchacha que te sirve el café. El frío.
Por no reventar y creernos demasiado, callaremos de las ideas, de los alfabetos, de las catedrales, de los teoremas, de las canciones. De las estrellas, del infinito y del arte.
Por no reventar y creernos demasiado, callaremos de las ideas, de los alfabetos, de las catedrales, de los teoremas, de las canciones. De las estrellas, del infinito y del arte.
martes, 11 de marzo de 2014
Homenaje a un genio, por persona interpuesta
Dije que estuve allí, en Bautismo, poco rato. Pero no te sabría concretar si fueron semanas, meses o sí hasta cumplí el año. Como una de las características principales de este blog que nos gastamos es la de poseer un gran poder evocador, me revolotean alrededor enjambres de recuerditos pequeños, de momentos mínimos que por mera acumulación tuvieron que comerse su tiempo, sus días de fortuna.
Algunos de ellos aparecerán por aquí como de visita, con sus mejores galas. Otros no habrán sido más que chispazos en las sinapsis, en muchas a la vez, bien es cierto, pero cuyo sentido no nos ha dado tiempo a adivinar. Los recuerdos perdidos.
Pero habrá que regresar al principio. El Marino arriba a su nuevo lugar sin sirenas y corto de equipaje ya que mucho allí no cabía. En el último momento, se acordó de coger un póster enorme, en blanco y negro, de Camarón pero que muy en blanco y negro. Como en su camarote no entra ni atravesado, lo coloca en el pasillo, que tiene bien de metros para decorar. Quiere su maldad que vaya a clavarle con tachuelas encima del mueblecito que alberga el teléfono, con lo que tanto Coco como Arturo se chocan con un exceso de duende, nada más abrir la puerta de su nido de amor. Sí, Luis, somos animales territoriales y hay que ir meando hasta en las esquinas que te importan un carajo, no vaya a ser.
Y viene a cuento, o no, lo del enorme postercito.
Se nos ha ido otro de los grandes, grandes. Andamos estos días de luto. Unos más que otros. Se nos fue Paco de Lucía a tocarle a Dios, si este tuviese la desvergüenza de existir. Mentiría si dijese que mi hija se llama así en su honor. No descarto que por esas y otras casualidades, sí que tenga que ver algo en el asunto la facción portuguesa de ambos, de ella y de él, pero sería ya rizar el rizo asegurarlo aquí.
Y viene a cuento, decía, cuando todas las radios se han postrado a los pies del artista. Incluso aquellas que en la puta vida han emitido un toque suyo.
Pero al final, la necrológica que más me gustó fue la de un arrebatado, en Radio3. Todos babeaban ante la inmensidad del genio. Y él no podía estar más de acuerdo. Lo más grande del flamenco, en siglos, lo más grande del arte y la cultura. No podía estar él más de acuerdo. Y para dejarlo meridiano, no podía menos que gritar: ¡Que viva Camarón!
Algunos de ellos aparecerán por aquí como de visita, con sus mejores galas. Otros no habrán sido más que chispazos en las sinapsis, en muchas a la vez, bien es cierto, pero cuyo sentido no nos ha dado tiempo a adivinar. Los recuerdos perdidos.
Pero habrá que regresar al principio. El Marino arriba a su nuevo lugar sin sirenas y corto de equipaje ya que mucho allí no cabía. En el último momento, se acordó de coger un póster enorme, en blanco y negro, de Camarón pero que muy en blanco y negro. Como en su camarote no entra ni atravesado, lo coloca en el pasillo, que tiene bien de metros para decorar. Quiere su maldad que vaya a clavarle con tachuelas encima del mueblecito que alberga el teléfono, con lo que tanto Coco como Arturo se chocan con un exceso de duende, nada más abrir la puerta de su nido de amor. Sí, Luis, somos animales territoriales y hay que ir meando hasta en las esquinas que te importan un carajo, no vaya a ser.
Y viene a cuento, o no, lo del enorme postercito.
Se nos ha ido otro de los grandes, grandes. Andamos estos días de luto. Unos más que otros. Se nos fue Paco de Lucía a tocarle a Dios, si este tuviese la desvergüenza de existir. Mentiría si dijese que mi hija se llama así en su honor. No descarto que por esas y otras casualidades, sí que tenga que ver algo en el asunto la facción portuguesa de ambos, de ella y de él, pero sería ya rizar el rizo asegurarlo aquí.
Y viene a cuento, decía, cuando todas las radios se han postrado a los pies del artista. Incluso aquellas que en la puta vida han emitido un toque suyo.
Pero al final, la necrológica que más me gustó fue la de un arrebatado, en Radio3. Todos babeaban ante la inmensidad del genio. Y él no podía estar más de acuerdo. Lo más grande del flamenco, en siglos, lo más grande del arte y la cultura. No podía estar él más de acuerdo. Y para dejarlo meridiano, no podía menos que gritar: ¡Que viva Camarón!
lunes, 10 de marzo de 2014
Fiesta de bienllegada
Al final, claro, me quedé con la habitación. En mi favor me he decir dos cosas. Que no anidé allí excesivo rato y que el rato en que allí anidé fue intenso, de enorme densidad, quizá demasiado intenso. Sí, no fue cómodo pero fue profundo.
Muérdete la lengua, Gulliver, no adelantes a los acontecimientos por la derecha. No vaya a ser, además, que sean todo paparruchas y aguas de borrajas.
Por elevar la moral de la tropa y porque era así costumbre, hicimos una pequeña fiesta de bienvenida. Como allí, el que se buscó los participantes y el que compró todo lo necesario para hacerla realidad fui yo, creo que mejor la llamamos la fiesta de bienllegada.
Y sí, ya lo has adivinado, fue una fiesta problemática, diferente, una gran fiesta pero... El hecho de no tener salón complicaba bastante la intendencia. La cocina era puro formica, de un tamaño acorde a los estándares de la época en que fue construida. Y en el pasillo, desangelado, a mitad te quedabas sin casi escuchar la música reinante. Todo esto obligaba a una visibilidad permanente, bien en la cocina, bien en el pasillo. Lo cual, quieras que no, es agotador. Vino gente de Burgos, vino gente de León, alguno vendría de Segovia también. Por invitar, hasta habíamos invitado a las dos hermanas gemelas con las que compartíamos piso, a la mayor y a la otra. No quedó claro en ese momento, por su permanente fuga, si íbamos a gozar o no del placer de su presencia.
Ya más que terciada la noche caímos en la cuenta de que no las habíamos visto en todo el rato. Coco, que era muy echada p'alante, llamó a su habitación a pedir explicaciones y ante la ausencia de las más mínima respuesta, entró salerosa. Salió al poco, entre alucinada y tronchada de la risa. "Están en el armario, están metidas en el armario las dos".
Y lo peor, lo peor de todo es que entramos unos cuantos nada más que para comprobar que Coco no nos había mentido.
Muérdete la lengua, Gulliver, no adelantes a los acontecimientos por la derecha. No vaya a ser, además, que sean todo paparruchas y aguas de borrajas.
Por elevar la moral de la tropa y porque era así costumbre, hicimos una pequeña fiesta de bienvenida. Como allí, el que se buscó los participantes y el que compró todo lo necesario para hacerla realidad fui yo, creo que mejor la llamamos la fiesta de bienllegada.
Y sí, ya lo has adivinado, fue una fiesta problemática, diferente, una gran fiesta pero... El hecho de no tener salón complicaba bastante la intendencia. La cocina era puro formica, de un tamaño acorde a los estándares de la época en que fue construida. Y en el pasillo, desangelado, a mitad te quedabas sin casi escuchar la música reinante. Todo esto obligaba a una visibilidad permanente, bien en la cocina, bien en el pasillo. Lo cual, quieras que no, es agotador. Vino gente de Burgos, vino gente de León, alguno vendría de Segovia también. Por invitar, hasta habíamos invitado a las dos hermanas gemelas con las que compartíamos piso, a la mayor y a la otra. No quedó claro en ese momento, por su permanente fuga, si íbamos a gozar o no del placer de su presencia.
Ya más que terciada la noche caímos en la cuenta de que no las habíamos visto en todo el rato. Coco, que era muy echada p'alante, llamó a su habitación a pedir explicaciones y ante la ausencia de las más mínima respuesta, entró salerosa. Salió al poco, entre alucinada y tronchada de la risa. "Están en el armario, están metidas en el armario las dos".
Y lo peor, lo peor de todo es que entramos unos cuantos nada más que para comprobar que Coco no nos había mentido.
jueves, 6 de marzo de 2014
Mi primera habitación allí
Sé que lo que vas a pensar es: "Ya está este y sus exageraciones". Pero la visión primera que tuve cuando me enseñaron la habitación me hizo pensar en los designios que cada uno de nosotros debemos llevar escritos en la cara. O yo qué sé.
Era una birria de habitación.
Era lo más birria en habitaciones que me había echado yo a la cara. Y allí estaba la parejita, a mi lado, tan sonrientes, esperando mi veredicto. Y era todo tan bonito. Y lo amigos que nos sentíamos allí los tres. Y lo bien que lo íbamos a pasar todos juntos. Y yo, como soy gilipollas.
El habitáculo, que de alguna manera habrá que llamarlo, tenía escasos ochos metros cuadrados. Daba a un patio que era la propia definición de la angostura. Allí desembocaban también, para lo del más inri y en perfecto ángulo recto, las ventanas de las cocinas. Como era el primer piso, tenía la ventaja de que lo que perdía en luminosidad lo perdía también en humos y olores de guisotes. No se conforma el que no quiere.
Mobiliario: Había un camastro, suspirando por las esquinas, en recuerdo de tiempos mejores, una silla a juego y una barra que se apresuraron a explicarme que era el armario.
Estaría pintada, la habitación, de ese azul claro, que bien podemos llamar de panza de burra. Y la bombilla, sí, por supuesto, la bombilla era de cuarenta vatios.
Era una birria de habitación.
Era lo más birria en habitaciones que me había echado yo a la cara. Y allí estaba la parejita, a mi lado, tan sonrientes, esperando mi veredicto. Y era todo tan bonito. Y lo amigos que nos sentíamos allí los tres. Y lo bien que lo íbamos a pasar todos juntos. Y yo, como soy gilipollas.
El habitáculo, que de alguna manera habrá que llamarlo, tenía escasos ochos metros cuadrados. Daba a un patio que era la propia definición de la angostura. Allí desembocaban también, para lo del más inri y en perfecto ángulo recto, las ventanas de las cocinas. Como era el primer piso, tenía la ventaja de que lo que perdía en luminosidad lo perdía también en humos y olores de guisotes. No se conforma el que no quiere.
Mobiliario: Había un camastro, suspirando por las esquinas, en recuerdo de tiempos mejores, una silla a juego y una barra que se apresuraron a explicarme que era el armario.
Estaría pintada, la habitación, de ese azul claro, que bien podemos llamar de panza de burra. Y la bombilla, sí, por supuesto, la bombilla era de cuarenta vatios.
miércoles, 5 de marzo de 2014
Bautismo en Valladolid
Después de quizá excesivas explicaciones sobre nuestras maneras de vivir, aquellos entonces, por ponerte en situación y no llevarte a engaño, llega el momento de empezar, ya sí, a contar de las andanzas pucelanas del Marino.
Llegó, ya se ha repetido en este sitio, como manda la canción, escueto de equipaje y amplios los aires. Iba a quedarse en casa de Coco y Arturo, faltaría, que sí, que sí, y no se hable más. Siempre es conveniente llegar a un nuevo lugar con un apoyadero donde reclinar los huesos en los momentos de cansancio o debilidad.
Pero no vaya a pensarse quien estas páginas lea que esas convincentes razones de, sobre todo, Arturo, iban limpias de polvo y paja. Se juntaban, por así decirlo, el hambre con las ganas de comer. Ya que si bien es cierto que sus deseos de tenerme cerca eran grandes y sinceros, no por ello dejaba la cosa de tener su trasunto mercantil. Te cuento.
El piso tenía, además de cocina, baño y un alargado y desangelado pasillo, tres habitaciones. Lo cual quería decir, a poco que reflexionemos sobre ello, que salón... pues no tenía la casa. La causa principal (sino única) de esto era que allí, la más antigua era Coco. Dado lo cual, había decidido hacía tiempo, antes de que los demás apareciésemos por allí, quedarse con el amplio salón con balconada a la iglesia que había en la calle Bautismo. Supongo que el nombre de la calle, al menos, es adecuado e incluso conveniente para la primera morada en una ciudad.
De lo anterior puede fácilmente deducirse que además de la de Coco, en el piso había otras dos habitaciones. La una, lindante con el que en su día fuera salón, aunque con menos tramo de fachada y por supuesto que con mera ventanita, la ocupaban dos hermanas gemelas, que se llevaban dos o tres años. No dejaba de ser esto curioso para un recién llegado, pero a los pocos días de no verlas más que en fugaces pasadas cruzándose contigo, fantasmales, por el pasillo, o en raudas razias de dos segundos a la cocina, a los pocos días lo entendías. Una era más mayor y la otra un poco más joven, pero eran totalmente gemelas.
La tercera y última era la mía. Estaba al comienzo del hermoso pasillo y mañana te contaré cómo era. Por hoy, solo indicarte que allí se tenía por costumbre pagar por habitación. Con lo que mi pujante generosidad se vio puesta una vez más a prueba.
Llegó, ya se ha repetido en este sitio, como manda la canción, escueto de equipaje y amplios los aires. Iba a quedarse en casa de Coco y Arturo, faltaría, que sí, que sí, y no se hable más. Siempre es conveniente llegar a un nuevo lugar con un apoyadero donde reclinar los huesos en los momentos de cansancio o debilidad.
Pero no vaya a pensarse quien estas páginas lea que esas convincentes razones de, sobre todo, Arturo, iban limpias de polvo y paja. Se juntaban, por así decirlo, el hambre con las ganas de comer. Ya que si bien es cierto que sus deseos de tenerme cerca eran grandes y sinceros, no por ello dejaba la cosa de tener su trasunto mercantil. Te cuento.
El piso tenía, además de cocina, baño y un alargado y desangelado pasillo, tres habitaciones. Lo cual quería decir, a poco que reflexionemos sobre ello, que salón... pues no tenía la casa. La causa principal (sino única) de esto era que allí, la más antigua era Coco. Dado lo cual, había decidido hacía tiempo, antes de que los demás apareciésemos por allí, quedarse con el amplio salón con balconada a la iglesia que había en la calle Bautismo. Supongo que el nombre de la calle, al menos, es adecuado e incluso conveniente para la primera morada en una ciudad.
De lo anterior puede fácilmente deducirse que además de la de Coco, en el piso había otras dos habitaciones. La una, lindante con el que en su día fuera salón, aunque con menos tramo de fachada y por supuesto que con mera ventanita, la ocupaban dos hermanas gemelas, que se llevaban dos o tres años. No dejaba de ser esto curioso para un recién llegado, pero a los pocos días de no verlas más que en fugaces pasadas cruzándose contigo, fantasmales, por el pasillo, o en raudas razias de dos segundos a la cocina, a los pocos días lo entendías. Una era más mayor y la otra un poco más joven, pero eran totalmente gemelas.
La tercera y última era la mía. Estaba al comienzo del hermoso pasillo y mañana te contaré cómo era. Por hoy, solo indicarte que allí se tenía por costumbre pagar por habitación. Con lo que mi pujante generosidad se vio puesta una vez más a prueba.
martes, 4 de marzo de 2014
Los novios de Coco (4)
No hubo ninguna otra ocasión propicia en nuestras vidas. Nunca lo hablamos porque, en aquellos entonces, no se hablaban esas cosas. Luego viví una temporada con ellos, con Coco y con su novio Arturo, que de eso se pretendía hablar en estos pliegos que el marino Gulliver deja caer, displicente, de su escritorio de nogal al piso del camarote.
Los novios de Coco.
No se acuerda el muchacho de los motivos pero amaneció un buen día en los alrededores de Bilbao. Bien pudiera tratarse de Baracaldo, que es pueblo con nombre de sopa de letras. Amaneció en compañía de, por ese orden, Pepelete Ibeas Revolution, Tetulín y la buena de Rou. Quizá estuviese también Quique pero no pondremos la mano en el fuego por ello. Nos pasamos toda la mañana de chiquitos. Luego fuimos a picar algo a la Casa Gallega. Qué pulpo, de no olvidarse en la vida. Un poco de sobremesa en casa de Tetu, que trabajaba allí, por entonces. Y acercarse luego a Santander con el corsa de Pepe, que Rou ha quedado con sus amigas.
Nos recibieron con suma hospitalidad. Fui allí donde aprendimos lo que era un "golpeao". Medio vaso (de los pequeños, de chupito) de tequila. El resto de tónica. Se le coge al vaso cubriéndole la boca con la palma de la mano. Se golpea plano y seco, fuerte, contra la barra de madera. Y se intenta que la mayor parte del agitado entre en la boca. Botellas enteras nos hemos llegado a beber, mediante tan ridículo procedimiento.
Coco vino con su novio y unos amigos. El novio se llamaba Javi Mogollón. Y ya que llegamos a nuestro destino deseado, que no era otro que hablarte del tipo, casi del fenotipo, de hombre que Coco se echaba todas las veces. Este era un poquito traficante y tenía ese tumbao que tienen los guapos al caminar. Él, la tequila se la tomaba al modo tradicional, con su sal y su limoncito.
Supongo que después de días de circunloquios, una vez llegados al quid, lo he explicado con un exceso de brevedad, aunque espero que te haya quedado claro el concepto.
Quizá se nos olvidaba lo más importante. Para el viaje de regreso, tuvimos que meter entre todos a Pepe en su asiento. Es que se desparramaba. Estaba encantado de haber conocido al novio de Coco. E intentaba abrazarle a cada ocasión, viniese o no a cuento, bien es cierto que con escaso éxito. Lo raro era que nunca habíamos visto a Pepe así. Y nunca así le volvimos a ver.
Eso sí, una vez al volante, se cercioró de que me llevaba de copiloto, para evitar que los de atrás le pudiesen distraer, y con una conducción perfecta, suave, precisa, nos metió, prácticamente a todos en la camita. Sin decir ni una palabra.
Los novios de Coco.
No se acuerda el muchacho de los motivos pero amaneció un buen día en los alrededores de Bilbao. Bien pudiera tratarse de Baracaldo, que es pueblo con nombre de sopa de letras. Amaneció en compañía de, por ese orden, Pepelete Ibeas Revolution, Tetulín y la buena de Rou. Quizá estuviese también Quique pero no pondremos la mano en el fuego por ello. Nos pasamos toda la mañana de chiquitos. Luego fuimos a picar algo a la Casa Gallega. Qué pulpo, de no olvidarse en la vida. Un poco de sobremesa en casa de Tetu, que trabajaba allí, por entonces. Y acercarse luego a Santander con el corsa de Pepe, que Rou ha quedado con sus amigas.
Nos recibieron con suma hospitalidad. Fui allí donde aprendimos lo que era un "golpeao". Medio vaso (de los pequeños, de chupito) de tequila. El resto de tónica. Se le coge al vaso cubriéndole la boca con la palma de la mano. Se golpea plano y seco, fuerte, contra la barra de madera. Y se intenta que la mayor parte del agitado entre en la boca. Botellas enteras nos hemos llegado a beber, mediante tan ridículo procedimiento.
Coco vino con su novio y unos amigos. El novio se llamaba Javi Mogollón. Y ya que llegamos a nuestro destino deseado, que no era otro que hablarte del tipo, casi del fenotipo, de hombre que Coco se echaba todas las veces. Este era un poquito traficante y tenía ese tumbao que tienen los guapos al caminar. Él, la tequila se la tomaba al modo tradicional, con su sal y su limoncito.
Supongo que después de días de circunloquios, una vez llegados al quid, lo he explicado con un exceso de brevedad, aunque espero que te haya quedado claro el concepto.
Quizá se nos olvidaba lo más importante. Para el viaje de regreso, tuvimos que meter entre todos a Pepe en su asiento. Es que se desparramaba. Estaba encantado de haber conocido al novio de Coco. E intentaba abrazarle a cada ocasión, viniese o no a cuento, bien es cierto que con escaso éxito. Lo raro era que nunca habíamos visto a Pepe así. Y nunca así le volvimos a ver.
Eso sí, una vez al volante, se cercioró de que me llevaba de copiloto, para evitar que los de atrás le pudiesen distraer, y con una conducción perfecta, suave, precisa, nos metió, prácticamente a todos en la camita. Sin decir ni una palabra.
lunes, 3 de marzo de 2014
Los novios de Coco (3). Pudo haber sido.
Me gustan las frases de tres palabras en las que todas son verbos. Hablan de mi barroquismo de cámara, del coco enrevesado que me gasto también para lo cotidiano, de lo intrincado de este mundo feroz pero que puede ser muy bonito.
Como nunca hay dos sin tres, te hablaré hoy de una fiesta más, que bien pudiera haber cambiado el rumbo de los acontecimientos, por decirlo brevemente. No recuerdo demasiados detalles de esa noche por lo que sería la típica fiesta de música y alcohol, en casa de noséquién. Es curioso que me acuerde, en cambio, de que lo que sí que había eran muchos cubos de agua por allí, ignoro con qué función.
Corte a negro.
Coco y el Marino huyen de la fiesta. En el guion nada se dice de las causas así que no aventuremos.
Llegan a su destino y Coco no tiene las llaves.
El Marino intenta no poner cara de descreído. A estas alturas. Los ojos de Coco muestran tan poco sosiego que Gulliver no puede dejar de creerla.
Se paran unos segundos a pensar.
Quizá les da la risa tonta.
El muchacho saca una tarjeta de su cartera. Los recursos, siempre los recursos.
Ya a la tercera tarjeta que se les casca, por la aceleración, al querer forzar la cerradura, empiezan a llegar los otros, de la fiesta.
Un cruce de miradas que permanece intacto en mi memoria.
Corte a negro.
Este es Chuck Prophet, el de la música de hoy. Inquietante animal.
Como nunca hay dos sin tres, te hablaré hoy de una fiesta más, que bien pudiera haber cambiado el rumbo de los acontecimientos, por decirlo brevemente. No recuerdo demasiados detalles de esa noche por lo que sería la típica fiesta de música y alcohol, en casa de noséquién. Es curioso que me acuerde, en cambio, de que lo que sí que había eran muchos cubos de agua por allí, ignoro con qué función.
Corte a negro.
Coco y el Marino huyen de la fiesta. En el guion nada se dice de las causas así que no aventuremos.
Llegan a su destino y Coco no tiene las llaves.
El Marino intenta no poner cara de descreído. A estas alturas. Los ojos de Coco muestran tan poco sosiego que Gulliver no puede dejar de creerla.
Se paran unos segundos a pensar.
Quizá les da la risa tonta.
El muchacho saca una tarjeta de su cartera. Los recursos, siempre los recursos.
Ya a la tercera tarjeta que se les casca, por la aceleración, al querer forzar la cerradura, empiezan a llegar los otros, de la fiesta.
Un cruce de miradas que permanece intacto en mi memoria.
Corte a negro.
- o-
Este es Chuck Prophet, el de la música de hoy. Inquietante animal.
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