viernes, 31 de mayo de 2013

Sin título

- ¿Te acuerdas?

- Claro que me acuerdo.

   En las noches largas, cuando ya ni se sienten deseos de dormir, Gulliver habla de tú a tú con su  estampa. La estampa se le parece mucho pero es más sabia, más valiente y tiene mejor planta. A veces Gulliver quiere ser ella y otras se caga en su estampa. Él, en cambio, es más prudente. Y más ladino.

   Le viene bien al muchacho tener cerca a su otro yo, cuando le caen los recuerdos a tropellón. Intentan entre ambos ponerles su poquito de orden y cordura. Y a veces los que se vuelven locos son ellos. Y pelean y se abroncan. Digno de ver.  

   Verdad será si lo dijo el Manco.  "¡Oh, memoria, enemiga mortal de mi descanso!".

    Ya, Luis, ya. Hoy tocaba Elena. Pero he decidido pararme un día a respirar. He estado mirando mucho rato allá. Allá a lo lejos. Después se ha levantado un viento cabrón, que me ha traído más recuerdos. Así no hay manera, Luis. Además, venían los recuerdos montados en extraños pájaros y cuestionaban mis deseos y mis certezas con miradas insondables. Cuestionaban hasta mis dudas. Y eso ya no. Lo que me faltaba.



    Hay días que, conforme transcurren, van adquiriendo una textura especial, muy poco aerodinámica. 



jueves, 30 de mayo de 2013

F.P.

   No corras, Gulliver, no te aceleres.  Que antes de que llegase Jimmy a tu vida (esa suerte) pasaron días y días y días que, lo mismo, merecen ser contados. ¿Nos retrotraemos?





   Por llenar las tardes ociosas de contenido y alejarme un poco de las morriñas de Javier, que eran sumamente contagiosas y a poco que me descuidase iban a terminar matándome a mí también, a los pocos meses de llegar a Segovia me apunté a estudiar informática en un centro de formación profesional. Se me daba bien aquello. Iba con mi manera de ver el mundo: absoluto control, ausencia de errores, lógica aplastante. Qué grande era mi ignorancia. 

   Teníamos unos profesores competentes que hacían lo complicado sencillo y, además, lo difícil fácil. Pero, como siempre, lo mejor fue la de compañeros que me eché. Algo de veras inaudito, con mi profunda timidez. Al principio me sentaba al lado de un muchacho enorme, de aspecto porcino y las uñas pintadas de color naranja. Era como el de los Cure con elefantiasis. Al segundo día, me pinté yo también la uñita de un menique del mismo color y así anduve cierto tiempo. Al muchacho le hacían el vacío, el resto de tropa se mofaba de su naricita de cerdo, le tiraban bolas de papel, le escondían los apuntes. A él le daban unos tremendos ataques de ira que, por suerte, siempre pude reprimir. No era tan odioso. Incluso, en el fondo, era una madre. Me traía y me llevaba de casa en una moto ruidosa. Compartíamos confidencias. Quedábamos en algún bar a hacer la tarea, que se nos multiplicaba hasta llegar a idear el programa total, "la Aplicación", con el que manejar el mundo. No sé si iba en basic o en cobol



   No cejé hasta que el muchacho, cuyo nombre he olvidado, fue admitido por el club. Por decirlo de alguna manera. Y así, creció el grupo que iba al bar ya que se nos juntó un carcelero reconsumido y también irascible, y dos chicas. Una, rubia natural y de metro ochenta y cinco, con andares desganados en su tipazo de reina y un montón de vida acumulada detrás. La otra, de media melena, entradita en carnes, pizpireta, de ojos vivos y gran retranca. A mí me gustaba más la regordeta pero acabé con la rubia.  Lo cual, te imaginarás, va en el siguiente gulliver. 

   De aquellos días y de aquella escuela me queda el recuerdo raro de otro amigo, seguidor empedernido de Elvis Presley, con el que me paseaba por la ciudad en un Chrysler de época (reluciente como el sol, color crema) escuchando las canciones de su ídolo, o de los Straits Cats, o de Gene Vicent. Era rubio de película. De película californiana con brillantina, atardeceres gloriosos, un poco de surf y unas chicas deliciosas que, la verdad, nunca aparecieron por allí. 


   El otro gran recuerdo que tengo de aquellos días, un recuerdo intenso pero como con la niebla echada, es la amistad extraña, la camaradería que se creó en tan breve tiempo entre los que te he contado antes (el Suspicios Mind rubio fue como un paréntesis que no sé dónde meter, seguro que también era de la pandilla, no me acuerdo). Con la banda del Mirlitón, por llamarles de alguna manera, quedaba para comer, quedaba para cenar, quedaba para festejar; a clase, bien es cierto, dejamos de ir bastante. Nos presentábamos a los exámenes pero estos siempre coincidían en el tiempo (qué mala suerte) con alguna sobremesa larga, de cartas y órgados. Aún así íbamos, bastante bebidos. Una ocasión especialmente festiva se tradujo en sonada apuesta. El carcelero no se podía creer que, en nuestro lamentable estado, pusiese yo algo coherente en el examen. "Mínimo notable. Fijo", estaba yo baladrón. A los pocos días, conocido ya el resultado, se tuvo que pagar el guardián una cena elegante para todos. Nueve y medio que saqué.

miércoles, 29 de mayo de 2013

Entra Jimmy

   Al poco llegó el Maño al piso. Ya te he contado de su calaña por lo que no vamos a reincidir. Solo apuntar que grande es el aguante y larga la paciencia de las almas jóvenes. 

   Por aquello de que una de cal y otra de arena, tampoco tardó en aparecer Jaime Lobo Fernández, directamente empaquetado desde León. Siempre que aterrizaba chico nuevo en la oficina, las compañeras, que eran unas madres, nos lo ponían en los pechos, por ver si le podíamos sacar adelante. Es que llegábamos en unos estados anímicos... Nosotros no nos cansábamos de repetir que el nuestro era un piso de tres dormitorios, que coincidía con el número de moradores, pero ellas insistían.Teníamos ya predicamento, se ve. La llegada de Jimmy contó, cómo no, con sus singularidades, que, si te portas bien, paso a contarte. 


   Miento como un bellaco en aras de la literatura. En la vida he trabajado en el Torreón de Lozoya, aunque el de verdad también era un egregio lugar. El Palacio del Conde de Alpuente, un poco más abajo, y en la otra mano de la Calle Real. Para ganar espacio útil, al palacete le habían colocado recientemente una tremenda vidriera cubriéndole el patio. Había sido un trabajo tosco y cuya mayor cualidad había resultado ser dejar al patio absolutamente oscurecido. Y más a las tempranas horas a las que llegábamos a trabajar. Una mañana nos encontramos al entrar a un muchacho recién escapado de una película francesa. Rubio, extremadamente delgado, con una nariz definiéndole la cara. El peinado era curioso hasta para nuestra amplitud de miras. Melenita flequillera tapándole la frente y de las orejas para abajo, rapado integral. El chico miraba con curiosidad forzada hacía arriba, a la vidriera. No era extraño en Segovia encontrarse en cualquier rincón con turistas, fuese la hora que fuese. Mas no se libraría de nuestras chanzas el chaval, que estábamos seguros no llegaría a comprender.

   Me causó cierta sorpresa,  cuando no habían pasado dos horas de aquello, que apareciese Javier en mi despacho, seguido de cerca por el presunto turista. Las compañeras, que nos lo querían encalomar. 


   Desayunamos con él en un bar que había justo en frente de la Casa de los Picos, con vistas a los barrios de los artesanos y mercaderes y enorme variedad de bollería. El establecimiento anunciaba el nombre de cada dulce con primorosos carteles. Siempre me dejó k.o. uno en el que se leía "Cura Sanz", clavado en la bandeja de los croissants.  Pero Jaime no estaba para semejantes lindezas. Miraba fijo su café como si fuese a encontrar en los posos la respuesta. No decía ni mu. Javier y yo cruzábamos miradas divertidos. Al chaval le habían traído sus padres la tarde anterior y le habían colocado en una residencia de curas donde le cuidaban de postín pero donde por tales servicios le despojaban casi íntegramente de su sueldo. Se podía decir que en lo geográfico no se daban urgencias pero ¿y en lo anímico?, ¿era ético dejarle adobarse en semejante situación? Sucedía, como ya hemos dicho, que nuestro piso tenía tres habitaciones y, contando al Maño, nosotros éramos ya tres. Pero no menos cierto es que la habitación de Javier tenía el tamaño de un hipódromo de tipo mediano. Y él grande su magnanimidad. Cruzamos unas palabras gruesas con el Maño, que no lo veía, lo de ser uno más, pero su postura se ablandó notablemente al enterarse de que el alquiler mensual íbamos a pagarlo a pachas, no por número de habitáculos sino por cabezas de ganado, por explicarlo a su modo. 

   En cuanto llegó el siguiente viernes, a Jaime le entraron las urgencias de regresar a casa, a su tierra, a por una maleta más en condiciones, sobre todo, alegó. Las combinaciones terrestres Segovia-León dejaban en aquel entonces mucho que desear. Pero Pepe, que ya estaba por allí, le buscó al leonés medio de transporte, sargento como él y de nombre Felicísimo. Lo cuál es tan inverosímil como cierto. Habían concertado el encuentro a la salida del trabajo, en el Azoguejo, plaza emblemática partida en dos por un acueducto romano. Y allí que dejamos al chaval, como en la puerta de embarque. Nos fuimos Javier y yo para casa con la sensación del deber cumplido y más hambre que el perro de un ciego. Cuál no sería nuestra sorpresa cuando, a los postres, llamó a la puerta el muchacho leonés, con su equipaje a los pies y terrible llorera. Parece ser que el sargento se había aburrido de dar vueltas a la plaza pero en ningún momento se había dignado en parar el vehículo. Tampoco a Jaime se le había ocurrido, cada vez que el coche llegaba a su altura y pasaba por su lado, lo de hacerle holita con la mano.



   Nos le llevamos a festejar, por ver si mejoraba su humor. Resultó contraproducente. No nos aguantó ni el primer bar. Se puso a morir. Doy fe, yo que posé mi mano en su frente mientras vomitaba hasta la primera papilla, el chaval. Le tuvimos que llevar a casa en carretilla mientras en la gramola del bar sonaba esta canción.



   Y así fue, Luis, que entró en mi vida Jaime Lobo Fernández, Jimmy, y esa ha sido, sin dudarlo, una de las mejores cosas que me hayan pasado nunca.




martes, 28 de mayo de 2013

Insecto soy

   Alguien dijo que pobre es la memoria si sólo funciona hacia atrás. 

   Se está acostumbrando el Gulliver, presumido como es, a estos inicios tan conceptuales. Que si una cosa, que si la otra. 

   Voy a obviar en este blog, para gran alivio de su destinatario,  todo el proceso de búsqueda de un piso que permutar por la pensión del extremeño. Es sobradamente conocido el ritual. Aunque cada caso concreto tenga sus peculiaridades. En el nuestro, por poner un ejemplo, se daba el hecho de que el periódico local en el que buscar las ofertas, pese a llamarse El Adelantado, salía a las tres de la tarde. 

   Aún así, hacíamos sobremesa larga, Javier y yo, y solo al final del último orujito abríamos el diario por la página de los anuncios, nos insuflábamos valor y remarcábamos en rojo las posibilidades. Vimos auténticos tesoros del pasmo. Inimaginables muestras de irrealidad. Cochambres inhabitables cuando no infectas. La sensación al final de la tarde era de desánimo y dolor de pies. Volvíamos a la pensión y nos encontrábamos un japonés o nos bebíamos con el posadero un botella de vino de Toro que había traído Javier, espeso como la miel. 

   Podía más la velocidad que la intriga,  aquellos días. Al marino le caía un pedrisco de sensaciones y sucedidos y le pillaba mirando hacia otro lado. Pendiente de no sé qué. Ya al hacerse mayor aprendió a ir quitando, con mimo, los celofanes de los regalos que le llegaban. Se le fue alargando el pico para mejor libar. Se le multiplicaron los ojos, se le encendían las bombillas de aviso. ¡Lo que es la práctica, Luis! 




    Al final alquilamos un cuarto piso en un barrio de los años del desarrollismo. Tenía unas canchas cercanas en las que Isern y yo batallábamos con los chavales del barrio a eso del baloncesto. Quemábamos las energías sobrantes y nos íbamos conociendo. Van a tener razón sus defensores, que el deporte, como el alcohol, unen mucho. 

   Lo más probable es que viviésemos allí una buena temporada porque en el festival de los recuerdos aparecen ínclitos protagonistas en posiciones diversas. 

   Dado lo mostrenco de la decoración que teníamos en el salón (puro minimalismo del de a la fuerza ahorcan: mesa camilla, 4 sillas y un aparador de mírame y no me toques) pasó a ser mi habitación el campo de juego, por así llamarlo. Tenía, además de la cama, un mueblote con un cajones en los que cabía un ternero, una mesilla irrisoria (por mera comparación) y un escritorio macizo. Allí recuerdo una noche, a las tantas, de vuelta de festejar, a Pepe y a servidora, comiéndonos directamente de la cazuela, con dos cucharas, las lentejas preparadas para el día siguiente. No anduvimos ni calentándolas. Teníamos un hambre...










lunes, 27 de mayo de 2013

¿Tú hablas japonés?




     Esta sí que es fractal, Luis. Empieza  a quedarse corto el acervo popular. Unas cosas llevan a otras, patatín, patatán. Ha sido zambullirse en esta vaina y me han  caído los recuerdos como en granizada. Y, claro, con esos mimbres y mi condición, va a terminar mi vida contada durando más que la vivida. Y tampoco es eso. Tendríamos que salir de una vez de mi despacho segoviano para que nos dé un poco el aire. Pero es que me da una pena. Abandonaría a su suerte a tantos conocidos dignos de alabanzas, de peroratas, de cuentos largos, de cotilleos...

   Se me está llenando esto de fractales, Luis, ¿qué hacemos?






   Del mar de camas pasé a pensión enmoquetada pero que también tenía su punto underground. El dueño nos regalaba una de cada tres duchas y también, claro, hay anécdota.

  Utilizo en la anterior frase el verbo en plural ya que Javier Isern (ya te he hablado de él, el cataluño-salmantino con ojeras) había tenido más pericia o más suerte que servidora a la hora de elegir descanso para su primera noche. Llevaba unos días y me invitó al cambio. Es obvio decirlo, no me hice gran cosa de rogar. Por la nostalgia que le entraba al compañero, llegábamos las más de las tardes borrachos perdidos a esa otra pensión, en plena Calle Real. Una de las noche había en la fonda gran alborotina. Carreras nerviosas por los pasillos, un clamor de murmullos. Parecía ser que a un japonés que llevaba solo una noche allí le habían bailado sus pertenencias. Por el sencillo pero eficaz método de haberle metido algo en su zumo de naranja. Estaba grogui el animal. Todo eran palanganas. Hasta ahí todo normal, pero empezaba el problema a darse por el hecho de que el amo de la posada, un extremeño entre amable y astriñido, no le había pedido la documentación al nipón y lo que es ahora, el nipón ya no la tenía. No parece así de primeras muy grave el asunto pero tanto a Javier como a mí se nos desbordaba la solidaridad por los cuarto costados. Y al hospedero le iba a dar algo. Se dibujaron en el aire gruesas palabras, "policía", "denuncia", "ruina". Intentamos una aproximación al japonés pero no estaba para trotes y solo conocía la lengua del bardo y Javier, francamente, estaba más pez que yo en lo del inglés, ni te digo el posadero, para que veas lo peliagudo de la situación. El chaval sólo decía "mailagich, mailagich" como implorando.  Solo algunos meses después me enteré yo de que se refería a su maleta.  Pero ya era demasiado tarde. Lo que más le dolía, en eso sí que se hizo entender, era haber perdido las fotos. Y a veces, se ponía a hablar en su lengua materna y parecía de blasfemaba. Después de una reunión de urgencia, con sus tiras y sus aflojas y sus acercamientos de posturas, buscamos una solución intermedia entre nuestra posición, que era la de llamar a un médico para el muchacho, y la de la pareja de caseros que optaba más  por la vía de dejarle en el banco más próximo que encontrásemos en la calle. Te preguntarás, Luis, o no, por ese acuerdo, que no fue otro que llevarle hasta la puerta de una  Comisaría y salir pitando. 






viernes, 24 de mayo de 2013

Kafka detrás del espejo

   No te preocupes, Luis, que, aunque al Universo del Sexo no le hayamos visto el pelo últimamente por estos andurriales, sabemos de buena tinta que se coló de polizón en el barquito y se vino con nosotros a Segovia.  Le han visto caminar despistado por la Fuencisla, por el Azoguejo, sentado en un banco de madera de un jardín propiedad de un uruguayo que era paisajista, pintor, grabador y arquitecto. Un par de tardes charlaron el Universo y Leandro, que así se llamaba el de Uruguay, calibrando posibilidades, sopesando futuros. El pintor es optimista y le recuerda los inescrutables caminos del amor. Universo menea la cabeza lleno de dudas. ¿A quién dará la razón el innegable mañana? Huele a romero en el jardín, por más que no haya empezado la primavera más que a asomar por una punta.


-o-

   Mientras, en el Palacio de los Lozoya...

   Quizá fuese ese primer día. A lo más tardar el siguiente, cuando Gulliver ya se presentó pulcro y descansado en el trabajo. Que le explicaron los pormenores de sus encomiendas allí. Siempre pensó el chaval (y lo sigue creyendo a día de hoy) que la administración es una empresa tan bruta y lerda que nunca prevé el porvenir, ni en sus mayores y más cercanas evidencias. Así que tiene la sensación el chaval de que le han confiado unas tareas al azar, al buen tuntún,  lo primero que se le ocurrió al jefecillo de turno. Le mostraron dos pilas de expedientes que le llegaban a la altura de las cejas, estando él de pie. Y esos fueron todos los pormenores. Como tonto no era el muchacho, cogió el primero del montón, se fue a su mesa y se lo leyó enterito. Ya en el segundo cayó en la cuenta de que en aquellas tierras, por esas extrañas costumbres, los expedientes se leen al revés, teniendo que empezar, por lo tanto, por la última página. Al cuarto o al quinto se le iban quedando conceptos. Ya para empezar le tenía mosca la etimología de la palabra "expediente". Ni te hablo entonces de pliego de cargos, periodos de prueba, resolución. De esta iba a necesitar en gran cantidad si quería que el gigante de los papeles no se lo comiese por las patas. Las tres mujeres le miraban con curiosidad. 



   Tampoco se le escapó al chico, espabilado como era, que aquellos asuntos venían del año la tana. Y que hacía tiempo que nadie había puesto sus ojos encima de ellos. Mas tiene el chaval, aún reciente la mili, el concepto de la jerarquía muy interiorizado, por más estúpidas que fuesen, como solían, las órdenes recibidas.


   Creo recordar que no pasó mucho tiempo antes de que aquello empezase a liarse como acostumbran a liarse las cosas. Se le llenó el despacho de abogados indignados, de abogados melosos, de abogados amenazantes, de inquilinos esperanzados. Visto con la debida distancia aquello fue una locura. La mayoría de las historias debían de llevar prescritas mil años. El chico, a falta de otras agarraderas intentaba tirar de sentido común pero no siempre le salía, así que se iba para casa con un saco de papeles metido en la cabeza, por consultar con su almohada, y algunas veces hasta lloró. Eso sí, ninguno de los asesores legales de los sancionados alegó prescripción en ningún asunto, los listos. 


   El expediente más flagrante fue uno en el que, resumiremos, el delegado provincial de Hacienda, por tener los altillos de un palacete como vivienda por razón del cargo, doscientos y pico metros de altillos, eso sí, pues había alquilado por más renta de la autorizada un pisito que le habían concedido, de protección oficial, que ya les valía. Se lo arrendó a un médico que, cuando le iban a trasladar, vio que delante de sus narices se pintaba calva la ocasión para sacarle los cuartos al político. El chaval les juntaba, a sus abogados, y no paraba de repetirles: "que la vamos a liar". Ni al mismo Salomón se le hubiera ocurrido un acuerdo más adecuado para las partes. Es lo que pasa con esos problemas que no tienen ninguna solución buena, que el muchacho se quedó con un regusto extraño en el estómago. Pasados los años, muchos, lo que más recuerda el marino es la pinta que tenía el letrado del político, triste, enjuto, marmóreo, quevedesco y otra vez triste. Era clavado al enterrador de Lucky Luke.



   Hoy me da a mí que la canción no pega ni con cola pero aún así ahí queda. Es de Los Burros, el grupo de Manolo García que venía justo después de Los Rápidos y justo antes de El Último de la Fila. Por eso de lo curiosa que es la vida, llevo toda la tarde escuchándoles. O a lo mejor no es por eso. Tú me sobrevuelas es la canción, en cualquier caso.






jueves, 23 de mayo de 2013

El Azor

   Nos está costando tanto como al Marino, al muchacho de las orejas largas, alcanzar nuestro destino. A él le tenemos que perdonar que no quiera hacerse mayor. ¿Pero... y nosotros? ¿Qué excusa pondremos? ¿Qué escondemos detrás de nuestra sonrisa?


   Es jodido, Luis, levantarse una mañana con un clavo de la hostia, en la sien, y naufragado perdido, en un océano de camas bravas, por las olas de tanto y tanto gintonic. Es más jodido si tienes que ir a trabajar. Ya ni te digo si, encima, es tu primer día allí. Y porque todo puede ir a más, al geométrico modo, es ya requetejodido mirar el reloj y ver que son las doce del mediodía. No te quiero contar lo de ir a quitarse las legañas al fondo del pasillo, a un cuartito con taza y lavamanos, y ponerse la ropa de la noche anterior. Quizá es que dormiste vestido, desastre, que eres un desastre. Tampoco te cuento el pepinazo que te mete en medio de los ojos el sol de febrero, al salir a la calle. Ya qué más dan unas horas si llegas un mes y un día tarde.  No queda del todo elegante pero... quizá pronto lo olviden.


   Me acogieron bien en el Palacio de los Lozoya. Dicho así, Luis, es como que te hayas pasado sin darte cuenta al libro de Sterne, mas no te hagas ilusiones. Me presentaron a medio mundo, que era, con total exactitud, lo que más me apetecía en aquel momento. Y llegamos, por fin, a mi lugar de trabajo. Una sala de cinco por cinco, dos ventanucos minúsculos con su arco de mediopunto, eso sí, techos bajos y tres señoras dentro. Iban a ser mis futuras compañeras y amigas pero, entonces, quedé acojonado. Estaban detrás de un mostrador de baquelita que, unos meses más tarde, salté a la caza de un listo. Si no es por Daniel, anciano venerable y arquitecto del urbanismo provincial, que salió de su despacho, la liamos allí gorda. 




   Pero no empecemos de aquí para allá, que nos volvemos majaras. Te echo a ti parte de la culpa, querido Luis, que se me amontonan las ganas de contarte. Y de llegar por fin al anhelado tema con que titulamos este volumen. Ay, los deseos. Ay, la carne.

   Estábamos con lo de mis compañeras. Con ellas y sus revistas me aprendí las monarquías reinantes en Europa (hasta tercera generación). Me regalaron apoyo en la tristeza y en la alegría jaleo. Y un montón de comidas y cenas. Me verían, por entonces, desnutrido. Me verían como a un hijo, casi, entonces. Una de ellas, a la que más quería, era una gallega en proyecto de solterona. Diminuta y de nariz pizpireta, repleta de pecas. Lo más parecido a Pippi Langstrump que me encontré en la vida. Pero sin coletas. Tenía un perro chiflado. Se llamaba Azor, como el barco. No le cabía más cariño al animal en el cuerpo cuando nos oía llegar. No le cabía más pena cuando Marisol se piraba cada mañana a la oficina. Así que se quedaba a la puerta aullando dolores, íntegra la mañana. Con gran contento de los vecinos de todo el edificio. Aquello fue un traumón. Y la gran solución que se le ocurrió a la gallega, que vivía como a treinta metros del curro, era meter al gran Azor en el maletero del coche y aparcarle a la sombrita, allí cerca, para que aullase sus penas sin molestar. Bajaba a verle cada diez minutos y cada vez subía más atacada. 

   Otro día se nos perdió el perrito en el Pinar de Valsaín y estuvimos hasta las tantas dando alaridos a la noche, por ver si aparecía. Lo hizo a los dos días, muy compungido, eso sí. Pero no volvamos a fugarnos hacia el futuro.


   Aquel primer día y una vez acabadas las presentaciones, la gallega me invitó a un café doble y a magdalenas, en el Abuelo, vetusto restaurantito que nos pillaba al lado y que aún existe. Espero. Eran claras las señales de mi rostro de que eso era precisamente lo que necesitaba.

   ¿Qué será de Marisol, ahora?