No me gusta saber del futuro. Ni tan siquiera imaginarlo. No quiero ir comprobando antes de tiempo (antes de que ocurra) cómo van doliendo más los huesos, cómo van menguando los ya escasos músculos (tensándose), cómo se va llenando mi cuerpo de pequeños y no tan pequeños dolores e incapacidades en lugares de los que desconozco (en el ahora) hasta su existencia. Llegar a arrascarme cada vez menos cacho de espalda, tener que tomar asiento para enfundarme los calcetines sin demasiado peligro. Que el frío se vaya infiltrando cada vez más adentro y el cansancio se haga grandote y se cuelgue del cuello y lo más liviano se vuelva tan complicado... Podemos también, en este festival de la alegría, meternos en los jardines de los deterioros mentales. El olvido, la desidia, las rencillas, la locura, la pérdida de la razón entera. O que no se dé del todo esa pérdida y nos lo notemos pero no seamos capaz de compartirlo.
Las caídas, las incontinencias y las impotencias, el hartazgo de los cercanos.
Joder, macho. Casi que nos quedamos en Segovia otro rato.
Nada, Luis, que me quedo con el Marino otro rato en mi imaginada Segovia. ¿No has notado que me rejuvenece?
Me hago trampa, ya. Porque aquel Gulliver no es el mismo que escribe esto ahora, aunque coincidan en el nombre y en (algunos, muchos de) sus rasgos. Y aunque siga existiendo una ciudad con tal nombre y con tal (o parecida) situación geográfica en el presente, tampoco es aquella Segovia, de la misma manera que el agua que corre ahora mismo por sus dos ríos no es la misma agua. Eso lo explica mucho mejor Marías en su novela oxoniense, llena de charcos en los que meterse (amor, locura, palabras).
Así que mira si soy burro ya que queda claro que las palabras que ahora intenten expresar aquellos días nunca, ni entonces ni ahora, serán aquellas palabras. Y con todo, reincido, decido con el corazón no irme aún de aquel lugar aunque la cabeza, machacona, me dicte otros caminos y otros lugares. Sí, retardo la llegada, enlentezco el paso, me paro a menudo a observar detalles nimios cuando no inexistentes como escaparates vacíos. En cambio, Gulliver se mueve desaforado por todo el camarote intentando encontrar el hilo de la madeja. Diciéndome que soy un insensato.
Pero yo no quiero llegar. Venirme al ahora y escribir que escribo (que escribo que escribo). Y tener luego que seguir para tener luego algún sentido. Y tener que adivinarme, y tener que adivinar los años trabajando mi cuerpo, los persistentes días trabajando mi mente, lo que de ella me vaya quedando.
Hoy, no sé por quécoincidencia de fechas (debe de ser el aniversario de boda de sus padres), me he enterado gracias a Charo de que llevamos justamente 12 años viviendo en nuestra casa de Cardeña. Un buen pedazo de nuestra existencia. Pero...
Cómo cambia la medida del tiempo con los años. O lo que cambia es solo su percepción y el terco reloj se empeña en ser exacto hasta la prudencia, matemático, irreal, cruel. Así debe de ser, ya que, por poner otro ejemplo que nos es propio, no me puedo creer que tú y yo nos conozcamos desde hace apenas media docena de años (aprox., soy un pésimo cronometrador, entre otras múltiples, amplias y quizá más perniciosas carencias). Me imagino que el andar contándonos nuestras vidas, de un modo u otro, hace que ese tramo vital se aquilate, tanto en mérito como en realidad, y, bueno, qué quieres que te diga, a mí me parece conocerte desde hace mucho.
Quizá vaya siendo hora ya de dar un paso más, hacia delante, en la vida del marino Gulliver. Ya que si no, corremos el grave riesgo de caer en la contradicción de que nos dure más el relato que la vida. Se resiste, aún así, el escribidor. Las balas están contadas y no es inteligente marlotarlas. Y hay tanta Segovia aún en él: Las visitas que nos hacían las chicas de Valladolid, chicas premonitorias por lo tanto.
El T, huerfanito que era la auténtica recaraba y al que entendemos con ápice de cordura que es mejor citar por su (o no) inicial.
Releo a menudo los últimos gulliveres en busca de más erratas de las que me señalas con primor. De fallos garrafales en el estilo. De grietas insalvables en la trama. Y también por ver si me gusta. Como soy presumido e inconsciente, a veces me viene de perlas para seguir escribiéndote.
Así que he repasado ese diario de bitácora de los últimos días. Desde que conversaba con el camello labrador. Y justo al final, cuando ya terminaba y me disponía a realizar otros viajes en mi mundo, he reparado (tú ya lo habrás hecho hace tiempo) que en la foto de Ricardo sale la esquina de una mano que le protege.
Llevo días hablando de Cuchi. He revisado los rincones de la memoria a su encuentro. He vuelto a ver las fotos que tenemos juntos. Cuando escribo estoy todo el día alerta, pensando, marrullando en mis adentros mientras imagino recuerdos. Esa música repetitiva, casi salmódica, que a veces se muestra al mundo en un revibrar de mis labios, me ayuda a concentrarme. A Lucía y a Charo les hace mucha gracia. El día que me falte ese retumbar del pensamiento, que es como una pátina que recubre todo mi decorado cotidiano (como un enorme chal), que es una manera de estar pensando más rato, que es la manera de pensar en lo que luego te escribo, ese día, sansejodiose el Gulliver.
Llevo días imaginándome (e imaginando, supongo) a Cuchi, te decía. Y no ha sido hasta que he visto sus dedos, apenas una falange pero que casi he tocado, de lo próximos que me han parecido, que no me he acordado realmente de ella. A ver si van a ser verdad todas estas cosas que te cuento.
Como Gulliver es personaje juguetón y saltarín y bastante barullero, le gustan los bucles y las peripecias. Así que no es infrecuente que me haga vagar de un lado para su contrario. Aunque no sabemos si existen los contrarios. Y eso es algo en lo que tendríamos que pensar. La cuestión es que si ayer bregábamos con el indómito sobrino hoy nos viene a visitar nada menos que Ricardo.
El hecho de que Ricardo naciese con Síndrome de Down seguro que altera la percepción que tuve de este chico. Fijo que su mal le hacía comportarse como la persona más maravillosa del mundo, por que le tuviesen cariño. Mas eso es algo que se habrá ido fraguando en las calderas de nuestros genes desde hace la tira y a Ricardo le llegase sobrevenido ya que a su edad, que coincidía aproximadamente con la del sobrino (3 o 4 años tendría) era evidente que no cabían razonamientos tan abstrusos con el que hemos dejado caer en la búsqueda de porqués para su empatía. Como que hiciesen falta esos porqués. Pero te cuento.
Ricardo era el (llamémosle) casus belli de uno de los minitrabajos de Cuchi. Y lo llamamos así porque allí, menos Ricardo, todo el mundo estaba a la gresca. Cuchi se encargaba de estar con él por las mañanas y también las noches cuando los padres faltaban. Estos, es típico, eran médico y enfermera (respectivamente). Ambos en la cuarentena. Él circunspecto, ella era bruta. Tanto entre ellos como con Cuchi las trifulcas eran constantes, la mayoría de las veces con motivo de discrepancias en la educación del chaval. El padre directamente pasaba. La madre pasaba también pero había adoptado la postura, fija, inamovible, de tratarle como si fuese una persona completamente normal. Y Cuchi que no se enfadaba porque no sabía pero se ponía de los nervios. Supongo que conoces que, además de cierto déficit mental, esa enfermedad lleva asociadas otras cuantas en el mismo paquete. Las probabilidades de ser diabético se multiplican, los dientes nacen en sierra y se convierten en un arma con la que lastimar pero sobre todo lastimarse. Solo son dos ejemplos.
La técnica de la niñera era sobreestimular al crío. Y así se pasaba las mañanas metiéndole tralla, de aquí para allá. La mayoría de las veces hacían por estar en la plaza mayor a la hora de mi desayuno. Nos tomábamos un par de cañas, nos pedíamos un par de pinchos. De estos uno y medio se lo cepillaba un Ricardo de lo más agradecido. Serán mecanismos de defensa y lo que quieras, pero tenía una sonrisa que más que contagiosa era pegadiza y unas salidas de madre que nos dejaba flipaos. Sí, llegué a adorar a ese chaval. Incluso, en nuestra juvenil inconsciencia, nos pensamos adoptarle. Luego, como vengo amenazando desde hace ya ni se sabe, me fui para Valladolid. Después volví poco, si exceptuamos los meses siguientes, el tiempo en el que Pepe aún vivía allí. No sé el motivo. Pienso quizá que vaya a darme pena encontrarme con otro lugar y con otro yo. Solo una vez he estado allí con Charo y de eso ha pasado un rato. Lucía aún no había nacido. Me sentí gratamente turista. Y a la vez conocedor. Así que no es raro que llevase a Charo (casi con los ojos tapados) a un chiringo que había a pie de carretera en Valsaín. Nos rodeaba el olor de los pinos silvestres que, según dicen, son oriundos de allí. En ese chiringo, si sigue existiendo, ponen una tortilla de patata y unos callos que, directamente, te mueres de placer. Estábamos sentados en la terraza, a la sombra de los árboles. A mi espalda oí una voz machacona que impelía a su interlocutor a ir otro lugar. Aquello me sonaba. Me di la vuelta y allí estaba un Ricardo ya adolescente, grandón, con una sonrisa como la luna, dándole la tabarra a su madre (por la que también habían pasado los años). Al levantarme me vio y no veas el abrazo que nos dimos. Bueno, en fin, que aquí te lo presento.
Los domingos a la noche, cuando llegaba a Segovia, Cuchi me esperaba ya acostada. A veces me sorprendía en la cama, en la oscuridad de la habitación, otro cuerpo menudo. Era su sobrino, al que había rescatado del frenesí de su hermana y su cuñado, los padres del chaval, que pululaban por la ciudad como fantasmas histéricos en busca de sus dosis. Así que el chaval era hosco y pendenciero. A sus tres años ya no había quien hiciera carrera con él. Con nosotros medio se comportaba. A veces hasta jugabamos como niños de tres años. Pero había que estar siempre al tanto, ya que no conocía la palabra gratitud o la tenía tan cubierta por otras menos amables que le costaba, al chaval, le costaba. Recuerdo un día. No haría mal tiempo porque estabábamos en un bar en la calle. En Segovia es frecuente que los bares tengan una ventana que dé directamente a la barra y desde allí, te sirvan las bebidas. Después de negociaciones y algún ruego, Cuchi se rindió y sentó al niño en esa barra. Como era muy parlanchina en seguida estaría embebida en alguna conversación con amigos. Yo simplemente observaba. El crío me miró y después me desafió con la miraba. Y acto seguido, dándome un tiempo precioso pero no el necesario para reaccionar y llegar hasta él, se dejó caer desde allí, pegándose un buen batacazo.
Fue la primera vez que entendí el concepto de la palabra sadomasoquismo. El pedazo de cabrón.