martes, 17 de junio de 2014

   Las risas se van apagando. Se transforman, poco a poco, en un murmullo que parece alejarse en el aire. Al final, se hace el silencio. 

     Quizá tengan (los amantes) doloridos los músculos de la cara y también los de la barriga (cigóticos y risorio y también varios abdominales) de tanto reírse.  Quizá por ello agradezcan esta calma que ha llegado con la intención de quedarse un rato. Los muchachos se miran y se ven reflejados en los otros ojos. En ellos hay brillos y sonrisas, los iris palpitantes. Sí, creo que saben que se aman. 

    No se conoce, en cambio, si es a causa de los polvos azules (igual a la muchacha, por inexperta, se le fue la mano en la dosis) o por la mera  retroalimentación pero, claro, es entonces cuando hace acto de presencia el deseo. Con aires de marqués y la respiración densa. Manda mucho el deseo, sin él pretenderlo. Y espesa el aire. Nos despoja del control, nos pone tontos, niños. No sabemos ni lo que hacemos. 

   La princesa se acerca al muchacho. Se detienen. Rozan, apenas, sus dedos. Torpemente. Se crispan, por atrás, sus cuellos.  

   Luego, a lo loco, comienzan una carrera escaleras arriba. Es un carrera atípica, ya que se trata de correr rápido-rápido con la intención de llegar el último. Se frenan, se chocan. Rozan, apenas, sus dedos. Y vuelven a correr y a parar. 



o·o

   


lunes, 16 de junio de 2014

La nave se moderniza

   Como ya sabes, en el Proud Mary reina la más absoluta democracia. En fin, que somos asamblearios. No quiere esto decir que nos pasemos los días y las noches en trifulcas sobre qué rumbo tomar o el menú para la cena, por ponerte un par de ejemplos clarificadores. Conocemos nuestras responsabilidades y es raro que en las faenas rutinarias se planteen dudas sobre las que queramos decidir. 

   Pero, como en cualquier sociedad, se dan, a veces, situaciones que no estaban previstas y que influyen a todos sus miembros. Es entonces cuando se debate y no se para de debatir, que yo creo que muchas de las veces se plantean las cuestiones nada más que por el placer de andar allí discurseando. 

   A los postres de la comida de ayer vino Antonio con una de esas propuestas que hay que debatir. Se ha empeñado en que nos vendría de perlas poner un cajero automático en la cubierta de estribor. 

De derecha a izquierda, Andrew, Antonio y Gulliver, poco antes de embarcar.






jueves, 12 de junio de 2014

Globos de colores

   El Príncipe se reía y no paraba de reír. De tal manera reía que empezaron a saltársele unas lágrimas gruesas como globos repletos de agua ("hala" gritó el coro de las niñas que escuchaban), y de idénticos colores que estos (puntualizó la abuela), que al estallar contra el palaciego suelo chapuscaban las manoletinas que calzaba para aquella ocasión. Pese a ser este calzado de piel muy delicada y elevado precio, no parecía que ello contrariase el estupendo humor del muchacho sino, más bien, que lo avivase, si tal fuera posible. De la risa, sin pasar por aduana, había mudado a las carcajadas. Abiertas, enormes, casi peripatéticas. Tales eran que le formaban extravagantes muecas en la cara.

   Y encima es que no podía parar.

   Estas muestras de alegría ingente duraron un rato más bien prolongado, quizá cerca de la media hora, por más que a los dos presentes en la mesa se les hiciese, como un terrón de azúcar en una fosa marina, breve.

   Ya que es de imaginar (apuntaba la abuela) que, además, por ser este proceder actividad altamente contagiosa, la muchacha acompañase en sus alborozos al chaval. 




Calor y frío



   -Pa mí que el príncipe está marihuano.

   Fue Carmina, la nieta que vivía en la capital, la que así opinó cuando la viejecita les explicaba los efectos que aquellos polvos azulados habían causado en el comportamiento del muchacho del cuento, no muchos minutos después de haberlos ingerido.

   Nos hemos de fiar de la abuela cuando dice que al principio solo fueron sensaciones alternas de frío y de calor, en diferentes partes de su cuerpo. Cuando todo hacía sospechar que el chaval terminaría por  volverse del todo loco, o al menos así lo pensase ante tan insólitas dislates térmicos, y seguramente a causa de la misma droga, lo que ocurrió es que aquello de tener un meñique helado y la nariz la mar de ardorosa y al momento le corriese por la espalda un escalofrío que (a mitad de camino) se volvió escalocalor, todo aquello  tan raro que notaba en su cuerpo le hacía un montón de gracia. Lejos de preocuparse por su salud y por su futuro (y por ende por el destino de la nación que un día no lejano reinaría), no paraba de reír. Dio a observar la abuela si también cabía la posibilidad de que el príncipe hubiese alcanzado la cota máxima de desdicha que un cuerpo podía contener (por más alteza que este cuerpo fuese). Hubo disparidad de opiniones entre la audiencia aunque las más de las niñas se adhiriesen a la facción de Carmina, que también reía y no paraba de decir que el niño estaba turulato. 

   Y es que, en el fondo, Luis, ¿qué es, sino locura, la felicidad?







miércoles, 11 de junio de 2014

Un poco después

   [Ese mismo día, pero ya al anochecer, en el palacete de la Princesa]

   La cena, que en otros no lejanos tiempos era un acopio de lo que había sido su día, donde (mientras picoteaban) se contaban las mil y una peripecias que la jornada había tenido, estuvo en esta ocasión presidida por los arranques del príncipe, que en otros pagaba sus penas. A los vegetales les faltaba salazón, a la carne le sobró tiempo en el fuego, los vinos, todos picados. Ni cuenta se dio el bobalicón de una nueva diadema que la muchacha lucía y que ella misma se había confeccionado  en sus ratos de ocio. 

   No es el enfado que tal descuido puede conllevar sino un plan previamente ideado. El caso es que la chica, en uno de los muchos descuidos de su compañero (cuánto obnubila el ofuscamiento), le vierte, viejo truco, unos polvitos en la copa, polvitos cuya composición desconocemos, así como sus efectos.

   Bueno, los efectos sí que los conocimos, pero un poco más tarde.




martes, 10 de junio de 2014

   Las niñas escuchan con la mayor atención. 


La princesa y el príncipe


   En una de las frecuentes visitas del príncipe, viéndole tan atolondrado y ya sabiendo casi todo, la muchacha elige la hora adecuada, le agarra del brazo y tira de su cuerpo hacia el jardín. Un sobresalto de su alteza, el niño, le confirma en sus sospechas. 

   Es tan precioso el cielo, a esa hora precisa, en el jardín de la dama, que hasta la mirada ausente del chaval se clava en los colores profundos, en los juegos de luces y nubes. Suavemente ahora, que a la princesa le cuesta menos dirigir sus pasos. 

   Atesora la niña, entre otras cualidades evidentes, la belleza interior. Lo que no es poco. Y así es la única en los contornos que puede apartar la vista del imantado cielo. Y así le place, en sus paseos, observar como todos contemplan extasiados la que llaman bóveda celestial. De sus idas y venidas pausadas, con el príncipe colgado de su brazo, nota como algo refulge en el suelo de cantos rodados. Así es como consigue la última pieza del puzzle  y se acerca, por lo tanto, el final de este cuentito breve.








lunes, 9 de junio de 2014



   Pocas han sido las veces en las que Gulliver se ha parado a pensar en cierta hipótesis que aventura la supremacía del género femenino humano en cuanto a inteligencia se refiere. Con lo dado que es a escudriñar conjeturas, desmigándolas, por ver si las verifica o las desmiente. Pocas, como digo, han sido las ocasiones en las que, ante tal aseveración, se ha quedado un rato ausente y ensimismado, por más que no lo pareciera y siguiese asintiendo a conversaciones en las que, francamente,  ya no estaba. 

   Y las pocas de esas veces, tampoco ha llegado a un seguro cierto, al convencimiento. No han sido excesivas las féminas con las que, en profundidad, ha tratado hasta poder sopesar tales poderes o la ausencia de ellos. Y es tan amplio el abanico observado en la muestra, tales las desviaciones de la media en el alcance a que parecían poder llegar, que no se atrevería a apostar que la afirmación fuese cierta. Tampoco,  y por idéntico motivo, osaría pensar lo contrario. 

   Bien es verdad que en ciertos ejemplares de cada género, elegidos entre los mejores, se atisba una sabiduría especial y, sospechamos, más allá de lo por nosotros comprensible. Lo más, lo más, ponernos cerca por ver si por arte de birbibirloque se nos pega aunque sea un poco.



  Bansky al poder.