Y así fue que vi entrar al Chogui, cogido del brazo por su señora, en la sala de aquel velatorio. En todos estos años, no menos de treinta, le habría visto en total una docena de veces. Casi siempre cruzándonos en el barrio de nuestros padres y de nuestra infancia. No me preguntes el motivo pero ni nos saludábamos. No soltábamos ni tan siquiera un hasta luego. Cosas de la tonta juventud y del paso del tiempo. Qué se yo.
Y así fue que estaba yo sentadito en el sofá y Samuel, a mi lado, en la sillita. Y llegó la pareja hasta nosotros y Samuel se levantó y recibió tremendo y alargado abrazo. Abrazo prieto y mudo. Y cuando se separaron , el Chogui le miró con estos ojazos negros y siguió sin decir nada. Ojazos grandes como todo él, negros y llenitos de lágrimas. Luego, sin decir nada, negó con la cabeza y se salió un poco precipitadamente de la sala. Su mujer, que de algo me sonaba, se quedó allí hablando con Samuel.
Con la periodicidad que marca la adicción, salí al exterior a fumarme un cigarro. Ya estaba anocheciendo (tempus fugit) y saludé a algún amigo común más, que llegaba en ese momento. Al volver a entrar vi a la pareja en el pasillo, apoyados en la pared forrada de madera. Estaban solos. Creí buena la ocasión de acercarme y presentarme.
miércoles, 8 de octubre de 2014
Intento recordar. A aquel amigo le trajo él. Era un tipo grande, con voz ronca (para aquellos años), tez morena (oscura), labios carnosos, nariz chata, mejor dicho achatada, amplia, ancha. Barba cerrada aún de recién afeitado. Nadie sabía qué pintaba allí. Enseguida, los más certeros y atinados le pusieron mote. Que no sería capaz de repetir aquí si todo no hubiese tomado ese cariz de corazón abierto y entregado. Sí. Le llamábamos Chogui. Evidentemente, venía el apodo del Choguila Maguila, el de los dibujos de Hanna Barbera. Era clavado, dios me perdone. Por dentro y por fuera era clavado a ese dibu con esas características tan marcadas. Le trajo Samuel y no sabíamos qué hacer con él. Severo, serio, un poco más. No entraba en las conversaciones, que de aquellas trataban de las chicas que iban a venir al chamizo esa tarde, de las estrategias y de las estratagemas. Era lo que ahora llaman un "margi". Un marciano. Pasó el tiempo, que eso es lo que suele pasar. Cada vez nos volvimos todos más sibaritas o al menos más refinos en las opciones. Y, francamente, allí, el Chogui, no pintaba nada.
Yo no me acuerdo cuando se produjo su retirada, su ausencia. Seguro que se dio cuenta de que allí, francamente, pintaba poco. Dejó de estar y no sé los demás, pero yo como que le eché poco de menos. Se daba, por arte de la casualidad, el hecho de que vivía justo en el portal de enfrente del de casa de mis padres. Pero en los años salvajes eso no era determinante.
martes, 7 de octubre de 2014
Con los que van llegando al velatorio uno se poner a intentar rellenar los huecos del puzzle en que se iba con convirtiendo, según pasaba la tarde, la vida de mi amigo. No es que su sustancia, lo más profundo y duradero, se le fuese desdibujando. Todo lo contrario. Eso persistía en su manera de ser. Mas esos cachos de existencia, que me imaginaba o no llegaba a imaginarme, iban adornando su vida, haciendo del conjunto algo así como un patchwork acogedor. Aunque, claro, en ese momento el que necesitaba que los demás fuésemos acogedores era él. Y allí estaba yo, a su lado, invisible para el resto. Y cuando, escasas veces, no estaba hablando con nadie, se sentaba en la sillita y allí que me tenía. Eso de las piezas del puzzle que tanto me estaban haciendo pensar se me fue al garete cuando llegó un amigo común de la primera infancia. De la primerísima infancia.
.
lunes, 6 de octubre de 2014
Y seguían llegando conocidos a aquel velatorio. Y fue ahí, por eso, que me dio por pensar.
Llegaban amigos y le daban el pésame con cara de circunstancias y lo que a mí me parecía un montón de cariño. De deseo de traspasarlo. A muchos los conocía. A otros, en cambio, no. O sabían quienes eran pero desconocía los intrincados laberintos que les hacían estar allí. Al Chencho, sin ir más lejos. Al Chencho que me encontré allí y no me podía imaginar cadena de situaciones semejante que hubiese hecho su vida contactar con la de mi amigo Samuel. Qué enmarañados recorridos tienen las vidas de las que no conocemos más que un trozo. Y más si ese trozo es antiguo.
Lo que más me preocupó fue que mi amigo llegaba unas gafas de sol, oscuras y, parecían, incrustadas en su rostro. No se las quitó en los dos días siguientes. Yo, al menos, no vi que se las quitara. Estuvimos un rato abrazados mientras le iba diciendo al oído palabras no ensayadas. Palabras gordas y a la vez fofas. Palabras tontas que espero ya no recuerde. Me dijo que estaba muy cansado. Se sentó en la silla y yo en un sofá que había al lado. Nos quedamos así un ratito, sin decir nada. Luego hablamos otro poco, pero como que no estuviésemos allí. Como que su madre difunta no estuviese allí al lado. No tardaron en llegar más conocidos a los que debía recibir, de los que sentirse abrazado. Sí, más palabras gordas y en esa situación tontas o al menos inútiles. Quizá en algún momento le solté la perorata de la necesidad del tiempo de duelo, de lo apropiado aunque no pareciese. Espero que eso tampoco lo recuerde. Llegaron más amigos y decidí quedarme allí al lado, con intención de invisibilidad. Quedarme allí solo para cuando se sintiese cansado y se sentase y no hubiese nada que decir. Los amigos llegaban. A algunos ya les conocía pero en ese momento nos saludábamos con apenas un alzar de ojos y de dedos, un segundo. A otros no les conocía de nada.
Y allí es que empezó el Marino a pensar.
jueves, 2 de octubre de 2014
Samuel estaba tocado y hundido por el dolor. Se llama Samuel mi gran amigo. No sé porque no te lo he dicho antes. Samuel Mariscal Rodrigo. Samuel estaba jodido. Muy jodido. Rosa, que es su amante mujer y hablaba por el móvil en ese momento, en el largo pasillo acristalado por el que no entraba la luz de la tarde, me acompañó hasta la sala 4 y me lo señaló sin dejar de hablar. Hablándome con los ojos. No hacía falta que me lo señalase porque estaba donde debía estar. Un silla que me resultaba familiar. Cerca del lugar donde descansaba su madre muerta. Cerca pero no lo bastante para que el que fuera a acompañarle en su dolor estuviera forzado a verla. Yo no la miré pero lo mismo podía haberla mirado.
Son lugares, los tanatorios, que hasta ecosistemas no paran. Basta con acercarse a la puerta para que el estómago lo note. Yo sobre todo lo noto en el estómago y también en la vesícula, aunque eso no sé explicarlo. No es el hecho de dudar de tu capacidad para comportarte. No, no es eso. No es el apoderarse de ti los recuerdos. Eso tampoco. Ni son los materiales ni su conformación aséptica. Ingrávida y a la vez rotunda, hincada en la tierra redentora. No es esa disposición de salas y más salas, todas parecidas, ninguna igual. Ahora los tanatorios tampoco huelen. No huelen a nada. Y tienen una temperatura regulable, aunque los asistentes siempre tengan frío o calor, depende de la estación y de la afinidad con el finado, que enfría o calienta, esa afinidad, no sé, ya me entiendes. No es el no saber qué cara poner. Yo no pongo ninguna cara, lo que a veces puede contrariar al convocante. Al convocante (la experiencia me dice) le suele dar todo igual. Le van llegando conocidos que no saben qué cara poner pero a él le da igual. Besa o se deja besar. Abraza o se deja abrazar. Tampoco es la omnipotente presencia del finado, más muerto que muerto pero que impregna su presencia de una manera que solo puede ser involuntaria, pero allí está él, a unos metros escasos, tras el cristal, ausente y a la vez convocante. No deja de ser el protagonista de la cuestión, si nos paramos a pensarlo. Allí está el finado y sus más próximos están cerca. Como guardia pretoriana o como María Magdalena. Como bobos. Tocados o hundidos por el dolor.