miércoles, 27 de marzo de 2013

Galicia caníbal

   Hoy, queridos amiguitos, vamos a hablar de una región de España que al que suscribe le produce sentimientos encontrados. 

   Galicia, y más concretamente su costa atlántica, desde Malpica hasta la desembocadura del Miño, es mi lugar del mundo preferido, el sitio donde me gustaría pasar el largo recreo de la jubilación. Todo ello desde una vez que partí para allí de improviso, invitado por las dos hijas de un conocido político burgalés. Qué tiempos de locura eran aquellos en los que subías a casa justo antes de comer, cogías dos mudas y algo de dinero y les decías a tus padres que te ibas fuera unos días, sin mucho más precisar. Tendría yo poco más de veinte años y un alborotado amor platónico por una de las hijas, Olvido. Cuán grande sería su belleza para asumir yo tan rápido mi derrota y no haberla metido ni el más pueril de los avances. Pero el viaje me apetecía y no tendría nada mucho mejor que hacer. Nos acompañaba el dueño del coche, cuyo nombre he olvidado pero no su vistosa manía de vestir con dos camisas al tiempo, la interior con el cuello subido y la de fuera remangada. Era un pijo bien majo, el animal. El viaje de ida se me ha olvidado, quizá para hacer hueco al cúmulo de recuerdos que de aquella semana larga me quedan. Tampoco las Ortega (apellido ficticio) eran excesivamente explícitas pero parecía ser que íbamos a consolar al novio de mi diosa Olvido, con el que había roto recientemente. Yo me puse el disfraz de comparsa y no le di más vueltas. 

   Así que tampoco entendía mucho de nada de lo que estaba pasando nada más llegar. La luz era ya escasa, si es que el sol no se había largado hace tiempo, con lo que uno no se hace idea con un mínimo de precisión del lugar en el que ha acabado. Notaba una tensión en el aire que podía cortarse con una cuchilla de afeitar pero nada les hacía sospechar a mis aletargadas defensas que dicha pulsión me iba destinada. Además, era como una energía muy eléctrica pero inofensiva, solo vibrante, elevada pero chisposa, o eso me parecía a mí. Nos recibieron Manuel, el desolado novio, y un amigo suyo o armario ropero, no me enteré muy bien, con un humor ácido que creí propio del lugar. Estaban bastante borrachos y nosotros no les íbamos a la zaga, con lo que nos fuimos durmiendo cada uno donde pudo. Yo elegí una habitación ciertamente curiosa, al estar defendidos los laterales de la cama por dos hileras hasta el techo de cajas de botellas de licor. No le di más importancia. 

   Lo que sí me sobresaltó, a la mañana siguiente, fue ser abruptamente despertado por un mono saltarín que pegaba botes en mi cama, empuñando una navaja abierta y aullando que me iba a matar. Una par de segundos después, una vez pasado el asombro inicial, volví a pensar en lo curiosos que eran los hábitos locales. Ciertamente desilusionado ante mi actitud, el mono saltarín aclaró que simplemente venía a invitarme a un tiro. Y así fue que me desperté todos y cada uno de los días que aquellas vacaciones con la visita del mono saltarín para regalarme con la mejor cocaína que podía conseguirse en aquel entonces en toda Europa. Sí, habíamos arribado a Villajuán de Arosa, casi barrio de Villagarcía, lo que venía siendo "la  puerta de entrada". 

   Seguí pensando un rato en las curiosas y hospitalarias costumbres que allí se observaban con los visitantes hasta que, en el paseo matinal y sumamente clarificador, Manuel me advirtió que estuve en serio peligro la noche anterior, al pensarse él y su amigo que era yo nada menos que el ocupante sustituyo del corazón de Olvido. Libré por los pelos. 

   Libré y además pasé a ser "el turista un millón", forjándose con ello una amistad que duró muchos años, hasta que el odioso transcurso del tiempo y lo raras que van las vidas hicieron que sin darnos cuenta no supiésemos más el uno del otro. Sería curioso que ahora que me llegan remembranzas varias, apareciese un día Manuel tras cualquier esquina.

   Era un tío ciertamente peculiar. Cum laude en el ICADE, niño pijo con litros de brillantina, bastante alcohólico a mi modo de ver, bruto como una bestia  y coleccionista de camisetas de rayas marineras de todos las combinaciones posibles con el blanco. Tenía cientos. Estuve con él diez largos días de franca hermandad y solo llegue a enterarme de que su familia (padres y hermano mayor) vivía en EEUU, no sé si por negocios u obligados por los negocios que tenían aquí. Tampoco me preocupé mucho en insistir. Así que una vez acabados los estudios, Derecho y Economía al alimón, Manuel disfrutaba de unas merecidas vacaciones en Villajuán, en la casa de tres pisos de sus padres, llena de cajas de botellas del mejor licor.


   (continuará)



martes, 26 de marzo de 2013

Gulli y Peter

   Estoy ya chocho perdido.

   Los gulliveres se me aparecen en sueños. ¿Qué otro modo sino habría de seguir siendo fiel a esta cita diaria?  

   Y ya sabes cómo son los sueños. No pienso ponerme freudiano pero son la leche. Hablo más que nada de su organización y puesta en escena. Tengo mis serias dudas sobre la veracidad de ese rumor compartido de que van en blanco y negro. O quizá es que esté chocho perdido y los que sueñan así son los perros. No me hagas mucho caso. 

   Mucha gente habla en sueños. Lucía, sin irme a buscar más lejos. Es un poco grimoso porque cuando les contestas no sabes muy bien a quién lo haces. A mí es que no me sale nada natural el habla cuando me meto en el sueño de Lucía y, al final, el que no sabe quién es soy yo.

   Los sueños de mi Pollo son en dibujos animados, algo que me despista un poco, nada más llegar. Pero enseguida suelto el ¡yabadabadú! y me tratan allí como en casa. Todos menos ella, que, ya te digo, está cambiada. No sé si más mayor o con una lucidez extraña y con muy buena puntería. Así que no me quedo mucho rato allí. 

   En cambio en mis sueños no me queda otra que quedarme. Menos mal que los tengo surtidos y hasta los repetidos me parecen distintos. 

   Antes me sabía de paporreta las cuatro fases del sueño, más la fase REM, y cuál de ellas era la más propicia para tal estado. Pero eso de nada vale en la práctica. 

   Pues como te decía, estoy chocho perdido. Voy y cuando sueño se me confunden los personajes y pienso que Gulliver es el Capitán Trueno o que yo soy Shrek. Nada grave pero dificultoso para el correcto transcurrir de estos enredos. 

   Sin ir más lejos, el otro día, el Marino no era Gulliver sino Peter Pan y la que vino de visita no era su hadita Campanilla sino Lady Stardust. Nada menos. Y su novio Ziggy, de parranda, sin enterarse.











  



lunes, 25 de marzo de 2013

Campanilla y Gulliver

   Tú no lo sabes pero al Gulliver vienen, de tanto en tanto, amigos de visita. Gulliver dice que lo que vienen es de ciento en viento, que es en muchas menos ocasiones de las que a él le placería.

   (A veces hemos discutido Gulliver y yo, muy en serio, sobre esa manera tan suya de hablar. Al final, creo que he terminado acostumbrándome).


   Esta misma tarde ha llegado al barco Campanilla, volando. Lo bueno de esta situación es que descansábamos de nuestras batallas en el País de los Gigantes y el tamaño de la ninfa era muy adecuado a los deseos del Marino. Lo malo es que me he tenido que dar una vuelta, para dejarles solos.










viernes, 22 de marzo de 2013

Gladiadores en la plaza

   O gladiador con escudero, ¿dónde se habrá visto? 

   En la Junta porque no tienen talento, pero nos tenían que llamar don Quijote y Sancho, damos la estampa. Lo que pasa es que, por llevar la contraria, en este caso concreto, siendo tú el leído, el que está mochales soy yo.

   Así que, como dos gladiadores que se precien (o gladiador y criado, tanto da) nos tomamos el último café, que está dulce como un deseo cumplido, leemos los últimos sucedidos,  elegimos nuestras armas y enfilamos el hipogeo.  Al entrar en la plaza siempre el sol atiza los ojos. Están los de siempre y un agente medio enfadado, con bigote, por poner un poco de orden. Su aliento huele a cazalla. Mientras, el César, en el balcón, se pavonea ante sus cachorros. ¡Ferdinandus, Ferdinandus!, se enfurecen las masas. ¿Están pidiendo nuestra vida? 

   Al César Fernando te diriges, como es de ley en la primera tanda. Más torero que nunca, te descubres pidiendo la venia y antes de que se te otorgue ya te estás yendo, más torero aún,  con un medio desplante, para dedicarle ese animal al Jardinero de la Corte. ¡Olé!

Yace Ferdinandus en la arena, descabellado.


 

jueves, 21 de marzo de 2013

   De vez en cuando releo al azar el Gulliver. Lo releo casi al azahar, si me permites estas chorradas tan al principio.



   Lo de volver sobre lo escrito lo hago por intentar afianzarme, siendo las más de las veces esto contraproducente. También lo hago por echar otro ancla más en el pasado. Y por seguir el hilo. Por cogerle la punta al cabrón del hilo y tirar para que esto se enrede aún más. 

   Me he ido a la entrada Habemus Papam de hace unos días y compruebo que he acertado al menos tres de mis seis apuestas sobre Su nueva Santidad. Tengo otra dudosa, pero... Tú dirás.

   Hoy también seré breve, por no variar y ya que es el signo de los tiempos. Empiezo un poco tarde porque he estado quitando todo el resto de poda que llevaba ya un par de semanas en medio del jardín. He llenado dos coches como el mío. De hecho, era el mío y lo he llenado dos veces. Y eso que había doblado los asientos de atrás y cabía una barbaridad. Parece mentira lo que me da de sí un jardín tan pequeño. Antes lo llevaba de a poquitos, con la carretilla. Y ya tenía un lugar cercano a casa donde, tras tres años de apilar ramas y hojas, seguro que había una tierra cojonuda ya, debajo. Pero hace dos semanas, justo cuando vaciaba la primera carretilla, me afeó la conducta una vieja fea y gruñona, vecina de cuatro casas más allá, que hacía ganchillo a la luz de su ventana. La vieja es como es. Lleva una pegatina en su mercedes que dice "que el Señor te acompañe" o algo por el estilo. Por eso, Charo la llama la Dios Mendiante. Son las peores. O quizá no y las haya peores. Me he fajado con mi famosa cintura de avispa. Lo que no se podía permitir es que tirasen allí cajas, latas y plásticos, como algún espabilado había empezado a hacer, pero mis ramas... mis hojas... a la tierra lo que es de la Tierra. Y un largo patatín. Eso sí, al final he doblado la cerviz y le he dicho que no lo iba a hacer más. El que es pusilámine, es pusilámine. Y claro, las ramas y las hojas desde entonces en mitad del jardín. Hasta hoy.



   Parece un chorrada pero ese trabajo que es de los más ingratos me ha cargado las pilas y me ha puesto a funcionar. Sí. Sí, Luis. Es la hostia Mama Tierra. 

   Con todos ustedes: LosDeLaCeja.








  


miércoles, 20 de marzo de 2013

Nos crecen los enanos

    Nos crecen los enanos, Luis. Algo no muy extraño si tenemos en cuenta que viajamos en el barco de Gulliver. ¿Lo pillas?

 
   El otro día comentaste de soslayo y de rondón que es posible que escriba yo diferente este Gulliver desde que... desde que... (¿cómo decirlo?) desde que... he duplicado (al menos) mi público. Desde que existe la posibilidad de que otros ojos nos lean. No sé si me da a mí el brío ni el tino para alcanzar tan elevados pensamientos. Además, no concibo otro lector que tú, capaz de soportar mis chorradas con la persistencia mínima necesaria para que esto tenga el más mínimo de los sentidos. Y todo ello porque te van destinadas, que si no. Y a veces me pienso que ni aún así. Y peor.


   En fin, que va uno escribiendo lo que le viene a la mollera sin más filtros que los adquiridos, no sé si muchos o pocos. Toda esta frase se reafirma en sí misma para hacerte ver que, en fin, escribo lo que me va viniendo.

   A mí esto de que en algún momento pueda aparecer Armando por aquí, incluso saludar con la mano, me hace creer que todo adquiere un punto más de locura de la que ya trae el Gulliver de nacimiento. Porque no me dirás que tiene nombre que un mastuerzo ande día a día postergando otras obligaciones más perentorias por andar contándole a su jefe las más mínimas chorradas que le han sucedido en su vulgar vida y poniéndole cancioncitas que al jefe le resbalan. No me dirás.

   Hoy te traigo a un grupo mexicano. Ya ves como se mueven los centros hacía el Nuevo Continente. Para liarlo, no es un grupo sino el Instituto Mexicano del Sonido, compuesto íntegramente por un polilla que no es polilla sino un lince. Don Camilo Lara. La canción que sigue también es de ellos, pero por el vídeo, se la han debido de apropiar los antisistema.



martes, 19 de marzo de 2013

No todo es mentira (2. Marineros del Mataviejas)

   Es la leche. Con lo que me gusta a mí mentir y se me cuela por las rendijas del gulliver un montón de verdades como puños. 

   Una característica de la madurez (como mero transcurso del tiempo, no como meta alcanzada, que eso yo creo que no lo haré nunca, no sabré hacerlo), una de sus principales características, decía, es que los días se acortan. Sí, vale, siguen teniendo sus veinticuatro horas con sus mañanas, tardes y noches, pero duran la mitad. Eso es algo que debe de agudizarse con el paso de los años. José era el herrero del pueblo. En Cardeña hay más herreros, tres o cuatro, pero el herrero era él. Era el padre de un amigo y de regreso de mis caminatas a veces le encontraba sentado en el poyo de su casa, al lado del taller, y charlábamos un rato. Pues no había cosa que más le fastidiase que lo cortos que iban haciéndosele los días. Él lo sabía ya desde chaval, cuando le agarraban de la patilla los viejos de entonces y le decían que para él un día era un año pero que para ellos, desgraciados, infelices, un año duraba solo un día. Y lo malo es que se fue dando cuenta de que aquello era verdad, que era lo que impepinablemente pasaba. 

   Otra característica de la madurez, tomada de la misma forma, es que llevabas tiempo pensando que el pasado te lo ibas fabricando con el mero vivir y te vas dando cuenta de que es al contrario. Y te van llegando paletadas de evidencias y cada vez a una frecuencia mayor. Y como las evidencias no solo te llegan a ti sino a los que tienen tu edad y muchas de ellas son las mismas, aquello empieza a ser memoria colectiva.

   A mí me influye mucho según qué memoria colectiva. No por nada. O no por nada de lo que sea yo consciente. Es como una presión en el buche. El buche, según la sexta definición de la RAE, es el lugar en el que se finge que se reservan los secretos. Va a ser por eso. Y cómo es la RAE, si a veces parece wikipedia. 

   La memoria colectiva me va llegando por varias vías. El cumplir este año medio siglo ayuda bastante. Ya hay fiestón en ciernes y la verdad es que lo temo. A lo del fiestón se une un reencuentro de los ex alumnos del Cardenal López de Mendoza y eso ya me da directamente pánico. Hoy me comentaba un compañero del café que él lo celebró hace ya un tiempo y fue para llorar y no echar gota. Yo, como tuve varias quintas (te recuerdo que fui uno de los educandos más duraderos del centro), me he quedado con el año en el que coincidí con Tobi, curiosamente también con el hijo del herrero del que te hablaba y con un montón de queridos mastuerzos más. Todo empezó con la intención de hacer una comida para compararnos las calvas, las barrigas y los achaques pero la cosa creció y creció y ya tenemos hasta página de facebook para remezclarnos las nostalgias. Mis recuerdos, como se reparten en más años, son más escasos y menos precisos. Digo yo que será por eso. El Gulliver es el tercer proveedor de memoria. Lo digo siempre. Lo que empezó siendo una broma ha terminado en una hiperautobiografía a más no poder. Casi al psicoanalista modo. Broma infinita.

   Y como todo en el mundo, al menos en mi mundo, es fractal puro y duro, los citados desencadenantes se multiplican, ramificándose hasta llegar a la madre que lo parió. Y de las fiestas llegan las vidas de los amigos que fueron, cada una de sus vidas, aquí o allá, y de cada amigo, encima, llegan otros agarrados del hombro, con sus vidas a cuestas, y a este paso vas a tener gulliveres hasta el día en que me muera. 

   Y si, además, los gulliveres van también desmadejándose en mil cachos, voy a necesitar cientos de vidas para poder dejar en claro todo lo que se debe contar. Todo lo que debe ser contado. Qué mareo. 

   Aquí te dejo una buena prueba de todo lo que te estoy intentando decir, en su verdadera magnitud. El Mataviejas era entonces un río que hacía más honor a su nombre. Ya ves, uno que es de Burgos pero con una inequívoca pasión marinera. Ah, si no me marease hasta en el tren de la bruja.




   Aquí te los presento. El del timón no es otro que Armando, al que te presenté en dibujo de historieta. En las calderas está Esther, grumete donde las haya y hermana del capitán. Y el que disfruta de las vistas y de la brisa marina, en la cubierta de babor, no es otro que una servidora.

   Hoy nos acompaña una canción que habla de todo esto que se me pone en el buche. Canta una señora que es medio diosa, eso sí. Cultura (pop)ular.